• Caracas (Venezuela)

Francisco Paz

Al instante

La lanza sigue clavada en el muro

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hace ochenta y cinco años un señor llamado Rómulo Gallegos nos legó Doña Bárbara. Nos entregó un diagnóstico de nosotros mismos en clave literaria que no se limitó a darnos las malas noticias de la enfermedad, sino que se atrevió a asomar los remedios que debíamos usar para tratar de resolver los problemas que nos aquejaban. Planteó claramente esos problemas. De allí el título escogido para este artículo, que remeda un dramático pasaje de la magistralidad de Doña Bárbara, que tiene como título: La lanza en el muro.

Creo que el muy breve tránsito de ese gran venezolano en su infortunio de haber ocupado la majestad de la Presidencia de la República, nos ayudó a evitar muchos problemas. Creo, antes que cualquier otra cosa, en la honestidad de su entrega. Creo en que esa entrega nos ahorró mucha sangre. Incluyo la que se habría perdido de haber intentado enfrentar la traición y la que, si el traidor lo hubiese pensado mejor, habría podido ahorrarse.

El optimismo que inevitablemente se encuentra conmigo, me ha ayudado a ver que mientras desenterramos esa lanza a la que se refiere el título que encabeza estas líneas, si es que acaso hoy es el tiempo de asumir la labor de desenterrarla, al mismo tiempo, podemos prestar atención a unas labores que pudieran antojarse prioritarias, aunque parezcan una pequeñísima labor. Un ejército de venezolanos (que no merecen el 45% de aumento de salario) se ha dedicado a ver cómo atiende labores de las que depende la supervivencia de la República, frente a la renuncia de las competencias que, quienes ostentan las más altas posiciones del Estado, han presentado como realidad indiscutible. No creo que deba ofender al lector, por muy desocupado que parezca, mencionando a tan ociosos burócratas. Y hacen pensar en un abandono de las funciones del Estado y en la promoción de su desaparición, quizás por la tendencia electoral indeteniblemente creciente e inocultable, que les hace pensar en un desalojo definitivo, a la vuelta de la esquina.

Debemos acercarnos a la idea de que una respuesta ya fue dada a la sociedad de lo que nos ocurría, desde que el maestro Gallegos nos propuso una explicación de lo que nos sucedía. Desde que nos echó el cuento del pecado original, que hoy aún nos aturde. Y que voy a echar yo, cada vez que algún medio de difusión me regale la oportunidad de difundirlo, sin las limitaciones que ha impuesto una de las partes de ese conflicto, que cree que podrá desaparecer a la otra, porque controla las cada vez más elusivas divisas que parecen diluirse entre sus inquietas o ineficientes manos.

Antes de eso, por la autoridad del autor que voy a reproducir, debo honrarlo con las posibilidades de hacerlo, que prodiga la actualidad, frente a la farsa que los medios difunden con la fuerza que el impulso monetario público les regala. Este artículo, que sé que me van a acusar de que es un plagio de Doña Bárbara por lo extenso de la cita que leerá abajo todo aquel que prosiga, está inspirado por los desaguisados de Diosdado Cabello. Ese elemento se refirió de una manera de la cual no hay que tener el menor cuidado en citar literalmente (si quieren, iré a la cárcel si les viene en gana, como ocurre con el agravio que han causado a Teodoro Petkoff), a un señor que forma parte de la jerarquía de la Iglesia Católica. Ofendió al cura Roberto Luckert (Líquer, pronunció en la grabación que vi y que me muestra su gusto por las exquisiteces lingüísticas). Lo hizo, probablemente, tratando de imitar al finado. Pero no dudo que, quizás, haya leído al muy despreciable adeco (para todos los miembros de eso que no es más que un proceso exitosísimo proceso destructivo militar-incivil) que fue Don Rómulo Gallegos, y se le haya ocurrido intentar, ante la desesperación que, vigilia tras vigilia, insomnio tras insomnio, va creando la realidad, una imitación que aun siendo muy generosos, nunca catalogaría como una mala parodia.

Gallegos dejó un claro testimonio sobre su disgusto con las actitudes de miembros de la Iglesia Católica, según un pie de página que pude leer (lo juraría, aunque no aparezca en ningún lado), en una edición de Oficina No. 1, la única prehistoria que fue escrita sobre El Tigre, que refiere una conversación telefónica entre Miguel Otero Silva y aquél. Otero contó ahí que Gallegos le reclamó que en la novela de la cual la mencionada obra era secuela (Casas Muertas), hablara bien del cura del pueblo. Se excusó Otero Silva diciéndole que no se preocupara, que estaba escribiendo otra obra sobre la Mesa de Guanipa, en la que incluía a otro cura que, además de franquista, era un... ¿malo?

