• Caracas (Venezuela)

Freddy Lepage

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Radicalizar la revolución, reconocimiento de su fracaso...

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Maduro, luego de su regreso de Panamá y de un toque “técnico” en La Habana, anunció en un acto oficial que su gobierno pasará a una nueva fase de “radicalización de la revolución” por haber detectado nuevos “intentos de desestabilización”. Para de seguidas, seguir con la cantaleta de denunciar –sin suministrar nombres o detalles– a algunas empresas (?), a las cuales se les entregaron dólares preferenciales, que están presuntamente involucradas en la desaparición de dos (?) productos de la cesta básica. No es la primera vez que Maduro habla de radicalizar la revolución, sobre todo después que realiza visitas a los hermanos Castro.

Estas declaraciones tienen varias lecturas. La crisis ya abarca todos los aspectos de la vida nacional. Por un lado, la constante amenaza a los empresarios –bajo la sombra del Dakazo– para tratar de levantar su alicaída popularidad, responsabilizando a este importante sector y no a la incompetencia de su régimen para dar o buscar solución a los graves problemas que afectan el día a día de los venezolanos. El libreto es el mismo sin alteraciones: la culpa es de otros: el sector privado, la oposición apátrida o el imperio que no cesan sus embestidas contra la revolución bolivariana. La revolución ni siquiera ha respondido a un tema tan sencillo, como el de la escasez de papel tualé. Ni hablar de otros productos, alimentos y medicinas...

El ataque gubernamental a los empresarios es un cuchillo de doble filo que podría dar réditos circunstanciales si la gente se sigue comiendo el mismo cuento; pero golpea duro a quienes le podrían sacar la pata del barro, produciendo en el país buena parte de los bienes importados. ¿Qué empresario, en su sano juicio, se atrevería a invertir para activar la producción doméstica, para luego ser pateado, amenazado o encarcelado, cada vez que Maduro se sienta debilitado por sus propias inconsistencias y erradas decisiones? La respuesta es de Perogrullo: ¡ninguno! Apelando a un lugar común, esto se asemeja a apagar el fuego con gasolina, así de simple. Vamos de mal en peor…

La otra lectura que quiero destacar es que tales desplantes son un reconocimiento expreso de que la cúpula gobernante no puede –porque no tiene capacidad o por causas dogmáticas, o ambas razones a la vez– con el problemón que tiene encima y apela al expediente de seguir traspasando la delgada línea roja de la tentación totalitaria. Esto significa mayor represión contra todo aquello que huela a oposición al estado actual de desorden, caos y corrupción.

Las elecciones parlamentarias, aun cuando el CNE no haya fijado la fecha para su realización, están a la vuelta de la esquina y sería políticamente muy costoso para Maduro no hacerlas, habida cuenta de que la atención internacional está más centrada y consciente de lo que ocurre en nuestro país en materia de violación flagrante de los derechos humanos por conveniencias políticas o electorales. Lo sensato sería que Maduro, para salir del atolladero, hiciera exactamente lo contrario de lo que pregona. Vale decir, buscar un diálogo franco y sincero con tirios y troyanos para bajar las presiones y amainar la tensión política y social, tal como lo han aconsejado, incluso, gobernantes allegados a la revolución bolivariana. Maduro va a contracorriente del continente.

 

@Freddy_Lepage