• Caracas (Venezuela)

Francisco Layrisse

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Desde hace algún tiempo circulan por diversos medios los estudios y programas que distintos grupos de trabajo han formulado y continúan formulando sobre qué hacer para colocar a Venezuela en una ruta de progreso tanto para el país como para sus habitantes. La inmensa mayoría de cuantos estudios, proyectos o programas se han formulado coinciden en la imposibilidad de salir adelante sin un importante apoyo desde el exterior. Hay quienes cándidamente piensan que el simple retorno de los dineros mal habidos, de los dineros de los venezolanos en el exterior, sería más que suficiente para retomar una senda de crecimiento y prosperidad. Quienes así lo piensan subestiman la magnitud del daño a los sectores productivos nacionales, bien sean los mismos estatales o privados, sean de inversionistas locales o foráneos. Pues no, el daño es profundo y extenso en todo el aparato productivo venezolano.

Es imprescindible recabar la opinión y la visión sobre Venezuela que tienen las instituciones extranjeras, los inversionistas institucionales y personales, las empresas que invirtieron o pensaron en invertir en Venezuela. Mientras más lejos y más fríamente se ve nuestro país, se hace más difícil diferenciar entre los venezolanos. Desde lejos el desprestigio o prestigio no es de un grupo A o un grupo B, es del país como un todo.

Ante cualquier organismo o institución financiera internacional es imprescindible alcanzar una imagen de un país estable, serio, confiable, ajustado a derecho, donde la inmensa mayoría, la real mayoría, las fuerzas económicas y sociales comulgan con los valores antes señalados.

Nuestro país necesita de un auxilio financiero de no menos de veinte mil millones de dólares en préstamos de bajo interés, con años de gracia y largo plazo para su pago. Esto simplemente para ordenar la economía, para cubrir el profundo rezago social, para dar tiempo del reordenamiento jurídico institucional, para reequipar el Estado en el cumplimiento de las funciones mínimas que debe prestar a sus ciudadanos.

Nuestro país necesita, con extrema urgencia, reanimar su sector energético y dar cabida a distintos mecanismos de la inversión privada, despojándose de falsos nacionalismos.

Necesita eliminar la expropiación pública como acto administrativo del gobierno de turno y convertirla en un acto legislativo de mayoría calificada, que restablezca la confianza a personas, organismos, instituciones y empresas extranjeras, reinsertando a Venezuela en el mercado internacional y haciéndola competitiva frente a las opciones existentes.

Necesita estimular la inversión de propios y ajenos con deseos de crecer junto con el país. Que sus éxitos sean igualmente los del país y viceversa.

Esas condiciones no pueden ser alcanzadas por un sector del país, necesitan del respaldo de la oposición y del oficialismo, necesitan deslastrarse de los radicales de ambos lados y ofrecer ante el mundo una inmensa mayoría que restablezca la confianza. El simple cambio del actual gobierno no produce ese escenario generador de confianza, necesita del respaldo real y efectivo de las fuerzas armadas venezolanas, de sectores progresistas dentro del oficialismo.

No habrá inversión extranjera en Venezuela con el actual gobierno y así parecieran reconocerlo todos, pero ante un cambio del mismo el escenario que se producirá en el exterior en cuanto a Venezuela se refiere será el de esperar y ver qué pasa. La generación de una imagen de estabilidad, de seriedad, de Estado de Derecho será fundamental en la percepción que tendrán los agentes económicos y sociales con respecto al país.

Este bochinche tiene que terminar de una vez por todas, nos entendemos o nos matamos entre nosotros. Nadie nos sacará de esta situación, salvo nosotros mismos.