Creo que eso deja claro que el problema del señor Cabello no es con el obispo, no es con la Iglesia, no es el problema que le contaron a Sancho, que pudo haber sido el del maestro. No fue con la Iglesia que topó. El problema de ese individuo es con cualquier persona que exprese la invivible situación que sufre hoy todo aquel que no esté enchufado. Yo no lo he oído hablando del obispo Moronta. Ni mal, ni bien. Todo aquel que sufra la situación que sufrimos los habitantes de este país, como Roberto Luckert, tiene el derecho constitucionalmente consagrado a decirlo. Así no le guste al dueño del universal, de últimas noticias o al señor de marras.

En definitiva, a pesar de lo largo, vale la pena hacer la cita que anuncia el título. Y sobre todo porque nunca podré escribir mejor que eso. Ahí les va, aunque sé que muchos me van a reclamar habérselos recordado, el resumen de lo que estamos viviendo, contado en Doña Bárbara:

"Sobrevinieron las represalias, y matándose entre sí Luzardos y Barqueros, acabaron con una población compuesta en su mayor parte por las ramas de ambas familias. Y en el seno mismo de cada una se propagó la onda trágica.

Fue cuando la guerra entre España y Estados Unidos. José Luzardo, fiel a su sangre –decía–, simpatizaba con la Madre Patria, mientras que su primogénito Félix, síntoma de los tiempos que ya empezaban a correr, se entusiasmaba por los yanquis. Llegaron al hato los periódicos de Caracas, caso que sucedía de mes a mes, y desde las primeras noticias, leídas por el joven –porque ya don José andaba fallo de la vista– se trabaron en una acalorada disputa que terminó con estas vehementes palabras del viejo:

–Se necesita ser muy estúpido para creer que puedan ganárnosla los salchicheros de Chicago.

Lívido y tartamudo de ira, Félix se le encaró:

–Puede que los españoles triunfen; pero lo que no tolero es que usted me insulte sin necesidad.

Don José lo midió de arriba abajo con una mirada despreciativa y soltó una risotada. Acabó de perder la cabeza el hijo y tiró violentamente del revólver que llevaba al cinto. El padre cortó en seco su carcajada y sin que se le alterara la voz, sin moverse en el asiento, pero con una fiera expresión, dijo pausadamente:

–¡Tira! Pero no me peles, porque te clavo en la pared de un lanzazo.

Esto sucedió en la casa del hato, poco después de la comida, congregada la familia bajo la lámpara de la sala. Doña Asunción se precipitó a interponerse entre el marido y el hijo, y Santos, que a la sazón tendría unos catorce años, se quedó paralizado por la brutal impresión. Dominado por la terrible serenidad del padre, seguro de que llevaría a cabo su amenaza si disparaba y erraba el tiro, o arrepentido quizá de su violencia, Félix volvió el arma a su sitio y abandonó la sala.

Poco después ensillaba su caballo, dispuesto a abandonar también la casa paterna, y fue inútil cuanto suplicó y lloró doña Asunción. Entretanto, como si nada hubiera sucedido, don José se había calado las gafas y leía, estoicamente, las noticias que terminaban con la del desastre de Cavite.

Pero Félix no se limitó a abandonar el hogar, sino que fue a hacer causa común con los Barqueros contra los Luzardos, en aquella guerra a muerte cuya más encarnizada instigadora era su tía Panchita, y ante la cual las autoridades se hacían de la vista gorda, pues eran tiempos de cacicazgos, y Luzardos y Barqueros se compartían el del Arauca.

Ya habían caído en lances personales casi todos los hombres de una y otra familia, cuando una tarde de riña de gallos en el pueblo, como supiese Félix, bajo la acción del alcohol, que su padre estaba en la gallera, se fue allá, instigado por su primo Lorenzo Barquero, y se arrojó al ruedo, vociferando:

–Aquí traigo un gallito portorriqueño. ¡No es ni yanqui siquiera! A ver si hay por ahí algún pataruco español que quiera pegarse con él. Lo juego embotado y doy de al partir.

Había terminado ya con la victoria de los norteamericanos la desigual contienda, y decía aquello para provocar al padre. Don José saltó al ruedo blandiendo el chaparro para castigar la insolencia; pero Félix hizo armas, a él también se le fue la mano a la suya y poco después regresaba a su casa, abatido, sombrío, envejecido en instantes, y con esta noticia para su mujer:

–Acabo de matar a Félix. Ahí te lo traen".

Probablemente sería mejor no decir nada después. No obstante, es irrefrenable el empuje de lo vivido, de las ausencias y de las carencias. Y ante ese relato, con sus matices, con sus grises, con su reincidencia, hay que preguntarse: ¿Vamos a seguir repitiéndola por siempre? ¿Nunca vamos a aprender la lección del maestro Gallegos? ¿Nunca nos vamos a respetar? ¿Nunca nos vamos a hablar en serio?

Yo creo que ni siquiera Hugo Chávez hubiera pensado que las respuestas a esas preguntas debían ser producto del odio. No sé Maduro. No sé Cabello. Porque obras son amores.

Va de suyo que hablo de aquí y de ahora.

@Francisco_Paz_Y