• Caracas (Venezuela)

Francisco Suniaga

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Francisco Suniaga

La pelota también se la robaron

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Afirmar que el tiempo pasado fue mejor es algo de lo que se cuidan quienes se definen a sí mismos como progresistas. En un momento –en la juventud, cuándo si no– se entiende que el futuro, aunque incierto, es preferible como referente para una sociedad que la añoranza de la historia. Esa conclusión ha sido una de esas verdades que he compartido y me he empeñado, además, en mantener como una suerte de barrera de protección contra las percepciones casuísticas del presente. El futuro siempre será mejor para todos, me repito como un mantra, como si tratara de persuadirme de ello, aun cuando la realidad del momento que se vive empuja a creer lo contrario y a buscar refugio en la nostalgia.

Lo cierto es que en Venezuela cada vez son menos las ratificaciones empíricas de ese principio; el futuro no se proyecta tan bueno o, peor aún, pareciera que envejeció sin haber ocurrido. La vieja pauta progresista empieza a tener las características de un dogma de fe. Si me preguntaran si estamos mejor ahora que hace veinte o treinta años, mi respuesta inmediata y automática sería que sí –las creencias, se sabe, son muy resistentes a los hechos que las desacreditan–, ¿pero de verdad estamos mejor?

A los venezolanos progresistas no les queda más remedio que –probablemente después de una larga argumentación interior– transarse y aceptar que la verdad absoluta de otrora ya no es tal, que está minada por una creciente relatividad. Que en Venezuela, y el juicio no puede ser más absurdo, da la impresión de que el pasado se ha puesto por delante del presente y hay que ser mentalmente muy disciplinado y estar muy alertas para no confundirlo con el futuro.

Dos situaciones de muy distinta importancia sustentan esta afirmación. La primera tiene que ver con nuestro entorno institucional. Hace veinte años éramos una república con poderes autónomos, tanto lo eran que un presidente fue destituido y encarcelado por una decisión del Poder Judicial. Los partidos eran fuertes, democráticamente perfectibles y, con las dificultades propias de cualquier país, realizaban su trabajo de ser los actores de la política. Las fuerzas armadas eran no deliberantes (como lo demandaba y demanda nuestra historia) y no estaban adscritas a una parcialidad política. El Poder Legislativo aparte de legislar vigilaba la actividad del gobierno y, la guinda del pastel, las elecciones las organizaba un Poder Electoral balanceado y controlado por los actores políticos democráticos, sin exclusiones.

¿Qué pasó con nuestras instituciones? Pues, la respuesta más inmediata es que hemos sido despojados de ellas. Un arrebatón en el que todos fuimos actores o cómplices, por acción u omisión, nos puso en la precaria situación actual. Basta dar una vuelta por Caracas para llegar a la conclusión de que algo muy malo nos pasó. Tanta anomia, tanta anarquía, tanto deterioro no es otra cosa que la prueba del descalabro.

La otra situación, de naturaleza lúdica pero en modo alguno banal, es la planteada con el beisbol, nuestro pasatiempo nacional. La pelota de antes no era mejor que la de ahora, eso es claro, pero los fanáticos del juego, los que van al estadio, tienen elementos de juicio suficientes para entender que han sido despojados de parte de su patrimonio.

Para comenzar, desaparecieron los juegos de los domingos a las 11:00 de la mañana que hacían de Caracas una ciudad más grata. Aquella sabrosura de ir al estadio justo después del desayuno dominguero y salir del juego con tiempo para que los muchachos hicieran la tarea y los adultos se prepararan para acometer el lunes, pasó a la historia sacrificada por intereses corporativos.

Esos mismos intereses corporativos son determinantes para que en el interior del estadio el público no sea ya el protagonista del espectáculo en la tribuna. En los Caracas-Magallanes, el clásico nacional, el actor hegemónico, el dueño del juego (por mampuesto, porque se trata de un asalariado de los propietarios) es el locutor interno del Universitario. Un energúmeno fastidioso que dispone a su antojo del sistema de sonido y a punta de gritos y música estridente le amarga la vida incluso a los fanáticos del equipo home club.

Lo peor, como ocurre en el resto del ámbito nacional, es esa pasividad que nos embarga y facilita el despojo. No se trata de que los asistentes al Universitario protesten violentamente y le caigan a tomatazos a quien tanto molesta (que es lo que provoca), pero por lo menos se podría producir una cartica a la Liga Venezolana de Beisbol Profesional, a ver si nos devuelven el juego.