• Caracas (Venezuela)

Francisco Layrisse

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Aliados imaginarios

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En estos años de gobierno chavista, nuestro país ha venido perdiendo su difícil neutralidad ante las dificultades de varios de los países miembros de la OPEP y en particular de aquellos en el golfo pérsico. Los distintos gobiernos venezolanos, desde la creación de la OPEP, fueron discretos ante los problemas entre árabes y persas, entre sunitas y chiitas. Igualmente lo fueron ante las diferencias entre árabes y judíos, entre israelitas y palestinos. Por otra parte, la importantísima producción de crudo venezolano y su fuerte presencia en el mercado de exportación aunado a una poderosa red externa de refinerías hacía necesario oír y respetar la voz de Venezuela en todos los foros petroleros mundiales.

El acercamiento chavista a Irak dificultaba las relaciones con su poderoso vecino Irán  e igualmente con Kuwait. De igual manera molestar a Kuwait implicaba molestar a los sauditas. Posteriormente el estrechamiento de relaciones con Irán significó el alejamiento de los sauditas. El caso ruso guarda especial lugar, pues en ese afán antinorteamericano, nos acercamos más y más a los rusos, siendo estos los más frontales competidores de los productores de petróleo del golfo pérsico. Los rusos compiten duramente con la OPEP en el suministro de petróleo y gas a las grandes economías asiáticas, léase India, China y Japón.

Ha sido correcta la decisión del gobierno venezolano en su propósito de desarrollar mercados para los crudos venezolanos en el Asia, incorporándose a la lucha por los mercados más importantes del mundo en el futuro cercano, para lo cual realizó sacrificios en los precios de sus crudos.

Todo eso fue posible gracias al ciclo histórico de precios del crudo más alto y largo en la historia que le permitió al gobierno venezolano toda clase de dislates, al disponer de los ingresos fiscales más altos en la historia venezolana y por más tiempo. Las grandes ganancias de los países y de las empresas petroleras estimularon significativamente la investigación y búsqueda de nuevas tecnologías que permitieron incorporar rentablemente explotaciones de líquidos y gas que los bajos precios del crudo hacían inviables económicamente hablando. La explotación del crudo y gas en lutitas en Estados Unidos, de las arenas bituminosas canadienses, de los incrementos de producción de hidrocarburos líquidos y gaseosos en Argentina, Brasil y Colombia. Todo esto convirtió el continente americano en un continente autosuficiente energéticamente hablando y eliminaron prácticamente la dependencia de crudos y gases del convulsionado Medio Oriente.

Inexorablemente, como ha ocurrido tantas veces en el pasado, el ciclo de precios altos terminó y Venezuela se encontró que había consumido sus ahorros, enajenado sus amigos y aliados, deteriorada su industria petrolera, severamente comprometido su aparato agrícola e industrial tras largos años de desinversión, necesitada de una fuerte cartelización de los países productores de petróleo que permitiese una recuperación de los precios de los crudos pero sin influencia y con menos amigos. Rusos e iraníes respiran aliviados, al menos por ahora, ante la virtual desaparición de la Venezuela petrolera, víctima de una profunda desinversión y sin capacidad alguna de atraer los capitales necesarios para levantar la declinante  producción petrolera venezolana.

Nuestros aliados iraníes y rusos nos miran con lástima, pero sin lugar a dudas no están dispuestos a sacrificar siquiera un barril de su producción en aras de ayudar a quien en el pasado fue su mejor aliado. De igual manera quienes coyunturalmente nos acompañaron en el pasado, sauditas, ecuatorianos, brasileños tampoco sacrificarán beneficio alguno en aras de la solidaridad pasada. A todos les tranquiliza que el país mejor dotado en el mundo para ser productor de petróleo no figura en el escenario de los grandes inversionistas petroleros. Se autoeliminó el mejor competidor.