• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

Francisco Javier Pérez

Al rescate de Juan E. Arcia

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Inédito hasta 1974, en que se recoge su obra en el volumen Versos y prosa, que le dedica a su autor, Juan E. Arcia, las Ediciones de la Presidencia de la República, este autor y su trabajo descriptivo marcarán un antes y un después en los estudios de filología lexicográfica venezolana. La intención original del texto Observaciones lexicológicas, que queda fechado en 1929, será la de contribuir con el diccionario común de la Real Academia Española, con el aporte de un grupo de voces presentes en los clásicos castellanos no recogidas en diccionarios: “Leyendo los libros clásicos observé y copié voces y acepciones de uso no general. Resolví formar con ellas un vocabulario para ver si estaban en la décima quinta edición del Diccionario de la Real Academia Española. Hecha esta investigación, pensé que los contados vocablos y acepciones que no encontré en dicho léxico, podrían estar en otros anteriores y autorizados. Consulté el de Covarrubias, el llamado de Autoridades de la docta Corporación Española, el de Salvá, el Etimológico General de Roque Barcia, el de Galicismos de Baralt y el de Construcción y Régimen de Cuervo”.

Cuando Arcia redacta este texto es ya un escritor reconocido, muy a pesar de su carácter sobrio y poco dado a vanagloriarse de su propia valía. Ha publicado el grueso de su obra de poeta y traductor, las mejores de sus prosas y ha participado como orador en algunos actos académicos que le corresponden en razón de su investidura como Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua (ocupa el sillón letra P, que antes que él lo honrarían Jesús María Sistiaga y Juan Pablo Rojas Paúl y, después, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, Nicolás Eugenio Navarro, José Humberto Quintero y Oscar Sambrano Urdaneta) y, más aún, por desempeñarse en esta corporación como segundo Secretario Perpetuo (había sustituido en este puesto a Julio Calcaño, desde 1918, en que fallece su predecesor y primer Secretario de la Academia, y lo ejercería hasta 1931, en el que muere el propio Arcia).

El modesto título de este texto lexicográfico, no da cuenta concreta de lo que representa ni del cometido que cumple. Menos, aún, de lo que de sabiduría sobre la lengua española y sobre su literatura vendría a significar. El corpus, integrado por la presentación de 107 voces, está antecedido por una introducción, titulada “Explicaciones”, en donde se manifiestan algunos elementos de elaboración y, como parte de estos trayectos, algunas anotaciones de teoría lexicográfica que siguen interesando.

Señala algunos planteamientos sobre la elaboración del repertorio y algunas reflexiones sobre la naturaleza del diccionario y sobre los alicientes y sinsabores de la tarea lexicográfica: 1) el procedimiento de cotejar el material léxico con los diccionarios, una práctica habitual e imprescindible en la investigación lexicográfica; y, como resultado de estas búsquedas, la condición de “ocultamiento” en que cree se encuentran algunas palabras que, cuando se las busca en los diccionarios, parecen no estar a la vista con facilidad (el tradicional manejo caprichoso de la lematización y de la agrupación de las unidades relacionadas): “Estoy seguro de que muchas acepciones que no hallé en los diccionarios, se encuentran en ellos ocultas y como burlando mi inhábil diligencia. El mismo Cuervo, en sus Apuntaciones Críticas, dice que algunas palabras que creyó no estar en el Diccionario, sí lo estaban; pero agazapadas y como jugando al escondite”; 2) el desánimo ante la tarea lexicográfica, al creerla ya realizada por otros: “A más de la fatiga por ceguedad intelectual, sentí desánimo al convencerme de que ya eran de otros muchas observaciones que supuse mías”; y por las exigencias y rigores que supone dicha tarea: “Esas sensaciones de cansancio, temor y desesperanza son frecuentes en los trabajos lexicológicos”; 3) el aliciente que produce la elaboración de diccionarios, debido a la originalidad del material léxico aportado: “No ha mucho que, terminado éste [en referencia a su trabajo], recibí la obra de mi amigo el docto Académico don Francisco Rodríguez Marín, titulada Dos mil quinientas voces castizas y bien autorizadas que piden lugar en nuestro léxico. Inmediatamente supuse que todo lo que yo había apuntado estaría en el numeroso vocabulario. Hice la confrontación y resultó lo contrario. No encontré sino los siguientes vocablos: anihilar y satírico. El primero lo había apuntado yo con n doble en un ejemplo de Fray Luis de León, y el segundo que quedará en mi trabajo con la observación que escribí para explicar la falta de razón en lo dicho por el Sr. M. Martínez de Burgos, anotador del Menosprecio de corte y alabanza de aldea de Fray Antonio de Guevara”; y 4) la modestia y respeto frente al ejercicio lexicográfico, invocando falta de competencia y escasez de tiempo y, en algunos casos, la precariedad bibliográfica: “Este estudio tendrá errores. Los motivaría la falta de suficiencia y de algunas obras donde averiguar la propiedad de los vocablos. También la de tiempo, porque otras ocupaciones lo consumen y porque los días son cortos y la vida me dice adiós”.

