• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

La música según José Balza (2ª parte)

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El catálogo del crítico musical ha sido nuevamente fecundado. Lucen allí brotes frescos junto a piezas ya ensayadas, robadas estas al cruel cementerio de las publicaciones periódicas. El escritor músico las titula Ensayo y sonido (Caracas: El Estilete, 2015). Sus tres movimientos son conducidos por intercambios, transfiguraciones y elaboraciones. Resultan páginas definitivas a las que acude “la música a la literatura, para convertirla en su objeto, en su denotación”. Más todavía, son páginas que hacen que “la literatura trate de comprender, no la historia musical, sino sus movimientos estéticos y funcionales y los vínculos entre la sonoridad y el texto”.

El conjunto es enorme en densidad y en tratos teóricos y críticos. Se señalan en mutua complicidad (la investigación estética que auspicia favores ofrecidos por la crítica) y en acuerdos reivindicativos (la nobleza del arte que reclama sus bien ganados privilegios). El organismo que es el volumen rinde honores a muchos nombres grandes del pasado  (Antonio Estévez, esa “extraña fuerza” convertida en música) y a otros que lo están siendo en el presente (Gerardo Gerulewicz). Valores ya permanentes quedan grabados por el magisterio del escritor: Mariantonia Palacios y Mercedes Otero, Modesta Bor, el discípulo cubano del vienés  Schönberg Aurelio de La Vega y el colega de Clemencic en Viena Pedro Liendo (un verso define la profundidad de la crítica con los mismos colores de la voz profunda del maestro Liendo: “Su voz es un pasaporte estético más sólido que el petróleo”); el electroacústico autor de los “Himnos” tiene aquí su espacio venezolano. Se permiten tránsitos en parajes de toda espesura y en ellos ya estamos escuchando a algunos muy grandes como Alfredo Sadel (su voz, su timbre identitario), Los Panchos, Chavela Vargas (“Sin ella no sería posible la música actual”), Bola de Nieve, Toña la Negra, Elvira Ríos, Paquita la del Barrio, Harry Belafonte (el de apellido con sonoridades musicales), Cherico Gómez, Néstor Leal, inter otros. Da al bolero una definición que es definitiva: canto de cuna y cama (ternura y erotismo en un solo compás); placeres de la infancia y de la adultez.

Se reconoce en Sadel al reconocerlo como producto y productor de una sociedad que ya apunta las maneras de la decadencia, esas que graban la liviandad, la chatura y la trivialización frente al gran arte y frente a la música como el arte más grande: “La voz de Alfredo Sadel esconde en su resonancia, en su versatilidad, el esplendor y lo deleznable del alma venezolana”. El niño prodigio que se hace adulto prodigioso. La forzada estética de la que emerge la fuerza poderosa de un arte vocal único. Interesa el reconocimiento (el que la sociedad se reconociera en él y lo reconociera como un portavoz y un portador; como aquel “liróforo” del que hablaba Darío, poeta y músico a la vez como quisieron los griegos helenos), que es algo muy distinto a la fama, para entender cuánto padeció su destino. Canta y canta y lo hace sin parar. Canta y canta y lo hace en todo género. Canta y canta y esplende su brillo imposible de apagar o de disimular. Pero ese don de la multiplicidad, hoy tan celebrado, en su momento se entiende como caída del Parnaso de la música en versales. Para alcanzar el reconocimiento la sociedad musical le exige al cantante aclarar las definiciones: ¿qué tipo de cantante es Sadel? El proceso sobre su reconocimiento se regodea en la clasificación: lírico, dramático, bolerista, criollo, romántico, operático, belcantista, wagneriano, zarzuelero, generochiquense y más y más (¡cuántos cantantes en un solo cantante!).  Balza los ha reconocido y los ha vindicado con una pasión que nunca ensayaron muchos de sus contemporáneos músicos. Movidos por la envidia que conquistaba su popularidad, lo trataron de convertir en asunto del populacho para desmerecerlo (lo popular en Sadel se asumía como asunto de recepción de masas de fallida “auditivación”: lo que vale la pena oír musicalmente). Balza lo impone valido de la noble gestión de un intérprete sin el que no podríamos entendernos: “Nada de nuestra capacidad de sentir, hoy, puede ser ajeno al timbre y al repertorio de Sadel”. He aquí el reconocimiento definitivo: su timbre y su repertorio (a más del encanto de su estampa y de su rostro que cautivaban desde las pantallas del televisor, pues Sadel fue también figura de la TV como el que más).     

Ajeno a la televisión, hombre de escenas y escenarios, contraparte de Sadel (en los términos más nobles), prodigio del canto lírico, voz de letales resonancias, profesional asido a su arte y jamás desviado de él, está Pedro Liendo en las páginas de Balza. Diversas menciones y un texto lo otorgan al presente y a la posteridad. Se le califica de grande, porque en verdad lo es. Se nos hace reparar que con Liendo estamos en presencia de un sacerdocio secreto. Como Sadel, sale de la nada y un buen día su presencia está allí y gana su permanencia. Si Sadel nos trae la gran música a nuestras localidades, Liendo llevará nuestro élam nativo a la culta Europa musical. Rectilíneo, su carrera será astral. Meridiano, su gloria no lo descompondrá: “De fibra criolla en el humor, gran lector de poetas, su figura sobria aparece con frecuencia en teatros, galerías de arte y librerías. Caraqueño y vienés, posee la macerada discreción de quien mucho sabe del vivir, de los espejismos, de la difícil aura proporcionada por el arte. Todo esto le permite ser un astro de primer rango con sindéresis”. Qué precioso saldo, anhelo y ambición del artista verdadero, el que se diga sobre él, no que es un representante de su país, sino que su país “se convierte con él en una alta jerarquía intelectual”.

