• Caracas (Venezuela)

Francisco Paz

Al instante

Maduro no puede renunciar

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Una de las frases más curiosas para los filólogos venezolanos, es la que recoge el discurso –aparentemente leído– del general en jefe Lucas Rincón, la madrugada del 12 de abril de 2002. Entre otras incoherencias, dijo: “Se le solicitó al señor presidente la renuncia de su cargo, la cual aceptó”. Quizás nunca sepamos que pasó en la cabeza de ese general, quien luego de semejante anuncio, nunca fue inculpado y mucho menos responsabilizado por una renuncia que no ocurrió. Lo curioso es que la renuncia no la acepta quien lo hace, sino quien la recibe y lo afirmado por el general hace parecer lo contrario. En aquel caso ha debido ser la Asamblea Nacional quien debía aceptarla, pero es muy probable que quien escribió el discurso que leyó Rincón, posiblemente él mismo, haya incluido una tilde indebida y en realidad la línea ha debido leerse como “…la cual acepto”, creyéndose apoderado con la facultad de aceptar la renuncia del presidente de la República. En cualquier caso, lo de la renuncia para esas alturas era ocioso, porque ya no había presidente. No podía renunciar quien había sido derrocado por el “…alto mando militar suyo de él”.

Con certeza la renuncia es una vía constitucional para resolver crisis de la naturaleza que tenían aquellos sucesos y se expresa de diversas maneras. No es muy claro que ocurra siempre de manera voluntaria, como se supone, porque siempre hay fuerzas que entran en contención con la voluntad de quien debe decidir si se va o se queda, en un sentido o en otro.

José María Vargas, sabio ciudadano que enaltece nuestro gentilicio, sí renunció, porque luego de haber sido restituido en el cargo, tenía a qué renunciar. Ha podido seguir en funciones, pero tuvo el coraje de apartarse para que los acontecimientos se desarrollaran según el empuje de los motores de la historia.  

Otro orgullo civil de nuestra tierra, don Rómulo Gallegos, fue depuesto. No obstante, cuando se examinan las causas de ese suceso y encontramos que no se dejó imponer las condiciones de las charreteras para continuar como presidente (lo cual hubiera podido hacer cómodamente, si lo pusiéramos en el mismo plano de quienes hoy gobiernan), habría que concluir que se verificó una especie de renuncia, no escrita, por esas presiones. Gallegos no se caló las imposiciones de los militares y les dijo que hicieran lo que se les viniera en ganas.

Hoy Miraflores está ocupado por un individuo que, desde que mora en esa edificación, no gobierna. Ha anunciado docenas de planes económicos y de seguridad, sin que alguno de ellos haya podido doblegar la terrible situación que vivimos y que amenaza con desintegrar la República. Hoy tenemos aduanas internas en Venezuela, sin que eso sirva de nada para acabar con el feroz desabastecimiento que afecta todos los rubros necesarios para sobrevivir. Y Maduro no gobierna, solo anuncia. Maduro no está ejerciendo la presidencia de la República.

No hay duda de que la ocupación de Miraflores por parte de Maduro es un obstáculo inmenso y principal para que el país pueda recobrar el rumbo hacia la tranquilidad, la seguridad y el progreso que merecemos como sociedad. No obstante, quienes piensan en su renuncia como una posibilidad deben entender que un acto de esa calidad se corresponde con quienes alcanzan un grado de libertad sublime, que está vedado a las almas minusválidas que se dejan embriagar por intereses subalternos. Ese es otro impedimento para que, aun estando en control, Maduro pudiera renunciar.

Porque, en realidad, Maduro no puede renunciar, como no puede renunciar quien no ejerce las funciones del cargo que ostenta. Maduro nunca ha querido ejercer las funciones de presidente. No tiene a qué renunciar. Una renuncia de Maduro sonaría como la primera estrofa de “La renuncia”, de ese cumanés inmenso que fue Andrés Eloy Blanco: He renunciado a ti. No era posible/ Fueron vapores de la fantasía;/ son ficciones que a veces dan a lo inaccesible/ una proximidad de lejanía.

Renuncia quien puede, no quien quiere. Y, por cierto, para renunciar es necesario tener dignidad. No obstante, que quede claro: si por una casualidad que parece estar negada, Maduro pidiera ser oído por la Asamblea Nacional para participar su renuncia, espero que no se pongan con nada de esto que está escrito y le respondan: “Siga señor, por favor”.

Va de suyo que hablo de aquí y de ahora.