• Caracas (Venezuela)

Francisco Layrisse

Al instante

Que tristeza

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Escribir artículos de opinión implica en alguna medida una intención pedagógica, no es simplemente expresar una opinión y dejar constancia de ello. Supongo algunos autores de los frecuentes artículos de opinión, recogidos por la prensa escrita o por los cada día más importantes, los llamados medios sociales que comparten las redes de Internet en el mundo, lo hacen, intentando influir en la formación de quienes los leen y siguen.

La interacción entre articulista y lectores es compleja, difícil de medir. El feedback es lento y muchas veces escaso. El articulista llena cierta vanidad en expresar y compartir sus ideas con otros, quienes, en general, no le han solicitado que lo haga. El articulista se enfrenta a la vaguedad de la lectoría, continuar escribiendo necesita de la vocación para hacerlo, la cual inexorablemente se va agotando. El articulista no tiene capacidad para recargar esa vocación de continuar siéndolo, necesita la recarga de la alimentación que le da el lector o cuando menos la que le atribuya a sus lectores reales o imaginarios.

La situación tan compleja que vivimos los venezolanos ha venido terminando con la diversidad de temas, usuales y comunes en otros países. El incontenible deseo de conocer que viene en el futuro inmediato agota y acaba la diversidad que uno observa en otras sociedades. Para el venezolano lo inmediato se ha convertido en su razón de ser, no hay espacio ni tiempo para lo mediato, para algo distinto de terminar el día y tratar de asegurar el día siguiente. La satisfacción de las necesidades más primarias elimina la consideración de cualquier otra cosa. Las familias se concentran en conseguir las medicinas indispensables para la sobrevivencia de sus seres queridos. Los padres en los alimentos mínimos para sus hijos. La angustia de las familias, de los padres y madres quienes no pueden proveer un futuro mejor para sus hijos. Las conversaciones familiares empiezan por compartir los medios de solventar carencias, compartir informaciones sobre donde hay medicinas, alimentos, seguridad, trabajo. No hay tiempo para compartir ocio, diversiones. Los artículos de opinión, las redes sociales solo comentan sobre esos temas. Solo y muy excepcionalmente haya espacio y tiempo para hablar de algo distinto.

Durante el pasado siglo cada generación de venezolanos fue capaz de entregarle un mejor país, un mejor futuro a la siguiente generación. El país que recibimos de nuestros padres fue mejor que el que ellos recibieron de los suyos. El país que entregamos a nuestros hijos no es mejor que el que nosotros recibimos, por el contrario es bastante peor que el que recibimos. Cargarle esa situación al modelo chavista desconociendo nuestra cuota de responsabilidad es profundamente injusto con nuestros hijos y con la historia.

El actual gobierno ha desplegado un inmenso espejo donde los venezolanos nos vemos reflejados, allí vemos con igual nitidez a hombres que han llenado de orgullo nuestro gentilicio pero vemos abrumadoramente una multitud que opaca cada vez más a los anteriores y hace del venezolano de los peores modelos a seguir por otros pueblos. Que desprecio han de sentir los académicos y economistas españoles con los venezolanos que han permitido a la fundación del partido español Podemos y personajes asociados a ellos convertir a nuestro país en un laboratorio de ensayos de políticas económicas de la izquierda española. Que desprecio han de sentir los militares cubanos con sus iguales venezolanos a quienes han ninguneados como les ha venido en gana.

Sin lugar a dudas hay venezolanos distintos pero el gran espejo chavista a los ojos del mundo refleja una imagen de los venezolanos y de Venezuela que los menos que produce es vergüenza, que tristeza.