Ensayos de bravura vienen a completar el volumen, en su faceta de filosofía de la música venezolana. Al menos, tres de ellos ya entonan su urgencia: “Intercambio de siglos (Música actual de Venezuela)”, “Lo transfigurable (Fragmento)” y “Nuestra música: elaboraciones literarias”. A riesgo de error, se asume que el último de estos escritos es corona de los anteriores, que en algún momento lo anticiparon (lo soñaron cortazarianamente). Discurso de ingreso como numerario en la Academia Venezolana de la Lengua, Balza determina en esta pieza de calidades programáticas el cruce de identidades entre nuestra música y nuestra literatura: sus vínculos expresos, sus deudas compartidas, sus acuerdos no explicitados, sus trasvases continuos, sus miradas amorosas, sus contactos de tratos nobles. Sin que pretenda ser la historia de un amor correspondido, las correspondencias quedan anidadas como lo más perdurable en esta historia de amor. Historia de amor por la música a la que el escritor músico se asoma para determinar cómo fue percibida y pensada por los escritores. Una historia de la literatura musical o una historia de la música desde el pensamiento literario. El sentimiento conduce al pensamiento y es en estas parcelas en donde finalmente el texto cobra dimensión y su asiento final. “Busco testimonio y pensamiento”, nos dirá. Traza su proyecto y lo declara con honestidad admirable: Primero: “Comenzaré por revisar imágenes: escenas o sucesos ficticios que, sin embargo, poseen hondas raíces en la realidad y que, desde ella, han permitido a los autores pensar, calibrar y revelarnos algunos rasgos de ese arte”; Segundo: “Haré, después, un recorrido de otro nivel: la posición consciente, analítica, de los ensayistas y musicólogos que tratan el tema y sobre él proponen causas, efectos y hasta clasificaciones”; Tercero: “Intentaré mostrar ciertas constantes o continuidades que, a mi entender, unifican el cuerpo poderoso de lo musical entre nosotros”. Interesado por las continuidades, logra explorar tres muy visibles (audibles): la de los individuos con talentos que hacen de la música su vida, la de los residuos de sonoridades del mundo indígena y la del carácter expansivo del alma musical (la paráfrasis solo permite reconstruir con exactitud los tres procesos): “La inexorable o azarística creatividad personal, primero; un proceso de refinamiento instrumental y de conocimiento, paralelo a aquélla; la circulación mental de la música en los seres y el mundo: tales serían las tres continuidades que originan, acogen y difunden el hecho musical entre nosotros”. Propósitos y resultados quedan encadenados (o concatenados). El detalle de nombres, obras, escuelas y grupos queda en la rica lectura de este texto conclusivo y le da su forma más reveladora (o provocadora).

El prólogo ha sido escrito por el músico y musicólogo Juan Francisco Sans, erudito y maestro donde los haya, y en sus afirmaciones encontramos líneas nutricias para comprender al escritor músico y para aferrarnos a sus redes auspiciosas de fraternidades estéticas. Sin que se lo señale, en una de ellas se le quiere ver sentado cerca del gran Edward Said, en su compañía en la sala de conciertos, escuchando música como él desde la apertura que ofrecen las almas puras y los corazones sensitivos, descreídos de la idea cerrada de las culturas. Como Said, Balza se entromete en el terreno de las ortodoxias musicales para aniquilarlas. Como Said, Balza se desentiende del dañino rigor de los especialistas y les echa en cara sus lecturas chatas y soporíferas (otro tanto ocurre en los informes de los lingüistas y en sus concepciones terminológicas y descriptivistas del lenguaje frente a la novela de la lengua que ofrecen los escritores; algunos escritores). Como Said, Balza vaticina nuestra música del futuro.

Lo que quiso para el maestro Estévez, cuya presencia recorre todas las páginas de este libro, recuerdos de nuestra música y nuestros músicos que este libro nos hace evocar a cada lector de manera preciosa y diferente (el día en que conocí al unísono a Estévez y a Gerbasi, la figura fuerte de Ángel Sauce en el conservatorio y su marcación del compás con rudos pisotones en el pódium al dirigir las marchas de El Príncipe Igor, mi expectación tras celosía de Antonio Lauro en una clase en el “Juan José Landaeta”, mi imagen de Pedro Liendo en algún Rossini en El Municipal, el tímido escucha de las óperas con Sadel en la UCV, mi veneración por el maestro Calcaño en sus libros y en sus programas de radio, mis lecciones con Lina Parenti y su grabación del trío de Felipe Larrazábal), es la mejor definición de la obra de este sensible escritor para quien la música es, como la novela, el mundo mismo: “Lo múltiple extenderá su cuerpo para convertirse en música: cada hallazgo visual, cada sensación, amores y lecturas, el sueño, la comida, los viajes, sonido tras sonido, todo será visto nuevamente en la abstracción, equidistante: en el pensamiento musical”. Eso es este libro cuya gratitud frente a él es ya una permanencia.