• Caracas (Venezuela)

Francisco Paz Yanastacio

Al instante

De la abundancia a la emergencia

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Sorprendentemente, vuelve la mentira y los salientes siguen convencidos, como prueba de que aún siguen en estado de shock postraumático, de que los venezolanos somos un hato de bestias estúpidas que compraremos cualquier cuento que a ellos se les ocurra, por más absurdo que sea. Los considerandos que motivan el decreto de emergencia económica son una confesión clara de lo que afirmo.

Esto coloca la ética como protagonista de lo que vivimos en Venezuela, porque es la figura preterida que el libreto tendrá que hacer triunfar en el último acto. Se miente y se intriga descaradamente, porque la falta de escrúpulos lo permite. Ante la presencia de cualquier cosa que tenga algún olor a la autodefinida revolución, la ética se espanta y desaparece de inmediato.

Y es muy probable que esta observación, tratándose de consideraciones que atienden a los valores y principios íntimamente ligados al fuero interno de quienes ostentan el poder, pudiera parecer como irrelevante y meramente teórica. Que ellos mientan descaradamente, sería, en definitiva, intrascendente, de cara al problema cotidiano que nos genera a los venezolanos el estado de postración en el que han dejado al país en estos diecisiete años.

De ser así, nadie habría hablado de la llamativa pequeñez de las extremidades inferiores de la mentira y no existiría el consabido refrán en el repertorio de la sabiduría popular. La mentira fue (el 6-D), es y será, la causante del aborrecimiento definitivo y total de la casta que destruyó a Venezuela. Y la ética está por allí, haciendo su trabajo al dejar en evidencia que más allá de las mentiras circunstanciales de las que echan mano como velo para tratar de tapar el terrible desastre que causaron, la responsabilidad de la ruina del país es únicamente de esa casta.

La ruina que hoy justifican con el trapo rojo de una guerra económica inventada, tiene la particularidad de generarse luego de la más larga etapa de bonanza petrolera que ha vivido Venezuela. Por eso, la mentira, que esta vez aparece como excusa para justificar una suspensión de garantía constitucionales que les permita seguir desgobernando con poderes dictatoriales como lo han hecho en los últimos años en los que había un Poder Legislativo nulo, no pretende encubrir únicamente la ineptitud e irresponsabilidad que les ha caracterizado, sino que pretende encubrir la corrupción pasada y la presente.

De allí que los resortes éticos de la sociedad deban fortalecerse, porque lo de la mentira no es una simple excusa, sino que es el condicionante básico de la corrupción que los está ahogando a ellos y nos arruinó al resto. Funciona así: la indignación de esta gente que ostenta el poder por una ley que le entregue la propiedad a los poseedores precarios de las viviendas que ha construido el gobierno en los últimos años, no tiene que ver con el cacareado concepto capitalista que ellos dicen que implica. Esa es otra mentira más, porque lo que les preocupa es que para poder titularizar la propiedad de las viviendas habrá que contarlas y se va a saber cuántas son en realidad. La cosa no para allí. Al saber cuántas son, se va a saber, partiendo de la cifra que ellos dicen que se gastaron en construir la sumatoria de viviendas que al final se contabilicen, cuánto fue lo que se quedó en los albañales de la corrupción. Es eso lo que los preocupa.

Porque, como bien escribiera el profesor Brewer-Carías (2015), en su libro La mentira como política de Estado, “…[e]l problema del régimen, en todo caso, que ha estado envenenando una y otra vez al pueblo con ‘una mentira, otra mentira, una mentira, otra mentira’ (Rayma Suprani, 2015), incluso controlando ya materialmente casi todos los medios de comunicación, es que en definitiva, ya casi nadie le cree –esa es la verdad–, y menos quienes hacen colas o buscan desesperadamente productos básicos en diversos establecimientos, invirtiendo horas y horas, para poder adquirir bienes de la cesta básica, que en definitiva es todo el pueblo consumidor (que sí tiene que hacer las colas)”. 

Se ahogan y la mentira ya no los mantiene a flote. Quieren otro salvavidas. Entendería que alguien se plantee el dilema de si el resto de la sociedad debe tratar de rescatarlos. Lo primero que haría es tomar en cuenta lo que recomiendan los expertos en rescate: es fundamental inmovilizar a quien se está ahogando, para no correr el riesgo de ahogarse con este. Los poderes que se pretenden según el texto del decreto son de una amplitud suicida, por lo que el decreto tiene que ser rechazado por todos los venezolanos. Desde los considerandos que tratan de justificarlo, sarta de mentiras que no se cansan de repetir, a pesar de alimentarse del discurso que rechazó con una mayoría contundente el electorado, el decreto de emergencia económica se hace merecedor del repudio categórico de las dos terceras partes de los integrantes aún no escamoteados de la Asamblea Nacional (de una República a la que no sé cómo llamar, porque excluye al estado Amazonas y a parte de otros estados que integran la Región Indígena Sur).

Cuando reflexionen y se dispongan en forma sincera a un diálogo, que no entre en conflicto con la ética, y reconozcan que su cuento de cómo fue que pasamos de la abundancia a la emergencia es solo una mentira, hablamos. De momento, ese decreto tiene que ser derogado en el acto.

La única solución viable pasa por entender que es necesario concertar el más amplio acuerdo con todos los sectores de la vida nacional, que requiere sinceridad, y ese es el camino que la Asamblea Nacional, que lo ha comenzado con buen pie, tiene que seguir recorriendo.

Va de suyo que hablo de aquí y ahora.

 

@Francisco_Paz_Y