• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

Para una historia lingüística del panhispanismo (2)

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La creación de las academias hispanoamericanas a partir del siglo XIX vendría a entenderse como uno de los hechos históricos más determinantes en la conformación de esa comunidad de intereses comunes en la lengua que había vislumbrado Andrés Bello. Además de ocuparse en empresas de compilación y descripción del español americano, base histórica de gran trascendencia para el conocimiento que hoy tenemos sobre la lengua española de América, querrían estas corporaciones, entendiendo su condición de academias correspondientes de la Real Academia Española (en absoluto una posición colonial de nuestras instituciones en su vínculo con la corporación madrileña, opinión que maliciosamente se difundió para malograr el espíritu asociativo que ya las iba caracterizando), actuar como comunidad que crecía en su unidad gracias a su diversidad, base del pensamiento teórico sobre nuestra lengua durante buena parte del siglo XX. 

Asimismo, las academias hispanoamericanas llamarían la atención sobre el crecimiento del elemento foráneo en nuestras maneras de hablar, según las nociones de intromisión lingüística que eran propias en la teoría del lenguaje por aquellos años (nada se sabía aún sobre los beneficios reportados por los intercambios lingüísticos y por el contacto entre lenguas). Así, Ricardo J. Alfaro, el fundador de la Academia Panameña de la Lengua y uno de los académicos más competentes en cuanto a la materia anglicista del español, concebiría la corporación del país del istmo, desde ese entonces y hasta mucho tiempo después influida por el país del norte, como una empresa para frenar inteligentemente la presencia de “lo extraño” lingüístico en el español de la nación centroamericana. Corría el año 1920. También, hay que decirlo, la generalidad de los lexicógrafos hispanoamericanos del diecinueve habían insistido en el repudio de los extranjerismos al que conceptualizaban, no sin razón, de “barbarismos”. Están allí los estudios del colombiano Rufino José Cuervo y de los venezolanos Julio Calcaño y Juan Seijas, entre tantos otros.

Transcurriría algo más de treinta años, cuando la Academia Puertorriqueña de la Lengua emprendería, sobre circunstancias solo diferentes en los detalles, una empresa de reapropiación lingüística similar a la vivida por la hermana corporación panameña. Me atrevo a decir, a riesgo de equivocarme en el dato mas no en el sentimiento, que muchas otras de las academias caribeñas y centroamericanas corrieron semejante albur. Decía, que aquí en San Juan, patria de grandes estudiosos de la lengua, tales como ese reverenciado astro llamado Augusto Malaret, se emprenderían similares batallas por la defensa del idioma en abierto combate con la cultura y lengua de los Estados Unidos.

La reflexión que construimos teniendo como base una selección bien intencionada de momentos históricos no busca hoy fustigar al país del norte sobre la base de situaciones del pasado, sino entender cómo el papel de las academias fue cada vez más activo y más determinante como contención del anglicismo innecesario y de moda en los espacios de nuestra consolidación de una política sobre la unidad del idioma amparada en su diversidad; creación y no castración como se creyó mal, tanto y tantas veces. Nadie respaldaría en el presente la idea de que para fortalecer al español hay que impedir que se nutra de voces ajenas a nuestra lengua, tan vivas y bien asimiladas en el habla cotidiana, gracias a esa capacidad envidiable que tienen las lenguas de favorecerse a su modo de todo lo que el uso expone como válido.

Llegamos, de esta suerte, al año 1951 en el que se crea la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale), último eslabón en el largo proceso de desarrollo de las gestiones panhispánicas, simiente de acuerdos comunes para comprender el tratamiento de la diversidad. Durante el primer congreso de las academias, celebrado ese mismo año en México, con el apoyo del presidente mexicano Miguel Alemán, se reunía la Comisión Permanente, presidida por el académico español Agustín González de Amezúa. Un acuerdo de este congreso sería la actualización de los principios de 1870 y la redacción de los Estatutos que regirían en una asociación las relaciones entre la RAE y las academias hispanoamericanas. Nueve años más tarde, en 1960, durante el III Congreso de Asale, celebrado en Bogotá, se firma el Convenio Multilateral de Bogotá, en el que los gobiernos hispanoamericanos reconocen oficialmente el carácter internacional de la Asale.

