• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

El marrón claro no existe

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Los nombres del café constituyen en Venezuela materia de gran interés lexicográfico. Su nomenclatura popular y coloquial resulta un asunto de primordial importancia en la evidencia de la poderosa relación que el lenguaje establece con la realidad que designa, refleja y funda. Al día de hoy, son ya muchos los tratados y estudios que han escogido al café y a su lengua como tema capital de investigación, exploración y divulgación. Sin pretender hacer un recuento pormenorizado, habría que recordar el precioso libro Un mundo en su taza, de Rafael Cartay, que publicó la empresa Café Imperial, el año 1997. Entre otros méritos, aporta un importante y extenso “Glosario”, en el que tanto la materia terminológica como la coloquial aparecen señaladas y explicadas. Quisiera, aquí, tener un recuerdo para una de mis tesistas más brillantes, en la oportunidad en que enseñé lexicografía en la maestría en lingüística del Instituto Pedagógico de Barquisimeto, la profesora Rusbely González, fallecida muy tempranamente, que ordenó un valiosísimo e imprescindible glosario del café en nuestro país y que aún continúa inédito.

Dentro del conjunto enorme de designaciones coloquiales de las preparaciones del café, hay tres que conforman una escala básica sobre la que se asocian, se relacionan y se derivan las otras. Me refiero al “negro”, al “marrón” y al “con leche”. En los tres casos funciona la elisión del sustantivo “café”, que, por la economía del lenguaje, no se presenta obligatoriamente; aunque, en realidad, las formas enteras e inequívocas serían: “café negro”, “café marrón” y “café con leche”. La letra de un conocido comercial, evidencia de los tres niveles de la infusión, rezaba: “Negrito, con leche o marrón; más sabroso es el café El Peñón”.  

Materia de sabores, pero también de colores (y qué importante son los colores de las lenguas y los colores en las lenguas), la preparación y expendio del café venezolano ha gestado un conjunto de formas y de expresiones que buscan marcar la gradación cromática como satisfacción de los distintos gustos de tomar la deleitable bebida. Así, de cada uno de los rangos básicos señalados se han derivado otras maneras y otras voces para designarlas: del “negro”, el “guayoyo”, que suaviza, al colarse con mayor cantidad de agua, la intensidad del café negro (nuestro “espresso” criollo); del “con leche”, el “tetero”, en donde la batalla de la leche y el café queda zanjada por la primera, produciendo un casi total exterminio del segundo; y, finalmente, del “marrón”, el “marrón claro”, en rigor, una bajada de intensidad del café y un aumento de la leche en la preparación. Es, justamente, sobre esta última manera sobre la que queremos concretar una reflexión de naturaleza léxica y una reflexión de espíritu etnográfico o sociocultural.

La imprecisión marca nuestros rumbos más característicos. Cultura del más o menos y de los valores aproximados (“ni lo uno ni lo otro; sino, todo lo contrario”, quería para el país uno de sus políticos del tiempo cercano), todo entre nosotros parece ser casi algo, pero nunca algo; todo quiere llegar a la cima, pero se extravía en el camino. El lenguaje, para nuestra gloria o nuestra desdicha, pinta nuestro retrato de permanentes medios claros y medios oscuros. Y de ello se trata cuando hasta para pedir un exquisito café, dudamos entre los extremos más firmes y optamos por preferir lo que se define por su indefinición. El nombre extendido para una taza de café que no es café negro ni café con leche ni su natural mezcla, el firme y corpóreo “marrón”, se hace símbolo de cultura y entidad de psicología social, muy por encima de lo que creemos gusto ingenuo o capricho para mortificar a los dependientes de cafeterías y panaderías que nunca sabrán distinguir entre la frágil frontera entre el “café con leche” intransitivo y el transitivo “marrón”. Una poderosa epistemología rubricada por las designaciones que damos al café.

Los nombres no hacen sino reflejar los pulsos de la vida. Cuando estos son débiles, aquellos señalan debilidades; cuando estos señalan firmezas no hacen sino retratar realidades con tratos firmes. Creo que tendríamos que pensar mucho más los nombres que tienen nuestras realidades y los nombres que damos a nuestras realidades. Ambos movimientos resultan deícticos de lo que somos y postulan trascendencias que superan las maneras ingenuas de pedir (sentir) por costumbre o empeño.

Sepan todos, entonces, que cuando pedimos un “marrón claro” no solo caracterizamos un gusto, sino que dejamos una huella que nos radicaliza en la imprecisión, la duda, el “más o menos”, el “ni esto ni aquello”, el “peor es nada”, el “qué más da”, el “ya veremos”, el “a lo mejor”, el “haré todo lo posible”, el “entre una hora y otra”, el “faltan cinco para las doce”, el “no quiero que me vean”, el “yo no fui”, el “creo que”, el “tipo normal”, el “ser como”, el “no estamos trabajando con”, y muchas otras formas de inseguridad e inestabilidad en la lengua (en la vida). Disyunciones afectivas, distorsiones apreciativas y disgregaciones aleatorias que dibujan el cardiograma de un corazón de sociedad que ya desconoce a qué ritmo debe latir y que ha hecho de la fibrilación su mejor imagen.

Sepan todos, pues, que cuando pidan un simple café no es un simple café lo que están pidiendo, sino una forma de entender la vida; no un simple café “a mi gusto”, sino una escogencia de vida de signo ganador o perdedor. Así las cosas, mejor será concluir afirmando, finalmente, con la rotunda firmeza de un “café con leche”, un “marrón” o un “negrito”, que el marrón claro no existe.