• Caracas (Venezuela)

Francisco Paz Yanastacio

Al instante

No juego más

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No puedo creer en la sinceridad de quienes se dicen estar estupefactos por la aviesa conducta de quienes ostentan el poder, cada vez que estos no se someten a las reglas de juego. Si en algo han sido consecuentes es en utilizar las reglas únicamente cuando les conviene. Desde la Constitución, hasta la última cláusula contractual del más secreto y escondido de los contratos.

Las sangrientas e impunes intentonas golpistas de 1992 marcan la línea de lo que sería la conducta que hemos observado hasta hoy y que vamos a seguir observando. Como en aquel momento no hubieran podido ganar ni la elección de la reina de un templete en Sabaneta, se lanzaron a traicionar su juramento, utilizando las armas de la República para tomar el poder por la fuerza. Luego, cuando el caldo de cultivo creado por la antipolítica les sirvió de combustible, las elecciones les parecían maravillosas y las hacían por montones, porque a pesar de que el desastre era visible, el chorro de petrodólares les permitió taparle la boca y calmarle el hambre a mucha gente, en la forma más populista y grosera que jamás se hubiera visto en esta tierra.

Ahora no quieren saber nada de elecciones. Ellos inventaron eso de incluir el referéndum revocatorio en la Constitución, pero pareciera que ese artículo está vigente siempre que las encuestas los favorezcan. Por lo visto, y dadas las dimensiones de la catástrofe que el castrochavismo ha provocado en Venezuela, pareciera que ese artículo se borró de la Constitución. Y de elecciones, ni se diga. Las regionales las corren para junio, en un nuevo golpe, aunque lo que quisieran es correrlas hasta más nunca. Y así van. Su supervivencia depende de permanecer en el poder.

Amenazan con congelar el diálogo porque la Asamblea Nacional habría violado el acuerdo, por haber tratado el tema de, como titularía uno de los panfletos gobierneros que diariamente quiere burlarse de nosotros, esos dos venezolanos que obtuvieron una residencia vitalicia en Estados Unidos, con todos los gastos pagados. El repertorio de mentiras está agotado. Lo cierto es que el gobierno no quiere diálogo, ni nunca lo ha querido, porque como cualquier otra vía, ese método va a desembocar en la misma solución del problema que enfrentan todos los venezolanos en la hora más obscura de su historia, que es un cambio de gobierno.

El estado de cosas que hoy se nos presenta no da para un escenario distinto al que tenemos. Las aparentes burlas y provocaciones de la camarilla castrochavista que ostenta el poder dejan claro que intentan desesperadamente que la MUD patee la mesa, para ellos salir, como en cualquier problema de los que sufrimos, echarle la culpa al otro. Es el mismo guion, con las trapisondas de siempre, porque no son capaces de respetar regla alguna.

Nunca las han respetado, solo las utilizan cada vez que tienen la oportunidad. Debe tratarse de una patología de los abogados que están o han estado al servicio del castrochavismo en estos dieciocho años, que se manifiesta en la necesidad de encontrar una interpretación de las leyes que subsane las carencias del régimen. Y cuando no se puede, se procede a cuestionarlas o a patearlas descaradamente como lo hacen a cada rato con la Constitución.

Esta gente no quiere jugar más, pero no quiere que se sepa que son ellos los que no quieren jugar. Creo que con lo que ha hecho hasta ahora la pandilla que ocupa el poder, la MUD está plenamente legitimada para levantarse de la mesa cuando lo consideren conveniente y hay que confiar en su criterio. En esto, como ciudadano, no pienso revocar el poder que le he dado a la MUD para que actúe en mi nombre. Hizo bien en sentarse, hizo bien en mostrar su disposición a hacer concesiones y lo hace mucho mejor levantándose, ante la farsa del castrochavismo. Eso sí, de lamentar que lo único que aparentemente le funciona al oficialismo no sean los hospitales –por llamarlos de alguna manera– sino la campaña que inmediatamente prende, con algún estímulo misterioso que les ha funcionado bien, en los guerreros del teclado y en los desesperados de la antipolítica de todas las horas, en contra de la Unidad, única estrategia ganadora que ha dado frutos. A quien no vea esos frutos, solo le pido que recuerde que estamos viviendo la peor dictadura de la historia de este país.

No puedo dejar de lamentar la partida de Fidel Castro, otro que no juega más, por la cantidad de deudas pendientes que deja. Se fue impune, como Gómez, como Franco y como el finado eterno, pero solo quizás así es menos probable que pueda repetirse la aparición de un embaucador de semejante calaña, pero de cualquier signo. Como acaba de decir Mario Vargas Llosa, en algún tiempo uno de sus embaucados, la historia no lo absolverá.

Va de suyo que hablo de aquí y de ahora.