• Caracas (Venezuela)

Francisco Paz

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Francisco Paz

Las vacas que no engordaron

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El drama clásico del rentismo petrolero venezolano, que nos persigue desde el inicio del último tercio del siglo XX, se resuelve en la consabida peladera que nos embarga a públicos y privados cuando caen los precios del petróleo y la siempre ansiada gozadera al amparo de los precios altos del oro negro. El vaivén del péndulo entre unas vacas gordas a las que nos aferrábamos como sociedad y unas vacas flacas que no queríamos ver, pero que nos visitaron bastante más que las vacas gordas. En los albores de esta “re-involución” que vivimos había motivos para pensar que si bien las vacas flacas que se empeñaban tercamente en quedarse no se irían, ya habíamos encontrado algunas vías para engordarlas. Pues no, esas vacas no engordaron.

En 1998 el país miraba esperanzado otras fuentes de riqueza, si bien los mermados ingresos petroleros no dejaron de ser una palanca importante. Fue una época de sacrificios, pero también de importantísimos logros en materia petrolera, en la que se definió una política que permitió salvaguardar a tiempo los intereses del país frente a la posibilidad de ahogar la industria en el foso de la desinversión y el abandono, y de dejarla caer en la “bajadita” hacia las manos de las transnacionales petroleras. Se preservó el control de la industria y se atrajeron inversiones cuantiosas que permitieron reactivar y desarrollar áreas de explotación que era imposible financiar por el Estado, porque la plata del Estado tenía que ir a las escuelas, liceos, universidades, hospitales, etc. Tenía que ir a lo suyo.

Luego del vertiginoso aumento de los precios del petróleo durante casi toda la primera década y lo que va de esta, de este siglo las tercas vacas siguieron pasmadas, sin engordar ni un gramo. Sorprendentemente, rompimos el ciclo, el círculo vicioso del sube y baja de la prosperidad al ritmo de los precios petroleros. Sí, luego de haber recibido más de 900 millardos de dólares, nada. No subieron de peso las vacas.

Nuestro drama cambió. El rentismo petrolero, al parecer, está a poco de vivir una nueva experiencia con la prospectiva que se anuncia sobre el mercado petrolero, de precios que se mantendrán debajo de los ochenta dólares por un buen rato. Será interesante ver si con el barril a la baja, ahora vamos a vivir mejor. Lo que sí puedo dar por seguro es que, como no se cansa de anunciarlo José Mauricio Maurovich (quien, dicho sea de paso, fue el director más joven de la industria petrolera nacionalizada), si la situación nos lleva a tener necesidad de capital extranjero (que hace rato hace falta) para resucitar la arruinada industria petrolera venezolana, vamos a terminar en peores condiciones de entrega que las anteriores a la nacionalización. La única, la auténtica, la verdadera nacionalización de la industria de los hidrocarburos, materializada por el presidente Carlos Andrés Pérez en su primer mandato. Sea con los imperialistas rusos, chinos o cubanos; sea con las transnacionales gringas o europeas. Ya los chinos tienen su hipoteca.

En el pasado, situaciones como la que afrontamos ahora, rentismo vivito y coleando, se traducían en vivir con la angustia del presagio de la llegada de las bichas todas huesudas. “Vienen las vacas flacas, ahí vienen las vacas flacas”. Y llegaban, con los becerros berreando por no poder sacarle nada a la teta. Obviamente, los berridos alentaban siempre a los merodeadores que desde su flojera de hacer política se mantuvieron siempre al acecho, esperando chances, porque eso de hacer política y fabricar consensos es mucho trabajo. La apoteosis de nuestro drama lo ponían dos personajes muy conocidos de nosotros y que hoy son de la familia: la devaluación y la inflación. Son ellos dos, precisamente, por su constancia y su consistencia al mantenerse firmes junto a Venezuela en los últimos doce años, que me hacen pensar que esta vez la historia no volverá a repetirse. Las vacas flacas no vienen esta vez con el desplome de los precios del petróleo, porque ya habían llegado en paracaídas, camufladas en los colores de los controles de cambio y de precios.

Por lo que oigo, las únicas vacas que están engordando hoy en forma fabulosa andan por Uruguay. Lo cuenta el profesor Oswaldo Barreto en un optimista artículo titulado “Dictadura disfrazada” (diario Tal Cual, 3 de octubre de 2014), en el que refiere: “...Uruguay deslumbra al mundo con su sistema de producción de alimentos ‘agro-inteligente”. “Uruguay –nos dicen José Baiz y Juan Manuel Cazolio en el diario español El País, edición del pasado lunes, 27– podría dar comida a 50 millones de habitantes para el año 2020 (pues) en menos de 10 años el país pasó a producir estos alimentos para 20 millones de personas”. Sonará a envidia, pero para mí que esas vacas lo que deben estar es obesas.

Por cierto, debo decir que el profesor Barreto peca, en mi opinión, al endilgarle la responsabilidad de la ruina integral en que se encuentra el país al actual inquilino de Miraflores. No, profesor, usted está equivocado. El culpable de todo esto y de muchas otras cosas que están por ocurrir no es otro que el mismísimo finado y sus delirios populistas, militaristas, perpetuistas y expansionistas. Y hablando del tema que nos ocupa, aclaremos de una vez: no es de la vaca la culpa, es de aquel. Incluso es de aquel la culpa de que las vacas no engordaran, ni engordarán.

Obviamente, descarto de plano cualquier posibilidad de que con esta caída de los precios las vacas engorden. Pero, quién quita, con tanta vaina que se ve ahora. No me sorprendería que se bajen de ese tanquero que zarpó de Argelia cargado de petróleo y viene a atracar en Venezuela. Total, aquí todo es importado, salvo (según informaciones que tiene el gobierno) una pequeña parte del hampa.

Va de suyo que hablo de aquí y de ahora.