• Caracas (Venezuela)

Francisco Paz

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Memoria y cuenta de la antipolítica (1978-2014)

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Inconscientes o advertidos, inocentes o culpables, vivos o tontos útiles, muchos se prestaron para empujar la demoledora máquina de la antipolítica. Esa máquina comenzó por cultivar las exageraciones y luego tomó el camino irresponsable de la denuncia indiscriminada que con cierta laxitud podía amparar un robusto y presumido Estado social y democrático de derecho. No olvidó silenciar los beneficios aportados a la sociedad por el más largo y provechoso período de paz republicana y de progreso que haya conocido Venezuela. Se me ocurre que los logros de la antipolítica, agrupados en hitos históricos o en etapas, podrían ayudarnos a interpretar mejor qué nos pasó, qué ocurre hoy y cuál es el rumbo que debemos tomar. Eso, a manera de memoria y cuenta.

El final del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez Rodríguez marca un hito en el que la antipolítica hace presencia, desde dentro de los partidos políticos, auspiciada por un poder mediático al que su coto natural ya le parecía pequeño e incómodo. Querían más. No es casual que para el emblema casual que rememoramos, el poder de decisión lo tuviera, en el Senado de la República, un sedicente periodista. De ahí al Pérez hombre más rico del mundo, la cosa fue coser y cantar.

Vino luego una etapa de despersonalización que abrió paso a un ataque despiadado contra los partidos políticos que eran soporte básico de la institucionalidad: Acción Democrática y Copei. Lo más grave de todo es que muchos otros partidos, varios veleidosos, en afán de tomar mayor protagonismo, participaron activamente en el peor atentado sistemático que se ha urdido contra los cimientos institucionales, sirviéndoles de tontos útiles a quienes, desde las cúspides de los poderes económico y mediático, servían la cama para intentar una toma del poder sin ensuciarse en la arena política. Bien decía Rodó que los partidos políticos fallecen solo de suicidio.

Herrera y Lusinchi cometieron muchísimos errores, pero no hubo uno solo que no exageraran y publicitaran con saña desde la antipolítica, silenciando los aciertos, hasta llegar a extremos que habrían enorgullecido a Goebbels. Todo lo imaginable, hasta dar al traste con la valoración positiva de la gente por los partidos, como vehículos esenciales en la participación organizada de las masas en la dinámica sociopolítica del país. Aún recuerdo cómo Por estas calles contagió a la gente el virus de la antipolítica que les había sido inoculado a sus creadores, sin que el régimen de libertades que habíamos alcanzado generase un anticuerpo que defendiese la esencia de la democracia desde el terreno de la libertad. Yo la vi completa y sé de lo que hablo. Allí aprendí a no ver más televisión venezolana.

Así se fertilizó el lote en el que vivimos para lo que vino después. Pérez quiso rectificar en lo económico, pero las rectificaciones hechas al borde del abismo tocaban intereses de quienes estaban convencidos de ser los amos intocables de la antipolítica. Y la emprendieron contra la rectificación. Subieron a la cresta de la ola, navegaron su cuarto de hora y naufragaron en las aguas de la miopía de todos los que viven intensamente al país como el “…mientras tanto y por si acaso…” que brillantemente diagnosticó el maestro Cabrujas. Ese fue el segundo gran logro de la antipolítica: cancelarnos el chance de una rectificación de todos y por todos. Unos pocos no quisieron.

Tercer logro: la vuelta por sus fueros del peor fantasma político de la historia de Venezuela. La reelección, ahora indefinida. Los Monagas “reloaded”, pero recargados de militarismo y montados en la nube mesiánica. Porque lo peor de todo es que desde la otra acera comienzan a aparecer impacientes aspirantes a predestinados que no desdeñan ninguna vía, incluyendo la destrucción del país en sus delirios inmediatistas, así tengan que firmar un pacto, así sea hasta con el diablo dado. Valga la enjabonada, porque lo peor de todo es que hay mesías para todos los gustos. Es la cosecha de la antipolítica y el augurio negro del sepulcro institucional. Le respondía sobre este mismo tema Cabrujas a una decena de enceguecidos que se tornaron felones, presos en Yare en 1992, lo siguiente: “Es la mía, como la de casi todos los hombre de mi generación, una historia de salvadores, de individualidades que asumieron la falsa tarea de explicarnos la vida. Lenin. Stalin. Mao. Fidel. El tiempo excluyó esa torpeza, mala raíz del siglo XIX. Excluyó otra: la de dividirnos en derecha e izquierda, probablemente la más estúpida responsabilidad del ojo”.

¿Qué maldición habrá impedido que la clase dirigente leyera –o escuchara, porque se cansó de decirlo también– a José Ignacio? A quienes en ese momento el Estado les levantaba cargos de traidores, Cabrujas tuvo la valentía de responderles su carta, diciéndoles además: “Mencionan ustedes el nombre de Simón Bolívar, tal vez el más contradictorio de los americanos del siglo XIX, aquel que afirmaba y negaba, que sostenía y rechazaba lo sostenido. Eso y no otra cosa es un intelectual: un hombre que se desdice; en modo alguno un hombre que afirma. Más allá del panteón que alberga sus probables huesos, prefiero imaginar al hombre que esta sociedad eligió a manera de símbolo de sí misma, como una vida que tuvo la audacia de no completarse, de no arribar a ninguna conclusión. No necesita este país conclusiones. Por el contrario, es la hora de los planteamientos, de la inteligencia crítica que deja de un lado prejuicios”. Ese es Bolívar… según Cabrujas.

Aunque el tercer logro de la antipolítica en Venezuela es el odio social que creíamos enterrado en Coche, creo que más allá del luto hamponil diario y la represión ignorante y mercenaria con la que el gobierno trata infructuosamente de acallar el reclamo social, aún podemos erigirnos sobre nuestro amor propio y caminar por un mejor presente construyendo un camino bien asfaltado hacia el futuro. Ese camino lleva a alejarnos de la antipolítica, acercándonos a la política.

Y para ir hasta la política, el arte de lo posible, yo creo que hay que fortalecer los partidos políticos. A todos. Creo que hay que llegar hasta el extremo de darle una mano a aquel, que está empeñado en suicidarse. Hay que crear nuevos partidos y revitalizar los que sobrevivieron los embates de la antipolítica, para que reconquisten el entusiasmo de las nuevas generaciones. Que sean espacio de discusión, de participación, de democracia. Que generen una permanente oferta de alternativas a quienes compartimos este pedazo de tierra. A quienes no queremos naufragar y creemos que Venezuela y su gente somos mucho más que “…un mientras tanto y por si acaso.” Porsia.

No puedo dejar de citar a Mirtha Rivero, en la página más densa de su obra La rebelión de los náufragos: “¿De qué se quejan?” (última página, cualquiera de las ediciones).

Va de suyo que hablo de aquí y de ahora.

@Francisco_Paz_Y