• Caracas (Venezuela)

Freddy Lepage

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Freddy Lepage

¿Protesta a ritmo de samba?

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La protesta popular tiene características muy definidas a los efectos de lograr expresar el descontento de la gente que participa. En ese sentido muchas veces me he preguntado, sin encontrar respuesta alguna, por qué las marchas contra el régimen, desde siempre, han tenido un componente festivo, como si de una campaña electoral se tratara. Sabemos del talante alegre, ocurrente y dicharachero del venezolano, pero, manifestar de manera colectiva lleva implícito denunciar una queja o disconformidad contra alguna situación que nos incomoda, contra algo que nos quieren imponer por la fuerza, sin nuestro consentimiento y que, por esencia, nos negamos a aceptar.

En el caso venezolano, contra la entronización del despotismo como forma de gobernar, contra la represión y la utilización de la justicia para criminalizar la disidencia o, como también ocurre, contra el alto costo de la vida, la escasez, la corrupción, la inseguridad, la delincuencia, la impunidad, etcétera... Así encontramos dos tipos claros de mecanismos de manifestaciones callejeras que no son excluyentes: la política y la social; ambas válidas y legítimas en cualquier democracia ya que son consideradas como parte inherente a los derechos civiles y políticos; o sea, a la libertad.

Pero, ¡ah!, en las dictaduras o gobiernos autoritarios se ven como elementos desestabilizadores que atentan contra la permanencia de quienes se aferran al poder.

Chávez no le daba tregua ni cuartel a la disidencia, siempre la mantuvo a raya dentro de unos límites relativamente predecibles. Ahora, con Maduro y su camarilla -producto de una victoria cuestionada y del agravamiento de la crisis política, económica y social y su incapacidad para enfrentarla- la situación se presenta peor. Crece, sin disimulo, la arremetida represiva, proporcionalmente a la escasa seguridad y fortaleza que demuestran los capitostes de la revolución bolivariana (ya casi nadie la menciona, por cierto). La sensación de inestabilidad y provisionalidad no la pueden ocultar, es como una pesadilla de la cual no saben como salir.

Vistas las cosas así, enfrentarse a todos los poderes públicos al servicio del Estado no es fácil. La única arma ciudadana es la movilización pública contundente, efectiva, pacífica, que se haga sentir para canalizar el disgusto de los ciudadanos. No queda otro curso de acción. Eso de bailecitos al son de tambores, como lo dije antes, queda para los procesos electorales, pero en el momento de la queja democrática ¡no! Le resta efectividad y seriedad, la banaliza, la diluye. Los movimientos de indignados, surgidos recientemente, manifiestan su inconformidad contra el estatus quo reinante, civilmente, de manera firme, con carácter y voluntad. Protesta y bailoteo no cuadran, así de simple...

¡Ojo!, con esto no justifico que, como en el Medio Oriente, en Turquía, en Brasil (recientemente) y otros países, las demostraciones sean de carácter violento, eso es justamente lo que quiere el tándem Maduro-Diosdado para justificar las ridículas acusaciones de magnicidios y otras pamplinadas y la utilización perversa y viciada de la Fuerza Armada y colectivos anarquizados (tarifados y fanatizados) que actúan con sevicia, para amedrentar a una sociedad civil con una férrea en indeclinable voluntad democrática. En el Medio Oriente, la ira contenida durante siglos, por falta de libertades, erupciona violentamente, como un volcán iracundo, como una fuerza arcana irrefrenable.

En todo caso de lo que se trata es de la lucha no violenta por el poder. Sin embargo, en el camino hacia la liberación, hasta el propio Gandhi llevó el palo hereje de los británicos por mantener sus posiciones.

El juego se tranca. El país no funciona...