• Caracas (Venezuela)

Francisco Layrisse

Al instante

No somos tan diferentes

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La profunda distorsión que ha traído el proyecto chavista en Venezuela nos ha hecho pensar, a una buena parte de los venezolanos, entre otras cosas, que somos diferentes al resto del mundo. La mayor de las veces nos identificarnos con el lado más negativo del ser humano, la desesperanza en un futuro mejor nos hace dudar de nuestra propia capacidad para resolver los impresionantes escollos y retos que representa el futuro inmediato, nos olvidamos de nuestro pasado pero el mismo sigue siendo nuestro y sigue estando allí.

Fuimos un país entregado por la Corona española en parte de pago para honrar las deudas de esta con los banqueros alemanes. Nunca alcanzamos el rango como país para pasar de ser más allá de una capitanía general comparado con los virreinatos de Nueva España, Nueva Granada, Perú y Río de la Plata. Nos equiparábamos con las capitanías generales de Guatemala y Chile. No poseíamos una cultura precolombina siquiera importante de preservar al compararla con las culturas mayas, aztecas, incas, chibchas. No dimos lugar a museos arqueológicos, ni a preservar edificaciones, objetos, etc. Les facilitamos la vida a nuestros historiadores, pues había poco qué estudiar e investigar y, en consecuencia, poco qué enseñar. Los venezolanos no tenemos necesidad de aprender casi nada de historia precolombina al compararnos con nuestros hermanos peruanos o mexicanos.

Sin embargo, esa pequeña capitanía generó el mayor ejército libertador de la América e imprimió un sello determinante en toda la región andina. Terminada la guerra de Independencia, las montoneras, las interminables guerras caudillistas se encargaron de colocar nuevamente nuestro país en rezago frente a sus pares hispanoamericanos. Es solo adentrado el siglo XX cuando este hace presencia en Venezuela y nuevamente la inevitable comparación con los demás países se hace presente. El esplendor de Buenos Aires, Lima y otras capitales de la región contrastaban con la provinciana Caracas y sus techos rojos. Nuevamente el gentilicio venezolano, coadyuvado con fuertes migraciones y el petróleo llevan a Venezuela a posiciones estelares en el mundo recuperando el rezago y liderando en buena parte el desarrollo regional.

Algunos creen nos ha caído una maldición que lleva nuestro país hacia atrás, no al siglo XX más bien al siglo XIX. Pero los paralelismos históricos están allí, la culta y civilizada Alemania, el país de los más famosos músicos, filósofos, el líder mundial de la ciencia y tecnología de su época también engendró un Hitler, produjo el mayor holocausto de la historia, avergonzó a su propio pueblo.

La oposición venezolana, hoy día ampliamente mayoritaria, se desgasta en una guerra intestina, fortaleciendo a un gobierno que por sus propios medios no logra hacerlo y el cual necesita desesperadamente de la división de sus opositores. Qué paralelismo con lo que ocurre con el Partido Demócrata norteamericano el cual inició una campaña con amplia ventaja frente a su opositor republicano y producto de las divisiones internas, de los feroces ataques entre ellos, han producido ya una disparidad del resultado final en la elección nacional. Prácticamente todas las encuestadoras que daban ganadores a los demócratas, ya no lo hacen.

De igual manera un candidato populista empeñado en regresar al siglo XIX arrastra a los republicanos por una senda mayoritariamente involuntaria. Un movimiento lleno de futuro, como lo fue el chavismo, es arrastrado en contra de su voluntad al fracaso por un líder populista, anacrónico incapaz de un diálogo sincero y oportuno.

Qué pensar de la madre patria que frente al desastre venezolano sea capaz de apoyar significativamente a un grupo populista, maestro y alumno al mismo tiempo del modelo económico que ha sumido a Venezuela en la mayor crisis en su historia.

No somos los venezolanos tan diferentes de los españoles, de los norteamericanos, de los brasileños. Los ejercicios de subestimación, de autoflagelación son innecesarios. Estoy convencido de tenemos las fuerzas y capacidades propias para resolver una vez más los inconvenientes del presente y del futuro. Lo único que no podemos cambiar es el pasado, pero el futuro será lo que decidamos que sea.