• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

El país de la alegría

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Insistiendo en la consigna sobre una filosofía de la alegría que colma nuestras conductas ante la adversidad, que recalca frente a la formas toda forma de informalismos y que agota la posibilidad de entendernos agotados ante el peso de nuestras culpas privadas, ciudadanas, locales y nacionales, la naturaleza venezolana transcurre rechazando todo aquel desarrollo que parezca “aguar la fiesta” y desterrando toda aproximación que nos pretenda desviar de la anotación (y de la nota) sobre nuestra permanente proposición de gaya subsistencia.

Caracterizada, así, por observadores foráneos y por evaluadores comprometidos como un país alegre y despreocupado, la comprensión de Venezuela oculta muchos descalabros tras la perturbadora farsa tantas veces publicitada y malhadadamente repetida: somos un país alegre. Cautiverio de una mentira que se renueva para colmarse con la gestión nacional, local, ciudadana y personal alcanzada gracias a este supuesto don celestial de la estirpe; camino único y correcto para la superación de todos los reveses y de todas las enlodaduras de la vida venezolana.

Ya al inaugurarse nuestro nada alegre siglo XIX (premonición de las tristezas por llegar), Rafael María Baralt consignaba, en ese prodigio escriturario que es su Resumen de la historia de Venezuela (1841), la cruenta realidad de nuestra historia y de nuestro carácter nacional. Teniendo ante su mirada los tiempos coloniales que acaban de culminar y los primeros momentos de la república recién libertada que apenas comienzan, Baralt va a sucumbir a la lectura de lo patético, de lo infeliz y de lo agónico. Arrollado por el fardo espiritual de una cronología que nos había ya destinado anales de tortura, sangre y muerte, Baralt va a imprecar el treno desgarrador de la tristeza venezolana. Escalofriantemente, además, va a sentenciar la historia del país como cronología signada por el dolor, la elegía y la desesperanza. Baralt va a alcanzar en esta formulación (y no me gustaría que volviéramos a desautorizarla sobre la base de los lugares comunes de una crítica que deshace todo, invocando siempre que se trata de modos deterministas de argumentación), el mejor retrato del país de la alegría (con elipsis del adjetivo tropical y todo). Prestemos la mayor atención a estas palabras que caracterizan al país alegre, en donde, dramáticamente, todo vino a significar nada:

“Al contrario, en la zona tórrida, donde destituido el hombre de necesidades y cuidados, vive feliz en suaves climas al abrigo de una tierra feraz que le ofrece cosechas tempranas y abundantes. Bastan cortos terrenos para la subsistencia de un gran número de familias, y escasa industria al cultivo de plantas generosas, que crecen y prosperan sin el trabajo del hombre: virgen allí la naturaleza, no necesita de los auxilios de la ciencia para dar al cultivador frutos óptimos, y a la sombra del plátano pasa el hombre la vida dormitando, como el salvaje del Orinoco al dulce murmurio de sus palmas. Esta es la causa de que en América provincias muy pobladas parecían casi desiertas; las habitaciones yacían desparramadas por los bosques; cerca de las ciudades estaba la tierra cubierta de selvas, y las plantas espontáneas predominaban  por doquiera sobre las cultivadas. Tales circunstancias, así modificaban la apariencia física del país, como el carácter de las gentes, dando a uno y otro particular fisonomía. El suelo agreste e inculto se ostentaba en toda la pompa y majestad del tiempo primitivo; aquí se veía el bosque no talado, allí la selva umbría, las llanuras inmensas, la sierra, el valle, con todos sus primores: naturaleza colosal en sus formas, sublime en su abandono, digna de razas más felices. Estas cultivaban una porción pequeñísima del campo, a la falda de las cordilleras; cada familia proletaria o un grupo reducido de ellas, separada de las otras por distancias considerables que hacían mayores los pésimos caminos y la falta de puentes. Así una población, de suyo limitada, vivía sin comunicación, y como si dijéramos perdida, en un país vastísimo; y la civilización era nula, porque ésta no adelanta sino a proporción que el suelo y los hombres se equilibran, y que las relaciones entre ellos se multiplican y estrechan. Rudos e ignorantes debían ser y lo eran; también agrestes, como el país en que vivían. La soledad, la benignidad del clima, y la carencia de necesidades, desarrollaron en ellos varios sentimientos principales que pueden considerarse como base de su carácter: desapego a toda especie de sujeción y de trabajo. Indiferencia por la cosa pública, el amor genial del hombre salvaje por la independencia, y una dulzura de carácter que provenía a un tiempo de indolencia, falta de energía y bondad de corazón” (Capítulo XXII: “Carácter nacional”).

