• Caracas (Venezuela)

Freddy Lepage

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Freddy Lepage

¿Callejón sin salida?

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La situación económica, política y social es realmente delicada, de pronóstico reservado. Pareciere que el régimen no se da cuenta, o no quiere darse cuenta de lo que está pasando. Estamos ante una olla de presión sin válvulas de escape, es decir, sellada por todas partes; lo que significa que, irremediablemente, tendrá que explotar en algún momento. Por una parte, los canales institucionales para encauzar la legítima protesta de la gente están taponados o, peor aún, no existen; y, por la otra, el propio gobierno ha envilecido los intentos de diálogo creando una mascarada con interlocutores (¿de oposición?) escogidos a la medida de lo que ellos quieren, que hacen el papel de tontos útiles (ojalá sea así) o han pactado por debajo, tras bastidores a cambio de quién sabe qué. Ya de esa cabuya tenemos un rollo en estos larguísimos quince años.

Parece que Maduro y su combo actúan intencionalmente a los efectos de profundizar lo que ya tiene ribetes de catástrofe nacional, insensibles –como lo han demostrado hasta ahora– ante la flagrante violación de los derechos humanos –con especial saña contra los estudiantes– de ciudadanos civiles sin más armas que la razón que legitima su protesta –normal en cualquier democracia– contra el inocultable desastre en ciernes. No creo que sean tan torpes para que, ante lo que está sucediendo, estén viéndose el ombligo, despreciando la muerte de tantos venezolanos (al momento de escribir esta columna van más de veinte), así como la brutal represión, afortunadamente recogidas y documentadas en videos irrefutables por los propios afectados con sus teléfonos inteligentes, que hacen inocultables los desmanes, que compiten con los ocurridas en las dictaduras más crueles.

Con estas actitudes cierran cualquier posibilidad civilizada, no mediatizada, de alcanzar un diálogo sincero, sin cartas bajo la manga y sin pretender estigmatizar a la disidencia con ninguno de los epítetos utilizados hasta ahora, copiados del recetario totalitario de la dictadura cubana de los hermanos Castro, acostumbrada a vejar, a humillar a quienes piensan diferente, como si se tratara de bestias abominables y no de ser humanos similares a cualesquiera de ellos. Dinamitar los puentes de un entendimiento, en el cual se reconozcan y se respeten ambas partes no creo que sea el mejor camino, incluso si la intención, ante la evidencia de los hechos, sea, como lo ha manifestado Maduro (no me importa que me llamen dictador, dixit) terminar de destruir los pocos resquicios democráticos que aún quedan.

No sé por qué, me temo que el camino sin regreso de la violencia está siendo estimulado por la propia camarilla atornillada en Miraflores. Por lo menos así lo demuestran algunas evidencias, como la respuesta desproporcionada –feroz– de ataque a vecinos indefensos sin razón alguna, más allá de que se trate de sembrar el terror al cual nos tienen acostumbrados las satrapías más feroces. Pero, de verdad, creo que cuando se les cierran todas las puertas y vías de salida a la gente, entonces, no le queda otra que dejar atrás ese miedo paralizante y huir hacia adelante a cualquier costo; total ya no habría nada que perder. Trate usted de acorralar a cualquier animal obstruyéndole todas los caminos y verá que se le vendrá encima a riesgo de su vida.

Pues bien, ese símil que podría parecer exagerado es pertinente en esta difícil hora de la patria. La sociedad agobiada, desesperada, por los problemas de todos conocidos que hacen invivible el día a día, parece haber llegado a un punto de no retorno, mientras el gobierno no da muestras de reinstitucionalizar el país en la búsqueda de un entendimiento real que le permita el sustento tan necesario de gobernabilidad que se requiere. De lo contrario la escalada de la crisis se los podría llevar por delante.