• Caracas (Venezuela)

Francisco Suniaga

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Francisco Suniaga

De La Habana, ¿pero de quién?

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Parafraseando la conocida sentencia de Talleyrand, cabría decir que la solución que el PSUV le dio al problema de la ausencia de Chávez, y su obligación de juramentarse como presidente ante la Asamblea Nacional, más que una ilegalidad, fue una estupidez. La tesis de la continuidad del Gobierno, con el gambito de la indefinición temporal de la ausencia introducido por el TSJ, es errónea y no conviene a nadie. Lo grave es que al optar por esa fórmula dejaron de lado una alternativa que no sólo resolvía formal y materialmente la situación, sino que además le daba al Gobierno que se inicia la posibilidad de emerger fortalecido del aprieto.

La salida más clara del brete fue propuesta por la oposición y expuesta hasta de manera pedagógica por el diputado Omar Barboza en la sesión de la Asamblea Nacional del 8 de enero. Una proposición que, además de estar perfectamente apegada al texto constitucional, contenía una solución política conveniente a tirios y troyanos. Propuso el diputado Barboza que se declarara temporalmente ausente al Presidente (un hecho innegable) y que asumiera el cargo el presidente de la Asamblea Nacional (un mandato constitucional). Hecho eso, se podía contar con un período de 180 días para que Chávez se recuperara y asumiera la Presidencia, si era el caso y, también, si no lo era.

Esta propuesta en nada negaba lo ordenado por Chávez antes de su viaje en diciembre. En términos prácticos, Nicolás Maduro sería el encargado de dirigir el Gobierno en su ausencia y liderar al chavismo. Pero, mejor aún, la oferta de la oposición implicaba el apoyo expreso a la proposición, con lo cual, en lugar de tener, como ahora tiene, a la mitad del país alineada con la tesis de su ilegitimidad e ilegalidad, el gobierno de Maduro habría contado con el respaldo unánime de todos los factores políticos nacionales.

Pero el chavismo rechazó la propuesta sin siquiera considerarla. No hubo el menor acercamiento ni consulta en una situación que en cualquier democracia habría generado una amplia consulta. Ese paso habría puesto a Maduro y a Cabello entre los pesos pesados, pero no se atrevieron. ¿Por qué no aceptaron? ¿Por qué prefirieron la chapuza política a una solución que bien pudo poner al país y al gobierno de Maduro en un camino mucho más cómodo? La pregunta la formuló el propio Barboza en su intervención y nadie le respondió.

No queda sino especular que el trasfondo de esa postura es la decisión política de continuar desconociendo a la oposición, aunque se trate de una realidad terca que habla por sí sola. A pesar del chavismo, y de los filibusteros propios que se empeñan en entorpecerla, 45 de cada 100 venezolanos militan en la oposición. Negar su existencia es un imposible político que traerá más perjuicio que beneficios al país.

Sin duda que ese desconocimiento en el pasado le rindió sus frutos al chavismo, pero a estas alturas no es políticamente viable y resulta altamente inconveniente para el interés nacional. El propio Chávez inició el camino con su llamada a Capriles el 7-O, señal de que los tiempos han cambiado y de que a Venezuela le toca vivir una nueva etapa.

El error de insistir en el desconocimiento luce más craso, por cometerse en el contexto de una situación ofensiva a la venezolanidad: la permanencia del presidente Chávez en Cuba, bajo el absoluto control del Gobierno cubano y sin que los ciudadanos de la patria de Bolívar tengan información confiable en torno a su estado real.

La mayoría de los venezolanos (son muchos los chavistas que lo sufren) experimenta por lo menos alguna incomodidad nacionalista ante un hecho tan único en la historia política de Venezuela (y del mundo, como tanto gusta decir a los líderes del PSUV). No es poca cosa el hecho de que hace más de un mes que el presidente de la República está aislado en un instituto de La Habana, bajo el cuidado de médicos cubanos que (sería ingenuo no creerlo) le reportarían primero a los hermanos Castro que a familiares y funcionarios venezolanos.

El Gobierno se defiende argumentando que hasta la fecha ha dado decenas de boletines sobre la salud del Presidente. Cierto, pero esos boletines no son médicos sino políticos y como tales deben ser leídos. Siendo así, no hay razón alguna para que, al menos, esa mitad del país que milita en la oposición crea lo que se afirma en ellos. Por el contrario, con cada declaración se abre paso a la suspicacia de que quizás no hubo tal error en la decisión que se tomó ni en desconocer a la oposición. Que efectivamente se trata de la ejecución de instrucciones que vienen de La Habana, pero no de Chávez, sino de los hermanos Castro.