El tratamiento descriptivo puesto en marcha en este texto pudiera generalizarse señalando que cada artículo, que se encabeza por la voz lema en altas sostenidas, despliega, como elemento central de explicación, el fragmento documental en donde la voz actúa y evidencia su naturaleza semántica. Después de transcribirse textualmente el fragmento, se ofrece la referencia bibliográfica de donde ha sido extraído. Para algunas voces, el autor comparte anotaciones al pie en donde procura datos etimológicos y eruditos de utilidad (“En mi vocabulario sólo tienen notas algunas palabras que creo las necesitan por razones etimológicas”). Las definiciones, a conciencia, se dejan a las corporaciones académicas respectivas (la española y la venezolana) que, en los casos afirmativos incluirían estas voces en el Diccionario común (“El definirlas, caso de ser incorporadas al Diccionario, correspondería a la Academia Venezolana y a la Real Española”). Está claro, entonces, que el trabajo de Arcia, además de motivación personal, tiene la que dictan los trabajos de colaboración con los proyectos lexicográficos de la corporación madrileña.

En cuanto texto elaborado para cumplir una de las misiones correspondientes de la Academia Venezolana en su vinculación con la Real Academia Española (y en apego a su cargo de Secretario Perpetuo, ya para este momento con once años de ejercicio, cumple, como su predecesor Calcaño, el sostenimiento de las relaciones interacadémicas), el estudio de Arcia guarda una relación muy estrecha (hasta por la utilización del sintagma “observaciones”, común en el título de los tres textos), aunque estén distanciados por algo más de cincuenta años, con los trabajos similares que redactara Cecilio Acosta para contribuir con las tareas lexicográficas de la Academia Española: Observaciones al diccionario que someto humildemente a la Academia Española (1874) y Observaciones que pueden servir para la nueva edición del Diccionario vulgar y de autoridades (1876).

Y si seguimos avanzando retrospectivamente en nuestra lexicografía del siglo XIX nos encontraríamos con otro antecedente más claro y fundacional de este modo de hacer estudio del léxico y de una manera particular de proponerlo redaccionalmente: el de Ricardo Ovidio Limardo y sus Observaciones al Diccionario de Galicismos de D. Rafael María Baralt, de la Real Academia Española (1867). Partícipe del mismo ánimo de servir de aporte a un diccionario en curso, obra de un académico evaluada por un académico (pues Limardo lo sería de la Real Academia Española como Miembro correspondiente, en 1866, y como numerario de la Academia Venezolana, en 1905), se producen estas también “observaciones”, por otra parte con muy duras críticas, que buscan hacer evaluación lexicográfica ocupándose sólo de redactar comentarios eruditos sobre la materia léxica de la obra que motiva la crítica.

 Como reflexión previa a una conclusión del estudio de Arcia, debe anotarse el cuerpo de fuentes en los que la declaración del autor cifra sus aciertos documentales. Por razones diferentes, pero todas acertando como descripción virtuosa de la lengua, el secretario Arcia desplegará sus pesquisas léxicas en los mejores recorridos lexicográficos y lo hará, además, teniendo como mérito el asidero que cada obra tiene en la historia de los diccionarios del español. La visión histórica permitirá que el repertorio inspeccionado se contraste con lo más granado de la lexicografía hispánica, desde el renacimiento hasta el siglo XIX. Inaugura la secuencia el Tesoro de la lengua castellana o española (1611), de Sebastián de Covarrubias, el primer diccionario monolingüe del español. El siglo XVIII hará su entrada con el Diccionario de Autoridades (1726-1739), primer registro académico de la lengua, en el que, como en la idea del modestísimo repertorio de Arcia, las voces son refrendadas con el sello de dignidad que ofrece para cada una el asiento en la obra de un gran escritor. Finalmente, en los albores de la centuria XIX, el siglo de nuestro autor, será visto en el Diccionario de la lengua castellana (1846) de Vicente Salvá, el gramático modélico para Andrés Bello, quién pone ya en marcha la descripción sincrónica. Cuando el siglo alcanza la mitad de su edad, y saturado de tanta permisividad hacia las injerencias foráneas, el Diccionario de galicismos (1855), de Rafael María Baralt, vendrá a ofrecer pauta de correcto casticismo y a evidenciar tanto vicio para la lengua en sus galos enamoramientos. El siglo lexicográfico de Arcia morirá teniendo en mano los estandartes de dos creadores maestros: Roque Barcia y su Primer Diccionario general etimológico de la lengua española (1880) y de Rufino José Cuervo y su Diccionario de construcción y régimen de la lengua española (1886), uno y otro ocupados en darle al estudio del léxico carácter de historia y documento, nacimiento y desarrollo. Esta capital bibliografía lexicográfica que Arcia selecciona como la mejor para cumplir sus fines de estudio, estará siempre completada con la más reciente edición del Diccionario académico, que en su caso será la décima quinta, del año 1925.  

