• Caracas (Venezuela)

Freddy Carquez

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Freddy Carquez

El músculo social

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Compartimos el criterio sobre la importancia que ha adquirido la política democrática desarrollada desde la oposición por los factores que en forma muy visible se encuentran agrupados en la MUD, proceso en el cual la participación electoral ha sido un mecanismo articulador y movilizador efectivo de los venezolanos, con resultados trascendentes, más de la mitad de nuestra sociedad se encuentra hoy comprometida con la crítica activa al gobierno.

Los compañeros de Un Nuevo Tiempo, encabezados por Manuel Rosales, apoyándose en la base social adeca emergente y reorganizada políticamente en el estado Zulia, se convirtieron en buena medida en la palanca que facilitó el primer salto de calidad en la construcción del actual frente liberal democrático, que ha superado claramente el desorden y la improvisación de años anteriores; porque más allá de los resultados de la contienda político-electoral de 2006, la dinámica del desafío político dejó agrupados con objetivos superiores a varios millones de compatriotas ajenos al régimen.

Este agrupamiento nacional adquirió una dimensión cualitativa inesperada y de envergadura, al convertirse en el instrumento público y de masas que derrotó abierta y limpiamente la pretensión continuista y hegemónica del fallecido presidente Hugo Chávez en la consulta plebiscitaria de 2007, victoria de nuestras fuerzas democráticas, cuyos efectos aún subyacen en los acontecimientos políticos posteriores.

La derrota del gobierno en la consulta de 2007 marca el desempeño del proyecto político actual, porque se convirtió en un parteaguas, desinfló sus pretensiones de dominación y dejó a la vista el declive de la otrora influencia abrumadora del chavismo, fenómeno cuyas implicaciones tomaron de sorpresa tanto al gobierno como a la oposición, suceso indicador de la progresiva disminución de la convocatoria autoritaria y populista.

Todos hemos podido apreciar cómo en cada una de las consultas electorales posteriores la oposición democrática se ha fortalecido, sus bases se han incrementado, frente a un gobierno que en cada consulta política se ha vuelto mucho más ventajista y abusivo, al utilizar a manos llenas, y con la manifiesta complicidad del Consejo Nacional Electoral, los recursos de poder que el Estado posee, para de esta manera imponer su conducta  hegemónica, ignorando su pobre desempeño y el sistemático alejamiento de quienes creyeron en la autenticidad de sus propuestas.

Sin embargo, el progresivo reagrupamiento político de la sociedad democrática venezolana, consecuencia esperada de la sostenida estafa gubernamental, no se ha acompañado de cambios sustanciales en el comportamiento del liderazgo. Una vez más el ciudadano aprende mucho más rápido que sus dirigentes; aún casi todas las organizaciones partidistas son autocráticas, tanto las del gobierno como las de la oposición.  

Pero lo que posiblemente es más importante y de mayor peso es la escasez en su contenido social, sus debilidades intelectuales y el limitado compromiso con los pobres, tanto en el campo teórico como en la práctica, carencias que están completamente a la vista, que generan aún desconfianza en nuestras comunidades y le permiten al gobierno permear su influencia mediante iniciativas demagógicas que capturan la imaginación de contingentes importantes de nuestra población.

Tan equivocado es el discurso cerrilmente anticapitalista del proyecto autoritario presente en Miraflores, como el anacronismo anticomunista de una buena parte de la cúpula de la oposición. Ninguna de las dos propuestas en el escenario del siglo XXI va a ninguna parte, porque los hechos históricos han demostrado que las banderas del progreso, el bienestar y la libertad son un todo indisoluble, que demanda los mejor de las grandes utopías, lo mejor de ambos mundos.

Necesitamos demostrarle a la aplastante mayoría de los venezolanos que la propuesta emergente sobrepasa ampliamente la disposición al compromiso con los trabajadores, con los pobladores de los cinturones de miseria que rodean nuestras poblaciones, que estamos dispuestos a superar la convocatoria mediática y, sobre todo, a comportarnos como militantes de los intereses de la sociedad, en franca autonomía con los factores históricos de poder, particularmente las armas y el dinero.

De lo que se trata ahora en Venezuela es de inspirarse en la convocatoria política a escala universal que hace un ser humano de nuestro tiempo, el papa Francisco, quien ha arremetido en contra del capitalismo salvaje y los políticos populistas dedicados a engañar a los pueblos. Convocatoria en la cual el pontífice privilegia la lucha contra de la corrupción gubernamental y empresarial y defiende a ultranza la inclusión social y la libertad de expresión.

Es demasiado visible que los nuevos conductores socialcristianos agrupados en Primero Justicia, al igual que los hijos y nietos de Acción Democrática organizados en Un Nuevo Tiempo, aún no han incorporado la elaboración socialdemócrata a su formación y desempeño político, pensamiento que la Iglesia recogió a finales del siglo XIX y que se desarrolló exitosamente en Europa durante el siglo XX. Pareciera que aún le temen al contenido y sus exigencias.

Sin ese componente social, de compromiso militantemente democrático y humanista con los pobres y sus múltiples necesidades, las organizaciones políticas y partidistas venezolanas padecen casi todas de anemia severa, por lo que no poseen ni poseerán, la fortaleza que les puede permitir asumir victoriosamente las responsabilidades que la descomposición estructural de la nación impone, lo cual es una verdadera tragedia.