• Caracas (Venezuela)

Francisco Rodríguez

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Accidente aéreo: la vuelta al sentimiento trágico de la vida en la posmodernidad

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La reciente tragedia en los Alpes franceses ha dejado muchas interrogantes porque no es común que una persona con el tipo de problemas que presentaba Lubitz provocara una tragedia como la que protagonizó. Se ha hablado de diversos trastornos de salud como depresión, problemas de angustia y ansiedad, de la vista, etc. De acuerdo con el criterio de los médicos consultados, ninguno de estos problemas de por sí eran suficientes para llevar a la determinación que tomó el piloto. ¿Qué pudo entonces haber ocasionado una tragedia como esta? ¿Qué ideas, fantasmas, emociones, pasiones había al interior de ese joven que lo llevó al suicidio matando a su vez a tanta gente  inocente? Quizás no lo sepamos nunca. No obstante podríamos intentar  esbozar algunos elementos de análisis desde el punto de vista societal que pudieran ayudarnos a comprender un poco mejor por qué este piloto hizo lo que hizo.

Nos remitimos entonces a lo que el autor George Devereux ha denominado el “Running Amok” o la carrera suicida-homicida del Amok. Este es un guerrero malayo  que ante el fracaso como guerrero decide iniciar una carrera suicida a caballo matando a todo aquel que se le atraviese y luego todo termina invariablemente con  la muerte de este. Otra patología similar en estos pueblos es el “síndrome del perro loco que quiere morir”, el cual es parecido a la carrera del Amok por su carácter trágico suicida-homicida. Estas son patologías  propias de un tipo de sociedad y por ello el autor las define como desórdenes étnicos.

Si trasladamos estas patologías al contexto societal actual nos encontramos con que el sentimiento trágico de la vida está hoy impregnando nuestras vidas cotidianas y nuestro espíritu. Ante el fracaso del modelo de sociedad basado en el éxito material y la utopía de un mundo feliz por el mercado, la competencia y el predominio de la ciencia tecnología, la gente cada vez más es víctima de un fuerte sentimiento de fracaso, frustración, “desesperanza aprendida” y por tanto desesperación.

Los países industrialmente avanzados del capitalismo hoy (Europa, Estados Unidos y Japón) están cayendo en una especie de gran desencanto que los está llevando a convertirse en sociedades sin identidad. Esto se explica básicamente porque la motivación central de la gente es una lucha del individuo por la supervivencia a través de la búsqueda desesperada del estatus socioeconómico y el prestigio social que genera el éxito material. Un estilo de vida que descansa en la lucha neo-darwinista por la supervivencia del más apto en sociedades en donde la competencia es la ley de hierro. Esto está conduciendo a la construcción de una sociedad sin identidad, sociedades anómicas en donde lo que predomina es el  individualismo-egocéntrico anómico.

En este contexto surge la” locura” societal e individual que significa “la carrera loca del Amok” por la muerte: matar y ser matado, como el caso del piloto de Lufthansa. Otros ejemplos pueden ser el conductor que conduce su automóvil a gran velocidad habiendo ingerido alcohol y/o drogas, o el  marido celoso que mata a la pareja y después se mata él y mata o otros en el camino. En Estados Unidos el francotirador en las universidades, por ejemplo.

En este sentido, la vuelta al sentimiento trágico de la vida nos recuerda que la vida no está caracterizada solo por el placer, la convivencia, el amor, etc., sino que en medio de esto y como parte integrante está agazapada la “Sombra”, la parte oscura del alma de la cual hablaba Jung: el conflicto, el dolor, las enfermedades, las desgracias, el instinto de destrucción, la locura; la muerte.

La búsqueda de notoriedad en una sociedad contradictoria como la nuestra genera un “doble vínculo” porque por un lado se estimula la realización social basada en el éxito material y por el otro lado se elimina a todo aquel que no cualifica de acuerdo con estas exigencias, pereciendo así el más débil.

frfrank381@gmail.com

*Artículo forma parte de la colección A tres manos, por Alex Fergusson