• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

El largo vaivén del olvido en Luis Fernando Álvarez

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Encontrado en el archivo personal del poeta, se edita el libro Oscuridad de no tenerte (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2015), que firma Luis Fernando Álvarez, uno de los nombres mayores del mítico grupo Viernes. El hallazgo ha sido obra de Pausides González, profesor e investigador del Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad Simón Bolívar. Venerando la poesía del prodigioso autor, el estudioso ha completado la antología que dejara el poeta lista con una dorada selección de su mejor hacer lírico. La compilación, además de respetar la estructura e intención acordada por el artífice, se redondea con un conjunto de piezas inéditas que buscan aportar coherencia al ya de por sí magistralmente coherente ámbito creativo de este autor, tan central para comprender la modernidad poética en nuestro país.

 El relato del hallazgo no deja de producir fascinación: “La antología que hoy se presenta la preparó Luis Fernando Álvarez en 1940, dejándola inconcebiblemente inédita. Tuve la inmensa fortuna de encontrarla entre sus papeles hace ya unos años, una tarde de un noviembre muy lluvioso, cuando comencé a trabajar en sus archivos. Recuerdo, como si hubiese sido nada más ayer, el olor de aquella biblioteca donde había quedado a buen resguardo, con el reverencial celo de su hija mayor, Eunice Álvarez de Vargas, toda una historia de la poesía venezolana del siglo XX. Una, quizás, de las más dramáticas y de las más ricas también. Porque allí no solo estaban las huellas de Luis Fernando Álvarez pasando las páginas conmigo, hurgando en los escondrijos de unas cajas o en los rincones de las estanterías de un mueble muy alto, donde sus libros reposaban del ajetreo de una época movida, urgida y crítica, protegidos del polvo por unas puertas con aquellos vidrios, que siempre abría no sin temor de que se fuesen a quebrar; digo, que no solo estaban las huellas del poeta sino las de todos sus compañeros deViernes. Allí estaban merodeando también, atentos al intruso. Tuve así la oportunidad única de andar por sus cartas, de estas en sus manuscritos, de revisar uno y otro papel de la época”.

Con estos pertrechos cautivadores, Pausides, el profesor disciplinado, y Pausides, el cultor apasionado, modos de gratitud en los dos casos (tanto por la suerte como por la felicidad, en el fondo la misma cosa), va construyendo (reparando) un edificio que ya el poeta había reparado (construido) para exhibir la selección con aquellos versos que consideraba imperecederos. Y, ciertamente, hay que decir que lo son, sin que medien las hipérboles del corazón o las mezquindades de la razón. Para el poeta (y para Pausides) están reunidos en esta antología el zumo de una poesía de difícil extracción.

La estructura de la compilación es decidora del cuánto y del qué debe saberse sobre la suma y la resta de un autor tan ajeno a la acumulación y tan caro al “oficio de la lima”, como quería Horacio para la gran poesía. El saldo es materia para la elocuencia: ha reunido cinco textos de su libro Va y ven(1936), cinco también de Vísperas de la muerte (1940), cinco de nuevo deSoledad contigo (1940) y cinco, claro, de Portafolio del navío desmantelado (1940). Esta veintena de proposiciones se afianzan con “Ceremonias ante la muerte de la cigarra” de Recital (1939) y con “Negra” de Raza (inédito). Además, la antología va exigiendo (tanto al autor como a su descubridor), que la materia inédita fraternice con la publicada, una demostración de la robustez y de la redondez de un arte que cierra círculos indestructibles desde el comienzo y hasta el final. Cohabitan, así, las nuevas piezas de Con las manos unidas (inédito), los quince títulos de su poesía dispersa (entre los años 1936 y 1949) y, finalmente, las cinco señas verbales de igual número de poemas inéditos (datados entre 1933 y 1949). Si observamos bien, la antología en su forma propuesta hoy es tanto obra del poeta como del estudioso mismo, pues en este libro se da una suerte de productiva simbiosis entre ellos, al punto de que la obra toda parece ser respuesta y responder más a un llamado que a un azar; más a un cumplimiento que a un cumplido, hijo el primero de acuerdos y voluntades que traspasan los tiempos y las biografías. El editor estudioso cumple cabalmente, además, al completar la antología con las secciones que son de rigor, tales como una introducción (sobriamente sabia) y una cronología y una bibliografía (determinantemente necesarias). El autor también le debe el título, tomado de un verso del último de sus poemas inéditos y con el que el libro culmina:

 

“Por estas calles pinas, donde el tiempo

escribe testamentos de cenizas

y erige los sepulcros de otras épocas;

por estas calles bajas, donde corre

el punzante licor de tu recuerdo;

por estas cámaras herméticas,

donde mudo el silencio

coloca tu solitario candelabro

frente a mi oscuridad de no tenerte”

 

Y si estos versos no fueran suficientes para aproximarnos a una hermenéutica de sus desvelados hermetismos, la antología nos ofrece el autorretrato del “bardo funeral” vertido en uno de los más esclarecidos ejemplos de comprensión personal del que tengamos memoria en nuestra historia poética; suerte de “crepuscular” no declarada. La ha (han) titulado “Luis Fernando Álvarez”:

 

“Teosófico y bravío,

este bardo funeral

navega en su propio río

de corriente espiritual.

 

Con el vórtice sombrío

fraterniza su ideal,

marinero del navío

de la ráfaga espectral.

 

Y, al son bueno de los sones

con que alivia a las visiones

que van de su estela en pos,

busca a la Beatriz preclara

que depure su alma, para

desaparecer en Dios”.

 

Pausides González es hoy el mejor albacea que pudo tener el poeta en función de la recuperación de su obra y de su regreso a las aulas líricas de los jóvenes cultores. También, el más comprometido estudioso en función de la altísima divulgación que todavía urge para la poesía de este grande de nuestra estética verbal. Se diga o no, Pausides González ha alcanzado desde su saber de la poesía la investigación de la poesía y este es un mérito superlativo.

No quisiera terminar sin recordar lo mucho que por la consagración de Luis Fernando Álvarez hicieron en su tiempo sus amigos en la palabra y en la vida, Fernando Paz Castillo y Vicente Gerbasi, y, desde las aulas vocacionales de nuestra exégesis literaria, la maestra Lyll Barceló Sifontes (en este caso, además de publicar dos importantes estudios: “Luis Fernando Álvarez enViernes” para el número 7 de la revista Actualidades, del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, en 1983; y “La soledad infinita o la síntesis del yo-tú de Luis Fernando Álvarez”, para el número 25 de la revista Montalbán, de la Universidad Católica Andrés Bello, en 1993; dejaría inédito el libro Luis Fernando Álvarez ante la crítica, que Monte Ávila Editores le había encargado en 1992); empeños benéficos para prodigar uno de los más grandes haberes de nuestra poesía.

A esta estirpe grande de amoroso estudio pertenece la obra sobre Álvarez de Pausides González. Su devoción es una confirmación de cómo la poesía del autor de Soledad contigo traspasa el cronómetro de su biografía para hacerse permanencia. Su pasión significa que el tiempo de Luis Fernando Álvarez, que creíamos vencido por la pereza de una posteridad desidiosa e injusta, sigue vivo en nuestra sensibilidad verbal. Finalmente, que su disciplina en la recuperación de esta poesía no es sino una interminable razón de amor, única forma posible para acercarnos cabalmente a la esencia de un autor que fue razón y amor en agonía y obra.