• Caracas (Venezuela)

Francisco Suniaga

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Francisco Suniaga

Se acabó el cemento

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Aun cuando recuperara la salud, el presidente Chávez tendría muy mermada su capacidad para continuar al frente del proceso político bolivariano. Siendo así, se acabaría el cemento que ha pegado la coalición de fuerzas políticas que ha liderado por tres lustros y una de las resultantes de este entuerto podría ser una suerte de big bang cósmico del chavismo. Esta es una de las incógnitas más oscuras (y la que más preocupación produce a los venezolanos sensatos) de la compleja ecuación planteada con la ausencia y eventual desaparición de Hugo Chávez.

La coalición chavista es una rara avis de la política continental. Una alianza que junta visiones políticas que van de la extrema derecha a la extrema izquierda; donde cohabitan desde curas católicos hasta pranes, y en la que militan vastos sectores populares, gente decente que aspira a vivir mejor, y avispados mercachifles oportunistas que definitivamente ahora viven mejor que nunca. Ideológicamente nunca fue muy consistente (Chávez arrancó con aquello del humanismo, pasó por la Tercera Vía de Tony Blair y, a confesados golpes de inspiración nocturna, ha parido esto que llaman el socialismo del siglo XXI, cuyo texto guía solo él conoce). A nivel del imaginario popular chavista, este socialismo consiste en una laxitud selectiva de las formalidades cívicas y legales de la convivencia y la fácil obtención, de manera más o menos sistemática, de dádivas que van desde electrodomésticos hasta carros chinos. Si eso es el socialismo del siglo XXI, por qué no abrazarlo, pensaría el más lerdo.

En otro plano, en el ideológico-político y la estructuración del poder, las cosas son incluso un poco más complejas. Allí el chavismo está conformado básicamente de dos grupos: civiles de izquierda y militares, que en América Latina nunca han sido de izquierda o de derecha sino simplemente militares.

La izquierda del chavismo es una izquierda muy peculiar. En principio, no sólo es una izquierda derrotada por las fuerzas democráticas durante la guerra de los años sesenta, sino que además fue derrotada (y eso fue más frustrante) dentro de la propia izquierda por concepciones más progresistas y modernas que se derivaron de la Primavera de Praga. Más que cualquier otra cosa, los izquierdistas chavistas son unos parias del Muro de Berlín que, cuando llegó el comandante, se aferraron a él como el náufrago al trozo de madera. Son en esencia ortodoxos (más cerca de Stalin que de Gorbachov), geográficamente cubanos y políticamente huérfanos. García Ponce y Núñez Tenorio son las luces que los guían desde el más allá y se podría asumir que Giordani, que parece un creyente genuino pero como no habla no se sabe qué piensa, es el del más acá.

Habría que incluir a los izquierdistas de nuevo cuño, aquellos que en las universidades durante los ochenta se lamentaban de no haber nacido antes para haber peleado en las guerrillas y que ahora, nutridos por Toni Negri y otros teóricos del tumulto, se consideran las vestales de la revolución, los que no permitirán los desvíos del cauce revolucionario. El modelo más visible es Juan Barreto y da escalofríos pensar que este país pueda estar en las manos del autor intelectual del “monumento” a los indígenas en Longaray. A ellos habría que añadir a William Ojeda, David de Lima, el abogado Escarrá y otros herejes conversos cuya consistencia ideológica no puede ser más gelatinosa.

Los militares chavistas son otro caso. Están aquellos que se levantaron con Chávez en el 92 y forman una especie de guardia pretoriana que se sabe vinculada al caudillo y privilegiada por él por haberlo acompañado en su gesta. Los otros militares, los que carecen de la épica bolivariana (que no es mucha, dos golpes de Estado fallidos), son aquellos que tratan de hacer méritos bolivarianos a toda costa y, como tantos civiles, han encontrado en el chavismo el caldo de cultivo para adelantar sus carreras de la manera más cómoda y rápida. Todos, a la hora de la verdad, se han comportado y se comportarán como militares, fieles a una larga tradición autoritaria.

Vale decir, no tiene la coalición chavista ni la homogeneidad ideológica ni la identidad de fines (más allá de la supervivencia) como para que pueda superar en el mediano plazo la falta de Chávez, el cemento que los pegaba o, como dicen en Oriente, el muchacho por el que eran compadres. ¿Y entonces qué va a pasar?

Mucho dependerá de la oposición democrática. A pesar de algunos esquiroles que no terminan de aceptar que la unidad pasa por dejar de lado sus visiones reprobadas por el electorado opositor y seguir, con lealtad, confiando en su juicio y sin dobleces, al liderazgo que tenemos y tanto ha costado construir.