• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Francisco Javier Pérez

La vía fácil, una vez más

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La primera consideración orienta la reflexión hacia la comprensión de lo que significa la investigación lingüística y literaria. Con poca o ninguna claridad se reúnen en un mismo conjunto los tratados estructurados y orgánicos, los avances de investigación, los recuentos historiográficos, los ensayos eruditos, las aproximaciones teóricas, las comunicaciones científicas, las propuestas metodológicas, las críticas profesionales, los discursos académicos, las presentaciones de libros, las reseñas críticas, las notas periodísticas, los tips bibliográficos y un inmenso etcétera de géneros y posibilidades de abordaje. Todo este revoltillo de intereses hace pendular el pensar la lingüística y la literatura desde el rigor y la seriedad de la investigación formal y sistemática hasta la promoción del fenómeno literario en su faz comercial, tópico del que se apodera la industria cultural y que crea notorios desajustes en la comprensión general de lo que el estudio de estas materias debe significar. 

En este panorama llega, como para aportar mayores cuotas de oscurecimiento, la relación siempre tormentosa entre la investigación literaria y la investigación lingüística que asienta más un divorcio que un deslinde, como por mucho tiempo se creyó, y que postula fisuras en toda la actividad investigativa sobre el lenguaje. Los esfuerzos de estudiosos como Jakobson, Todorov y Genette, entre tantos más, poco han logrado para revertir estas separaciones disciplinarias y, al contrario, los programas universitarios (y las instituciones) siguen ofreciendo explicaciones parceladas entre una y otra. Aún sigue siendo un sueño no alcanzado la materialización de las ciencias del lenguaje como un todo que se despliegue con sentido común y que transite con inteligencia entre las modalidades incalculables que tienen los lenguajes para hacerse referenciales o estéticos en un momento dado. Volvamos, una vez más, a recordar las palabras con las que Jakobson pone fin a su miliar ensayo “Lingüística y poética”, del año 1965: “Cualquier investigador de la lingüística que preste oídos sordos al fenómeno literario y cualquier estudioso de la literatura que se desentienda de los métodos de la ciencia de la lengua son hoy anacronismos flagrantes”.

Más grave aún que el señalamiento anterior, de por sí tan nefasto, ha sido la incomprensión sobre lo que en realidad significa la investigación lingüística y literaria que se vive y potencia en las escuelas de letras, en los departamentos de castellano y en los posgrados en Lingüística y Literatura. Por una parte, la idea de que el abordaje diletante e impresionista ya es suficiente para signar como investigación lo que se hace (ni siquiera se exige una formación especializada de base, sino que cualquier título de pregrado vale para estudiar los posgrados en estas disciplinas); por otra, el peregrino criterio de que cumplir con las fachadas de presentación de lo dicho ya hace que lo dicho se entienda como investigación (una inadmisible incomprensión de que una cosa es cumplir con las metodologías formales, eso que se ha mal llamado como “carpintería” de la investigación, y otra las metodologías rigurosas que desembocan en logros conceptuales, verdadera “ebanistería” en el duro oficio de investigar la lengua común y la lengua estética, como hubiera formulado Mariano Picón-Salas). De este mal estultamente formalismo adolecen en porcentajes muy altos las memorias de grado y las tesis de posgrados en la mayoría de nuestras alternativas de estudio formal de la lengua y la literatura. Sin embargo, todo lo anterior no es nada, si lo comparamos con la propagación de una lectura equivocada de lo que la teoría literaria viene a significar como apoyo a la investigación. Trastocada en sus objetivos y convertida en panacea universal, la teoría deja de ser la disciplina rectora de la filosofía literaria para hacerse razón última y mampara inexplicable de investigaciones que no lo son tal y de sabidurías falsarias e impostadas sobre la literatura. Herencia paupérrima del “Análisis estructural”, tropicalizado en soluciones de plantilla y corsé, fue de pronto sustituida por otros dioses de pies de barro como son los “Estudios culturales” cuando se los “aplica” a rajatabla como una moda y sin ninguna razón que les dé sustento. Como si depositaran un “exvoto”, sobre todo por lo que el prefijo ex significa de alarde y petulancia en la socialización de la cultura de la investigación literaria, se invocan deidades todopoderosas o sacerdotes omnisapientes que poco o nada aportan a la investigación o estudio que se pretende. Las víctimas han sido los propios teóricos que, impotentes ante estas admiraciones que la psiquiatría podría explicar mucho mejor, son señalados para sustentar investigaciones sobre política, sociedad, filosofía, religión, ideología, historia, etnografía, sexualidad, economía, delincuencia, estética, urbanismo, medios, diseño, fotografía, tendencias, hogar, culinaria y, finalmente, discurso y, en el mejor de los casos, la literatura misma que se hace simple excusa para todos los abordajes que se quieran y documento mal-tratado de realidades que están o no en él o que formaron o no  parte de su destino como literatura. El traslado de intereses estuvo referido desde el texto como placer y la erótica de la literatura al placer de hacer del texto lo que se quisiera y de la literatura asunto de pornografía y prostitución.

Los altos y los bajos permiten una muy preliminar conclusión y algunas recomendaciones, producto de la experiencia y no de la petulancia. No otra que la necesidad de arribar a una playa en donde sea posible el desembarco. Una pequeña porción de tierra firme que hará posible discernir entre lo que es y lo que no es en materia de investigación lingüística y literaria y su cultura como tal (nada será nunca más provechoso que la identificación de la farsa y que el catastro de los farsantes). Esta seguridad nos reafirma en los métodos y nos señala algunos derroteros. Las recomendaciones serían que lo bien hecho nos pone a la vista lo que falta por hacer y las deudas que aún tenemos tanto con el pasado remoto como con el inmediato presente, encarada la tarea como investigación seria y no como afición o divertimento. El empeño estará en vencer el facilismo de la investigación y en rescatar el rigor y la disciplina que tuvieron los abordajes tradicionales en estas áreas, cuando ni siquiera en ellas se hablaba de investigación, pero se la ejercía y cumplía a cabalidad. Hay que volver, sin pretender retrocesos, a las viejas formas de hacer investigación lingüística y literaria, cuando éstas lo eran de verdad en el pasado. La vieja filología, tan fustigada por la comodidad de esta nueva investigación (pagada por las últimas horas literarias), fue muy rica en opciones y derivó en notables modos de entender el estudio. De ella, si bien algunos de sus métodos ya no están en circulación, podemos tomar la consigna apasionada de comprensión de la materia.

En suma, la propuesta sería que la investigación en ciencias del lenguaje preserve el rigor que viene de la tradición y que se renueve con investigaciones comprometidas con la seriedad científica y con la solidez de estudio. La máxima a tener en cuenta no puede ser otra que aquella que le sirvió a Derrida cuando buscaba evaluar a Barthes: “El rigor no es rígido”. Este rigor sin rigidez es poderosamente necesario; tanto como deplorable la rigidez sin rigor, que tanto abunda. Cualquier atajo será una ilusión; cualquier vía fácil, un engaño.