• Caracas (Venezuela)

Francisco Rodríguez

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Biopoder y subjetividad: una mirada foucaultiana

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El objetivo final del poder en cualquier sociedad es el cuerpo que por esta vía se convierte en el principal mediador tanto del intercambio material a través del trabajo, la sexualidad y el espacio médico como en el intercambio simbólico en la palabra, el discurso, el saber, los imaginarios simbólicos y la representación. En una sociedad en donde el cuerpo se presenta como una metáfora del goce y la violencia “el conócete a sí mismo” se superpone al cuidado de sí en una relación de “máquinas deseantes” que elevan al consumo al nivel de la “ritualización del fetichismo de la mercancía”. La principal mercancía en este orden es el cuerpo que se constituye-reconstituye y reproduce en el espacio médico. El espacio médico es el “taller oculto” de la producción material y simbólica porque desde ahí se repara la máquina para el trabajo y la producción simbólica.

El modo de constituir el cuerpo como objeto define también el modo como nos constituimos como objetos en tanto nos relacionamos con un sí mismo que asume el carácter de una objetividad eminente y dispositivo de objetivación permanente. No importa que esta objetividad no sea más que una mediación simbólica por relación a fuerzas de carácter más bien metafísicas.

El cuerpo deviene de esta manera en metáfora del poder evocar la trama de las reales e imaginarias relaciones que el sujeto entabla con otros sujetos a propósito del mundo y de los dioses. 

En todo caso se trata del  objetivo final de cualquier estrategia de poder, hacer que el cuerpo y por supuesto la subjetividad se integre funcionalmente a un sistema de controles científicos-tecnológicos a través de la incorporación a un aparato burocrático-instrumental como es el aparato médico-institucional.

Diferentes modos de producción de lo simbólico, de gramáticas de sentido y de modos de realización e interpretación de la experiencia de sí, implica también diferentes modos de producción  reproducción del cuerpo y la subjetividad.

El cuerpo para la belleza-virtud y para la verdad que en los griegos suponía la armonía no solo interna y con la phisis sino también en las relaciones entre el cuerpo y el alma. Esto define la fundamentación del paradigma ético-estéticamente realizado.

Por otra parte el cuerpo para la mortificación y expiación de culpas y cuyo estatuto se define a partir de la separación metafísica cuerpo-alma y en contradicción flagrante por el carácter pecaminógeno de este que fundamenta la constitución del paradigma del “hombre santo” y de “la comunión de los santos” que establece la “Pastoral de la carne”.

El cuerpo excluido por ser objeto e instrumento del demonio para el pecado es sustituido por el “cuerpo de Cristo” que fundamenta la definición de un cuerpo social místico. Santa Teresita de Jesús es una de las representaciones más emblemáticas de ejercicio de este sistema disciplinario de biopoder.

La “pastoral de la carne” significa el control y dominio del “sí mismo” a partir de la represión del cuerpo representado fantasmáticamente como el lugar de la residencia del pecado y por tanto de la “falta básica” que condena a priori al sujeto a la condenación.

La Modernidad recupera el cuerpo para sí desde el mismo momento en que lo define como un objeto de un discurso racional de la verdad. El cuerpo negado y reprimido tradicionalmente por la “pastoral de la carne” es recuperado para el mercado, la producción, el goce tecnológico, el  sexo y el consumo en general.

Pero por encima de estos fines, el cuerpo es recuperado como objeto de una mirada objetivante y cosificante. Se trata de una mirada escrutadora y analítica que fundamenta la ética de un saber que genera la normalización de los cuerpos a través del patrón de la  ciencia y la tecnología.

 

*Universidad de Oriente

 

**Alex Fergusson, coordinador