El rico haber lexicográfico que tiene a la vista Arcia, que en su modestia destaca como esenciales y a la falta de otros muchos repertorios, le permitieron ofrecer una lectura léxica de las voces que encontraba en los clásicos de la literatura y que echaba de menos en el diccionario común de la lengua. La última anotación sobre las fuentes lo será no ya para las lexicográficas ya señaladas, sino para las léxicas, esa primera apropiación que el léxico hace sobre la literatura, como para que ésta le sirva de recinto y cobijo de perpetuidad. Aquí, el escritor y lexicógrafo venezolano hace gala de una sabiduría literaria que ya para su tiempo empezará a parecer muy rara y más curiosa, un vestigio de un saber que el siglo XIX pareció despedir y que el XX recibió como don de otro tiempo. Un arqueo de las obras y los autores que el texto de Arcia anota como testimonio de la presencia y vida de las palabras no dejará de fascinar por el conocimiento erudito que comporta. Quevedo será la autoridad más recurrida y con mayor número de obras: Capitulaciones de la vida de la corte, El entremetido y la dueña y el soplón, De la vida de Marco Bruto, Grandes anales de quince días, La culta latiniparla, Premáticas y Aranceles Generales y Visita de los chistes. Acompañarán al poeta conceptista y al prosista satírico, una seguidilla de excepciones literarias con sus títulos más prominentes: Juan de Ávila y su Epistolario Espiritual, fray Diego de Estella y sus Meditaciones, fray Antonio de Guevara y su Menosprecio de corte y alabanza de aldea, el Inca Garcilaso de la Vega y sus Comentarios reales, fray Luis de León y Los Nombres de Cristo, Antonio Liñán y Verdugo y su Guía y aviso de forasteros, Alonso Gerónimo de Salas Barbadillo y La hija de Celestina, Santa Teresa de Jesús y Las Moradas y, como fin del recuento alfabético, Juan de Valdés y su Diálogo de la lengua.

Insumos no menos capitales que los anteriores, en cuando al aparato erudito, estarán hospedados en la letra pequeña de las notas al pie de este trabajo. Ellos serían: 1) clásicos greco-latinos como Virgilio, Ovidio y Plinio; 2) clásicos castellanos como Cervantes y San Juan de la Cruz; 3) escritores eruditos como Bernardino de Rebolledo, poeta del siglo XVII y autor de los Ocios, una compilación con lo mejor de sus composiciones poéticas; 4) las traducciones bíblicas del padre Scío de San Miguel, de 1793, y del obispo Félix Torres Amat, de 1825; 5) diccionarios bilingües del latín y del español como el de Manuel de Valbuena; y 6) referencias a anotadores de obras clásicas, como las escritas por Tomás Navarro Tomás, el célebre filólogo y fonestista español, a Las Moradas, de la Doctora de Ávila; o como las colocadas por M. Martínez de Burgos al Menosprecio de corte y alabanza de aldea, de Antonio de Guevara, que será una refutación de Arcia sobre las opiniones del anotador en torno a la voz satírico.

Como queda visto, son muchos los temas que pudieran desplegarse a partir de las Observaciones lexicológicas y son temas en donde la formación tradicional y el buen tono científico por parte de un lexicógrafo no profesional se manifiestan de manera auspiciadora. Su trabajo, es de lamentar, no tuvo repercusión alguna en los espacios de la lingüística nacional, al punto que ni siquiera aparece citado o referenciado en los repertorios bibliográficos dedicados a estos estudios y, mucho menos, aparece formando parte de una tradición de estudio del léxico, iniciada hacia mediados del siglo XIX (aunque el origen de este método haya que ir a buscarlo todavía mucho más atrás), y de la que él representa, quizá, el último eslabón (en la secuencia que marcan Limardo, Acosta y Calcaño). En cualquier caso, la historia de la lexicografía nacional puede ocuparse de su aporte, como hemos pretendido, y puede, muy destacadamente, determinar el luminoso lugar que ocupa dentro de los repertorios menores dedicados al léxico general del español, muy minimizados en el tiempo de Arcia debido al auge de las investigaciones sobre venezolanismos y léxico criollo, quizá la verdadera razón de su pronto olvido o de su nunca memorizado recuerdo (no es casual que se publiquen el mismo año que sus Observaciones la más potente de las obras dedicadas al léxico nacional, los Glosarios del bajo español en Venezuela, de Lisandro Alvarado, que también morirá ese mismo año, con los que se cierra uno de los períodos de la lingüística venezolana, su etapa pre-científica, y se abre el de su más franca modernización). Al traer hoy a la consideración la obra de este autor tan olvidado, además de una labor de justicia, se contribuye a dibujar con mayor fidelidad el edificio complejo y aún desconocido de nuestra lingüística decimonónica y pre-moderna. En ellas, el estudio de Arcia luce como una pieza bien lograda y muy elocuente sobre el estado de la sapiencia lingüística y literaria alcanzada por nuestros hombres de letras. También, permite ilustrar un nuevo capítulo en la filología clásica española, que se entendió aislada en Bello y que, como demuestran las evidencias, siguió desarrollándose hasta bien entrado el siglo XX. Es en estas últimas dimensiones en donde hay que ir a buscar la contribución de Arcia, este erudito poeta que se trastoca en lexicógrafo para mostrar el esplendor de la lengua y sus valores de permanencia.