• Caracas (Venezuela)

Francisco Paz

Al instante

Teodoro, aquí y ahora

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Por alguna razón que será determinada en su momento, quien es hoy un gran amigo me invitó a trabajar con uno de los más grandes venezolanos que he conocido y a quien, sin temor a una reprimenda, puedo llamar desde hace rato “mi pana Teodoro Petkoff”. Conviene señalar que no fue ni por azar ni por razones de clientelismo político. Teodoro no postuló a ninguno de los miembros del gabinete de Cordiplan, pero una que otra renuncia abrió el espacio para que quien hoy es otro gran amigo fuera llamado a acompañar esa gestión. Ese hoy gran amigo, entonces mi jefe, Reinaldo Díaz, me llamó a acompañarlos en lo fue una gran experiencia y además el origen de la amistad con Teodoro. Sí quisiera resaltar de esto que Teodoro no despidió a un solo funcionario del organismo que llegó a dirigir para satisfacer a clientela alguna.

Para las elecciones presidenciales de 1998, permanecíamos en Cordiplan. Conocido el resultado tuve la oportunidad de conversar con él, a solas, en el despacho del ministro. Le dije: “No queda otra. A los adecos nos van a freír las cabezas, así que me voy a la montaña”. Su respuesta fue tan tajante como desdeñosa: “Mira muchacho gafo, vete a terminar tu trabajo y déjate de hablar pendejadas”. Ojalá que no se acuerde. Ese es Teodoro, un individuo que en todo momento ha pertenecido al presente. Y aquel presente, hoy pasado, no ofrecía más que el desafío de enfrentar con mucho tesón el proceso de destrucción institucional que se iniciaría y continuaría hasta hoy. Entonces, Teodoro tenía razón. Pensar en eso era una pendejada.

Estas líneas  sobre Teo, que quizás estaban pendientes, las escribo con motivo del merecidísimo Premio Ortega y Gasset, pero más allá de eso también. Teodoro es el símbolo de la democracia venezolana desde mucho antes del otorgamiento del celebrado y agradecido premio que se contextualiza en la Venezuela de los últimos tres lustros. Teodoro es claramente ese símbolo desde que él mismo se sacudió la violencia y renunció a ella como medio de lucha, honrando al oficio de la política que ha ejercido y que espero siga ejerciendo varios años más. Así debe ser mientras subsistan las vías y los medios pacíficos, por exiguos que parezcan.

La interrogante propiciadora de soluciones que más le leí al “Catire”, mientras trabajé bajo su dirección, fue: ¿Qué vaina es esta? Venía manuscrita en forma bastante frecuente encabezando una que otra correspondencia derivada del despacho ministerial a la oficina en la que yo laboraba. Luego, la llegaría a ver como titular de El Mundo, ya dirigido por Petkoff, un par de veces (si no me falla la memoria, la primera dejó constancia del grosero aumento salarial decretado por el finado a los militares en 1999). Luego sería el testimonio de que el contenido de un dossier que le entregué, días antes de irme ese mismo año a cursar estudios en el exterior, había sido verificado y hecho del dominio público.

Recurro hoy a esta interrogante para tratar de encontrar respuesta al desconcierto de quienes quieren jugarse todo en Venezuela en apuestas distintas a las elecciones. Hoy la usaría yo, ejerciendo las virtudes aprendidas con dificultad, para responder a individuos a los que he respetado, con el propósito de detener cualquier iniciativa malhadada que pretenda dar al traste con el irrepetible momento que se avecina para la reconstrucción nacional. ¿Qué vaina es esa? Aquí no hay más nada que hacer que no sea salir a votar. Creo que a la lluvia torrencial puede seguir cualquier cosa. Luego veremos.

Por Teo pude identificar a varios tipos que levitan. Ni de vaina los nombro. Me parece más entretenido acusarme. Yo bebo. El Catire menea el trago y marea a la gente, pero ha visto más vainas que yo. Y por eso le he parado bolas a todas y cada una de las cosas que he tenido la fortuna de escucharle (y, gracias al altísimo, de haber aprendido a leerle). Son pocas, pero valiosas. Pero, vaya si lo sé, el Catire se especializa en decir vainas incomprensibles e inconvenientes. O, si prefieren: convenientemente incomprensibles o comprensiblemente inconvenientes.

Recuerdo claramente que fue en 1998, en una cena organizada por Reinaldo y Eliana, mientras nos servíamos la comida, dejó salir como un lamento. Una queja que de haber salido de mí, habría sido un: “…ñoelam…”. Me atreví a preguntarle la razón de esa queja deslizada aparentemente fuera de contexto. No me respondió a la primera y, luego de insistirle, me dijo con ese trueno que tiene por voz, que es como un rayo lanzado desde el Olimpo, algo que recuerdo como esto: “Chico, que en este país el único que tiene poder para cambiar las cosas es el presidente de la República”. Ese drama, grave ya en 1998, ha empeorado infinitamente de allá aquí.

Por eso entiendo perfectamente los reclamos airados que se expiden, frente a los conceptos que sobre lo que vivimos aquí y ahora expone Teodoro. Creo poder entender que no hay otra manera de expresarse sobre el estado de cosas que vivimos, si uno ha llegado a la evidente conclusión de que en este momento no hay otra vía que la electoral y que para ganar las elecciones es vital, por una parte, evitar la desmovilización para anular su nefasta consecuencia abstencionista y, por la otra, atraer al electorado que percibe una diferencia entre lo que gobierna hoy y lo que gobernó hasta 2012. No importa que la causa de esa diferencia sea el precio del barril de petróleo.

De allí que no extrañe que para muchos el Catire luzca chavista. No es difícil confundirse. Hasta para mí lo fue un rato, a pesar de que me dejó montar un pasquín sobre temas jurídicos en Tal Cual. Pues que quede claro: no hay nada más chavista que procurar, por cualquier medio, que la gente no se exprese libremente.

Hablar de, y tratar de homenajear a quien es una de los peores candidatos presidenciales (creo que solo superado por Luis Piñerúa Ordaz) en la historia de Venezuela no es cosa fácil. Lo bueno es que ese es, casi, su único lado negativo, por lo que prodigarle halagos a este prohombre que enorgullece el gentilicio sería para no parar de hablar. Sin embargo, siento que bastaría, para este ciudadano universal que se ha dedicado por entero a Venezuela, con agradecerle. Gracias, en efecto, Teodoro, por haber logrado la lucidez y el coraje de situarte aquí y ahora, especialmente en la dramática situación que vivimos.

Va de suyo que hablo de aquí y de ahora.