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Francisco Suniaga

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Francisco Suniaga

Los dilemas del duunvirato

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Antes de partir a La Habana hace dos meses, Chávez nombró heredero político a Nicolás Maduro. La realidad política, que es más terca que “el comandante presidente”, ha parido otro heredero, Diosdado Cabello, y la jefatura única del proceso bolivariano ha devenido en lo que los antiguos romanos denominaron un duunvirato. Una fórmula complicada para administrar el poder que históricamente ha llevado a grandes confrontaciones entre los duunviros. César y Pompeyo, Octavio y Marco Antonio son los modelos clásicos.

No significa esto que Cabello pretenda desconocer la voluntad del líder de la “revolución” y aspire a sustituir a Maduro. Se conformaría, como ha venido haciendo durante este tiempo en el que las cartas deben mantenerse tapadas, con ejercer el poder real detrás del sillón (en los tiempos de Gómez se hablaba del “mayúsculo”, en Maracay, y el “minúsculo”, en Miraflores). Si no les sirve la analogía criolla, los camaradas, tan dados como son a seguir la épica ajena, podrían ilustrarse repasando el episodio de la sucesión de Lenin. Si la cosa no les queda clara, pueden entonces leerse La rebelión en la granja, del hereje George Orwell, y ver lo que pasó con los cerdos Napoleón y Snowball.

¿Ignoraba Chávez eso? Seguro que no, pero no tenía más opción que inclinarse por Maduro como el sucesor abierto. Aparte de contar con el visto bueno de los cubanos, el vice no tiene el récord electoral de Cabello (llegó en la casilla 16 en la elección interna del PSUV para escoger a los 15 miembros de la dirección nacional y recibió un nocaut ante Henrique Capriles en Miranda, con todo y los 60 kilos).

Nicolás Maduro ha sido un prominente líder chavista y desempeñó a satisfacción de su jefe y con efectividad la Cancillería, sin embargo, sigue siendo un desconocido para muchos venezolanos. Vale decir, salvo el hecho de haber sido designado por Chávez, el grueso de la ciudadanía desconoce las cualidades que pueda tener Maduro para ser el presidente de los venezolanos. Se sabe que fue sindicalista del Metro de Caracas y lo suficientemente zamarro como para alzarse con la herencia del caudillo en una competencia desarrollada puertas adentro en la atmósfera tóxica del chavismo. O sea, tonto no es.

Muchos descalifican a Maduro porque no tiene un grado universitario (en verdad, nada se sabe de su grado de escolaridad; en el perfil publicado por VTV se despacha el asunto con un lacónico: Dirigente estudiantil en los setenta y ochenta). Ciertamente, se podría argüir que ser egresado de una universidad no califica a nadie para ser presidente de una nación. Harry S. Truman nunca fue a una y está considerado el mejor presidente del siglo XX en Estados Unidos, por encima de todos los egresados de las universidades de la Ivy League. Pero, ser universitario demuestra que se cumplió con una serie de requisitos en materia educativa y que por lo menos se estuvo en contacto con el saber de manera sistemática. Lo cierto es que la lectura no es su fuerte, como quedó demostrado al leer el discurso en homenaje a Sucre (quien no lo vio entonces se lo perdió, porque seguramente no volverá a leer en público). En resumen, Maduro debe tener unas cuantas lagunas en su formación académica que afectarían su desempeño general y nadie puede desconocer que estaría bastante mejor preparado para ejercer la primera magistratura si fuese universitario.

Una de las fallas más evidentes de Maduro ha sido el aparecer como un simple continuador de Hugo Chávez, opaco, sin luz propia. Debilidad que ha evidenciado de manera dramática en los discursos que ha pronunciado hasta ahora. Si Chávez hubiese tenido esa actitud en 1999, sería ahora polvo cósmico. Una de las virtudes de Chávez era su capacidad de cambiar el ritmo de la marcha y ajustar su visión a las circunstancias. Maduro, que generó expectativas de cambio incluso entre los opositores, pasado el primer mes de su regencia, no ha mostrado hasta ahora capacidad para leer el momento ni el país y cambiar lo que haya que cambiar.

La pregunta que todos se hacen es: ¿A qué le teme tanto Maduro que abusa del radicalismo y exagera su pugnacidad con una oposición debilitada por dos derrotas seguidas? No creo que sean los opositores quienes le inspiran miedo, habría que buscar el origen del culillo dentro del propio chavismo, entre sus radicales civiles y militares ante quienes no podría aparecer como un blandengue. Eso explica, aunque en modo alguno justifica, la respuesta cruel y tan poco hidalga que diera a la carta de la hija del comisario Simonovis, en cadena nacional y sin derecho a réplica.