Más tarde el panorama se oscurecería con tintes profundos. Lisandro Alvarado desarrollaría una potente teoría sobre los delitos políticos en nuestra historia y Julio César Salas ordenaría los esquemas mentales para entender la barbarie de la república. Como enfermedad la rotulará César Zumeta, por primera vez en nuestro léxico agónico. El resultado de estas señales tendría un devenir hosco y lúgubre en la realidad del país y en los principios de una filosofía del autoritarismo que desarrollaría Laureano Vallenilla Lanz. Surcando aguas mansas y turbulentas, la literatura sobre el país falsario se haría fuerte en Mariano Picón-Salas y Mario Briceño-Iragorry, promotores elegíacos del mejor pasado frente al cruento acontecer del peor presente (el país hereje les hace soñar con la alegría de la tierra). Las últimas vivencias de las formulaciones baraltianas llegarían con pensadores como Augusto Mijares y Arturo Uslar Pietri, señas de amor al país auspiciadas por la mayor de las desesperanzas (el primero clama por una Venezuela afirmativa de imposible reedición y el segundo por el utópico axioma tópico de que las virtudes aparecerán durante el tiempo difícil). Y, quizá, como punto teórico final, la artillería cierta pero sesgada de Orlando Araujo y su evaluación de la violencia nacional más contemporánea. Miguel Ángel Campos ilumina la incertidumbre con una gravitación que va desde el desagravio y la fe hasta la maldad y la traición. Las cifras de la criminalidad de hoy se asientan sobre el asombro y el miedo y su incomprensión no produce aún una reflexión perdurable o del rango de las anteriores.

La crudeza de estas verdades (metáforas detrás de una lectura de la referencia) que desde lo más profundo de nuestra historia espiritual nos vienen, ha querido revertirse en la fragua de una imagen de pueblo desprevenido, locuaz, bullicioso, desfachatado, irreflexivo e igualitarista que se desdice, desde las plataformas masivas de una sociedad llana y allanada, de todo tipo de actitud rigurosa, seria, respetuosa y aguda ante la vida con sello venezolano y su desarrollo.

La Venezuela festiva teme el silencio. Quizá, sea éste el indicador más penetrante para revelar la situación de un país que no es capaz de asumir su pasado y su destino como ha sido y como será, sino que opta por la ficción de desprevención y de alegría como olvido de la agónica verdad de su madera societaria y cultural. Como si temiera oír en el silencio las duras verdades sobre su existencia, el venezolano corriente y general habla duro, busca la fiesta bulliciosa y genera ruido en grandes y altas proporciones. El ciudadano común se siente con el derecho de imponer a los demás su barullo y su algarabía (al que cree música muchas veces), su fiesta y su hablar resonador con el más abierto irrespeto por la necesidad y privacidad del silencio de los otros (a los que considera entes sociales de rareza enorme o criaturas inexistentes de su paupérrimo imaginario social: los otros no existen o no me importan). Las formas lingüísticas del desorden han ocupado la atención a muchos y muy buenos estudiosos del habla nacional (Pedro Grases y Marco Antonio Martínez, entre otros maestros). Más que simples palabras, estas voces nos están pautando nuestros apegos a todos los rostros del desequilibrio y a todos los paisajes de la inestabilidad. Derrochador en extremo, el venezolano lo hace generosamente con sus altas dosis de escándalo, alboroto y estridencia. Histérica manifestación de histeria, una patología de la masa que se desdibuja, uniforma y anula en el vocerío de personalidad indistinguible.

