• Caracas (Venezuela)

Francisco Paz

Al instante

Ni a Pérez ni a Maduro

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Cuando los presidentes se iban, por allá en 1978, celebré a mis 8 añitos, en medio de cierta tristeza familiar, que a ese señor fastidiosísimo que se la pasaba hablando por televisión le quitaron el micrófono. Una combinación del tiempo y la Constitución, llegado el momento, le quitó el micrófono. Cuando se lo dieron otra vez (yo voté la primera vez para que se lo regresaran), era ya más parco y se lo dieron con una papa caliente. Esta vez no dejaron que funcionara la sabia combinación de tiempo y Constitución y unos individuos juzgaron en 1992, que interpretando el sentir popular, harían justicia al derrocarlo. Esa felonía, para entonces la peor tragedia ocurrida al país en medio siglo, no logró derrocar a Pérez, pero sí le hizo un daño terrible a la institucionalidad.

Hoy, Nicolás Maduro no goza de una mejor situación que la que le tocó enfrentar a Pérez en su segundo mandato. Las circunstancias que él llama guerra económica, derecha internacional, paramilitarismo, pero que es evidente que no son más que el desastre provocado por la política económica, el fracaso de la diplochequera y una docena de planes de seguridad improvisados y sospechosamente inocuos, lo tienen contra la pared. Lo puedo resumir más: es el legado del comandante lo que lo tiene contra la pared. Y además, para colmo, el individuo no tiene ni un ápice de la simpaticura que tenía Pérez. Pero ni así. Tal como es una aberración digna de las bestias apocalípticas que traicionaron su juramento, en la asonada contra Carlos Andrés Pérez en 1992, intentar hacer lo mismo contra el gobierno de Nicolás Maduro también lo sería. Venga de donde venga, aunque según Pepe Mujica lo que suena viene del mismo lado.

Ojo, si Maduro renuncia, me parecería la mejor solución para enrumbar el país por la senda de crecimiento y bienestar que la mayoría quiere. Se lo agradecería en el alma y hasta convencería aun a muchos venezolanos para que le paguemos un sueldo vitalicio, por si no encuentra nada que hacer. Seguro que alcanza hasta para una placita con un bronce pre mortem con una fuentecita en la que sus fanáticos podrán mangos con sus deseos. Se lo merecería por tan heroico  y constitucional acto. La renuncia, que está prevista en la Constitución como una posibilidad, tiene un pequeño problemita: es voluntaria. Y el hombre, está visto, no va a querer. Por si acaso, para curarme ante quienes quieran acusarme de haber saltado la talanquera u otras veleidades y, quién quita, se le pase la otitis al hombre y la pegue, digo: Maduro renuncia ya.

Así que ni a Pérez ni a Maduro. Con Maduro lo que hay que tratar de hacer (en eso ayudarían muchísimo la partida de ineptos que le rodean) es lograr que se ponga a trabajar. Es verdad que el eterno le tiró esa pesada carga encima de su legado, pero tampoco le puso una pistola en el pecho para que fuera presidente (perdón, pero no puedo evitar recordar la cara del otro ese día). Ya que quería ser presidente, que haga lo que todos sabemos que debe hacer. Y que él se hace el que no. Que aumente la gasolina, que libere el cambio, que deje de perseguir a los industriales y a los comerciantes, entre otras cositas. Y que asuma el costo político de ser presidente. No logro ver cuál es el problema de que sea Maduro quien haga lo que hay que hacer, siempre que lo haga con respeto a la Constitución, lo cual quiere decir, con respeto a la Asamblea Nacional que debe elegirse este año y que será expresión de la nueva composición política del país.

Por cierto, un debate actual en Venezuela, en el que han terciado cuarto bates de la política, es el que procura dilucidar si estamos o no en una dictadura. Felipe González, en esa corta, pero brillante, por lo discreta, visita que hizo a Venezuela por los presos políticos, dijo que en Venezuela no estamos en dictadura. Como lo dijo Petkoff, al ser entrevistado con motivo del premio que don Felipe, el tocayo del rey de España, le trajera esta semana que termina. Lo tajante de estos tipos (el segundo, porque el primero es un tío) debería llamar a la reflexión, antes de abalanzarnos sobre ellos a tratar de crucificarlos por osar decir que esto no es una dictadura. Y lo que surge de entrada, ante la reflexión, es si no es precisamente eso lo que están buscando. Que se les catalogue como gobierno dictatorial, para poder actuar como tal, sin el lastre de las instituciones democráticas –menguadas, maltrechas y todo lo que quieran– por cuya virtud y existencia se le mantiene bajo la lupa a este gobierno por todos los costados.

Por supuesto que la pregunta está allí: ¿Qué es lo que falta entonces para que estemos en dictadura? Pareciera que la respuesta debe obedecer a la dinámica que se vive en cada lugar y momento que sea objeto de observación. Los actos de fuerza, que en nuestra historia sobran, parecen haber marcado la pauta, por lo que en ese tipo de procesos se facilita la distinción. Los golpes ponen el distintivo de una vez, quedando marcado como dictadura, casi todo gobierno producto de un golpe, como es el caso de los dictadores Pérez Jiménez, Fidel Castro y Augusto Pinochet. Y digo casi, porque tiene aplicación la máxima del ladrón que roba a su colega, con la consecuente absolución secular, para por analogía excluir del catálogo de dictadura a aquel gobierno producto de un golpe de Estado, contra otro que es a su vez producto de otro golpe que, a su vez, derrocó a un gobierno constitucional. Por lo que en este capítulo de la teoría política, pareciera que el ritmo lo marca el golpe, el zarpazo.

El asunto se complica cuando esos actos de fuerza no son acompañados de bayonetas, o de algún otro signo visible que les haga perceptible a las grandes mayorías que se está pateando en forma deliberada la institucionalidad. Y se complica aún más cuando se trata de un gobierno que ha sido investido de autoridad por quienes constitucionalmente tienen la potestad para ello y se empeña, para sobrevivir, en cercenar las libertades públicas, intensificando ese cercenamiento en la medida en que la finitud del poder le atormenta y le acosa. Leo a mucha gente que, de una vez y sin considerar el flaco favor que se hacen a sí mismos, le acomoda en la definición y juzga a esta cosa como una “dictadura”. Por mi parte creo que le falta algo. Quizás es cocción, pero podría ser un ingrediente. O un condimento, una pizca de sal. Los teóricos de la política quizás lo tengan claro, pero yo sé que en esta dinámica que se ha presentado la situación Venezuela, algo le falta a esta cosa para que se le pueda llamar dictadura. Ese algo se parece mucho a la reticencia del CNE, en cuanto a convocar a las elecciones de este año.

Es posible que no se pueda construir esa teoría general que presente unos índices que más o menos marquen la conversión de democracia en dictadura en un tránsito sin conflicto armado y ocurrido en forma gradual. Es posible que los politólogos lo sepan. Yo apenas soy abogado. De lo que sí estoy convencido es de que en el momento que vive Venezuela, aun para quienes consideramos que esta cosa que sufrimos todavía no es una “dictadura”, cualquier cosa que pase distinta a que el país amanezca el 5 de enero de 2016 sin una Asamblea Nacional, que sea fiel reflejo de la nueva composición política del país, como lo manda la Constitución, significará que estaremos en una franca e indudable dictadura. Y en dictadura no quiero a Maduro. Ni a Pérez.

Va de suyo que hablo de aquí y de ahora.

 

@Francisco_Paz_Y