• Caracas (Venezuela)

Francisco Paz

Al instante

Sí maestro, Istúriz, la confianza

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Aún hay quienes creen que aquí no ha pasado nada, bien por el despecho de no haber tenido razón respecto del 6-D, bien porque son víctimas de la trampa cazabobos que esa campañita barata del régimen que pretende sembrar desconfianza al hacernos creer que a la Asamblea Nacional se le acaba el tiempo. Ha pasado y mucho.

Voy a referirme a tres muestras de lo que ha pasado, pero voy a dedicarme hoy solo a la significación que tiene la última. Va la primera: Aristóbulo Istúriz mencionó a Carmelo Lauría en el Palacio Federal Legislativo. Perdón, no solo lo nombró, sino que lo puso a hablar: le cedió la palabra. Parece que entendió a esa lumbrera sin desperdicios que era Lauría, cuando decía que una cosa es pedir agua para el barrio y otra, muy distinta, es llevársela. Un simple tratado sobre la demagogia universal que aparentemente entendió el profesor. Perdón, el maestro. Y miren que ese maestro sí que pidió agua antes de estos diecisiete años. Que yo sepa, no la ha dado nunca.

En segundo lugar, Istúriz, ante la imposibilidad de responder a la incontestable felpa del profesor y diputado José Guerra, se dedicó a explicarnos que él no es profesor nada, que es maestro, nada más. Quizás es cosa mía, pero lo dijo como para inspirarle lástima a la audiencia. No recuerdo bien las palabras y no tengo mucho tiempo para buscarlas en Youtube con la mejor y más veloz Internet  del mundo que nos legó el difunto eterno, pero dijo algo así como que él era menos que un profesor, que él era un maestro. Por cierto, que hizo una alusión a las charreteras que parecían dirigidas no a Guerra, sino a los militares. No la entendí muy bien, pero me da la impresión de que quiso transmitir que los maestros son menos, incluso, que los militares. Apartando la utilidad de saber cómo valoran a los maestros, que ya se podía sospechar al echarle un ojo a lo que les pagan, lo curioso es que no recuerdo que la aclaratoria sobre su título se la haya hecho a ninguno de quienes han encabezado este régimen durante diecisiete años, que de manera invariable se han referido a él como el profesor Aristóbulo Istúriz. Los tres lo han hecho, sin recibir queja alguna.

La tercera muestra es el centro y objeto principal de estas reflexiones, no por ser más importante sino porque puede ayudar a comprender que el primer cambio que se ha dado en Venezuela a partir del 6-D, ocurrió en el fuero interno de la cúpula del chavismo. No puedo decir lo mismo del madurismo, si es que tal cosa existe. La clave confesional cayó como un rayo durante la sesión, convertida en una palabra pronunciada por el maestro Istúriz: confianza. Lo dijo para responder sobre inflación y unificación cambiaria, en un momento de esos en los que parecía olvidársele que no es él el presidente de la República. Se le vieron las ganas de gritarle al Parlamento: “Es la confianza, estúpidos”.

¿Cómo no estar de acuerdo con el maestro Istúriz? En primer lugar, porque la estafa que han perpetrado contra el país en estos diecisiete años es producto de la confianza que el país les entregó a cambio de la ilusión de un futuro con mejores condiciones de vida. Fue una confianza inmensa y la dilapidaron. La patearon. Claro que el muy consciente maestro e inconsciente presidente no se refería a esa confianza, sino a la que deberían estar tratando de generar para calmar los desquiciados indicadores económicos, entre otros, la vieja tasa de cambio controlada ahora rebautizada con nombre de remedio escaso, que sube y sube sin que consiga techo que la detenga.

Esa confianza no se logrará mientras sigan mintiéndole al país. Todas las acciones influyen. Desde la declaración del gobernador de Bolívar diciendo que era falso lo de Tumeremo, hoy comprobado gracias a la lucha de la ciudadanía en respaldo de los familiares de los asesinados, pero sin consecuencias en cuanto a tan grotesca mentira, amén de lo sórdido que resulta cómo el Estado ha sido desalojado del poder en buena parte de su territorio; hasta el llamado a trabajar, a producir, a sembrar tomates en los balcones y cachamas en los tanques de las casas, para luego decretar nueve días de vacaciones.

“Yo no soy ortodoxo”, dijo el maestro frente a los diputados una de esas, más de las veces, en que no sonaba a vicepresidente. Se refería a la unificación cambiaria como un tema a ser debatido, pero para lo cual se requería crear confianza. El problema es cómo crearla después de haber hecho uso sistemático de la mentira al extremo de que hoy ya nadie les cree absolutamente nada.

Salvo por la Asamblea Nacional, el Estado venezolano es una gran duda. No se sabe si quien ocupa el cargo de presidente tiene o no doble nacionalidad. No se sabe si quien ocupa el cargo está o no a cargo. No se sabe dónde está el oro de la reservas del Banco Central. No se sabe quiénes reciben dólares preferenciales. No se sabe dónde se cotiza el dólar ese que llaman flotante y que han debido llamar cohete. No se sabe cuánto vale el bolívar. No se sabe quién manda en Guárico, Aragua, Anzoátegui y buena parte de Bolívar. No se sabe cuándo llega el agua. No se sabe cuándo van a quitar la luz porque mienten sobre la realidad del sistema eléctrico. No se sabe si los magistrados exprés tienen las credenciales para serlo. No se sabe qué es lo que se les va a antojar mañana que diga la Constitución. ¿Así van a generar confianza? Ha sido mucho el tiempo que han dedicado a sembrar desconfianza y llegó el tiempo de cosecha.

Nadie les cree ya. Nadie confía en ustedes, comenzando por los venezolanos. ¿Van a confiar los extranjeros? Una sola cosa les creo de todo lo que por estos días repiten a diario: el gobierno de Venezuela no es una amenaza para Estados Unidos de América. Lo que sí está más que claro es que, lamentablemente, sigue siendo una gran amenaza para Venezuela.

Va de suyo que hablo de aquí y de ahora.