La Venezuela festiva teme el rigor. El ruido en que ha convertido su vida no hace sino impedirle la fragua de la mesura y, más aún, hacerle comprender que la medida de lo que hacemos se calibra por la medida con que hacemos las cosas. Así, no quiere enfrentarse a lo ordenado, organizado, disciplinado y riguroso y, como salvación, prefiere convivir con lo inarticulado, desdibujado, impreciso, inconstante y caótico. La cosmografía espiritual de esta nueva estirpe venezolana viene ofrecida por el sintagma del más o menos, una entidad de catalogación y de escrutinio de la vida en donde nada es rotundamente lo que es, sino que todo viene a ser amablemente ni una cosa ni la otra, plenamente. La más perdurable teoría venezolana del conocimiento es el bochinche, un desconcierto que planea sobre nuestra existencia como una lápida de maldiciones desde los primeros y verdaderos tiempos patrióticos. Nos molesta, en suma, todo lo que refiera el orden de las cosas, pues lo entendemos como una falta a la flexibilidad sobre la que hemos edificado nuestra pequeña imagen del universo. Además, estamos convencidos de la inoperancia de lo riguroso como forma de actuación y de comportamiento, pues creemos que nuestra amplitud más entendida nos reporta mejores beneficios: todo es posible y todo se puede de la mano abierta con la que medimos –más o menos– el tamaño del mundo (la medición venezolana está coloquializada en la aproximativa “cuarta” que supone la diversa palma de medida de cualquier mano, que poco importa sea más grande o más pequeña).

La Venezuela triste gesta el humor. Negro o baladí, nuestros grandes o pequeños trabajadores del humor nos asientan cómo el país de la alegría sucumbe a los encantos de esta forma cruenta de pensamiento, sublimada por desapercibidos o planos intérpretes de nuestras realidades y de nuestros ánimos. Enconadas o torpes, las notas con que el humor despliega su manto de respiraciones cuando el oxígeno escasea van a hacernos creer nuevamente en nuestra alegría calcada y apariencial (mientras tanto, nuestras procesiones recorren por dentro la médula sensible de lo que somos). Ganados por la diversión que pobremente creemos esconde el humor, no percibimos la hermenéutica fantasmal que conduce cada una de las muecas fantasmagóricas del humor. La carcajada facilonga que algunos despliegan ante él no es sino evidencia ininteligente e incomprensión del carácter especular del humor, del carácter evaluador del humorismo y del carácter perturbador de los humoristas (tan temidos estos últimos por el poder). En este sentido, el espejo no deja dudas sobre la verdad de estos principios y sobre la desgarrada mirada que las tres entidades anteriores ofrecen como inconexas ecuaciones que hacen imposible comprender la existencia de  humoristas que no perturben, de humorismo que no evalúe y de humor que no especule (siempre en la acepción del reflejo). La dura y agria respuesta del espectador ante el humor va a pautarlo como entidad intelectiva y como género rey en nuestras aulas de pensamiento; únicas vías para entender la inconsistencia del país de la alegría y la crudeza que termina gestando la auténtica tristeza de su constitución. Amante del amor, el humor viene a ser la última y desesperada posibilidad para recordarnos cuánto amamos lo que amamos y cómo odiamos todo acto que desperdicie el mayor de los sentimientos humanos. Aquí, y para no invitar a ninguno de los representantes del humorismo contemporáneo venezolano, será Aquiles Nazoa, el humorista físico y espiritual, el que surque el camino más profundo para hacernos filosóficamente con la clave de la ecuación humor/amor (los más bellos textos de la poesía clásica castellana van a vincular siempre el amor, como sabia espiritual, con el humor, como sabia corporal, haciendo desdichado el uno por las desdichas del otro).  

En suma, el humor será la evidencia de nuestro amor y el amor la persistencia de nuestro humor. El humor en el país de la alegría resulta, pues, el mayor de los contrasentidos. País falaz e inexistente, el gran humorismo venezolano nos está hablando, más bien, del verdadero país doliente, funesto y trágico que hemos querido ocultar bajo imagen simplista y mentirosa, malsanamente bonachona y ligera, en vez de querer reconocernos en la amorosa imagen que de nosotros ha desplegado el humor de nuestros humoristas más amorosos: dulce dolor para dulcificar los dolores. Sólo de la mano del humor conoceremos el amor que sabe sólo de tristezas y de agonías, esas mismas que han hecho nuestra biografía de país. Llamar a la tristeza verdadera en el país de la alegría falaz, no será sino necesario recurso para alcanzar la alegría cierta en un país que asumirá sus humanas cuotas de tristeza, soledad, rigor y silencio.