El texto definitivo del corpus legal de la asociación establecería, además de las atribuciones rectoras de la Comisión Permanente, la conformación tanto de este organismo interno como el de la institución toda, con un presidente a la cabeza coincidiendo con el académico que ocuparía la dirección de la RAE, un secretario general electo por el pleno de directores y presidentes de las academias hispanoamericanas, un tesorero escogido por la RAE y cuatro vocales rotativas cada año por parte de académicos americanos. Hay que destacar que desde su creación a mediados del siglo XX y hasta el presente, la secretaría de la ASALE, como ente ejecutor de las decisiones, ha estado conducida por el argentino Luis Alfonso (desde la creación hasta 1979), por el académico colombiano José Antonio León Rey (desde 1980 hasta 1994, año de su fallecimiento), por el académico puertorriqueño Humberto López Morales (desde 1994 hasta el pasado 2015) y, en la actualidad, por quien les habla. Llegado a este punto es de justicia hacer reconocimiento público de la impagable tarea cumplida por López Morales, quien durante más de dos décadas acometió uno de sus mayores procesos de renovación y modernización de la institución, fortaleciéndola gracias al efecto benéfico del rigor científico y de la fraternidad interacadémica.

Los quince congresos celebrados hasta el presente vienen a confirmar la robustez de una institución multinacional conquistadas gracias a las fraternidades y a la capacidad de acuerdo en relación con un conjunto de proyectos que se han traducido en uno de los cuerpos descriptivos más notables con que jamás haya contado nuestra lengua. La RAE y las academias hispanoamericanas se han sumado a la tarea común y conjunta de elaborar, enriquecer, revisar y divulgar una veintena de obras en donde el léxico, la gramática, la ortografía y la literatura en español se ha visto evaluado con sistema y modernidad lingüística y en donde se ha dejado grabada como seña de identidad, la hechura panhispánica de los proyectos en su doble perspectiva de comprensión: la lengua regional cobijada por el dosel de la lengua conjunta y la conjunta metodología de elaboración de las obras.

Más allá de la satisfacción que produce saber que nuestra lengua ha tenido y tendrá un destino tan prometedor, debido al aumento de las cifras de los nativos hispanohablantes y a la siembra de lo hispánico en las más diversas y distantes latitudes, la reflexión del día parece ser una que permita proponer rasgos de asentamiento de nuestra lengua por vías diferentes a las de la comunicación convencional; que, en otro sentido, no lucen nada objetables. Me refiero al poder que tiene nuestro rico idioma español en los espacios de la creación literaria, filosófica, científica, cinematográfica, informática y mediática. Concebidas y divulgadas en español, parecen reclamar ya un papel en la hechura de nuestra modernidad lingüística y en la factura de un dominio cultural que gana sus mejores espacios por ser espontáneo y no impuesto, libre y no atado y abierto y no sujeto a los colonialismos de ayer y de hoy y, muy notable como saldo verbal de cultura y, en consecuencia, cultura gracias a un lenguaje de noble pasado, de brillante presente y de promisorio porvenir.

Me gusta pensar que transitado el largo camino que he resumido en esta intervención, el sueño de Bello ha quedado cumplido y satisfechas cada una de sus aspiraciones para que la comunidad de intereses lingüísticos haya alcanzado los niveles que están a la vista y que permiten seguir construyendo un mejor futuro para nuestra lengua. En esta idea, los académicos chilenos Alfredo Matus Olivier (presidente de la honorable Academia Chilena), Iván Jaksic y Fernando Lolas han rotulado a este gesto en Bello como “gramática de la libertad”. Ernesto Sábato decía que en el apellido de Andrés Bello se reunían las esperanzas de un mundo más estético, más ordenado, más libre y más bondadoso para nuestras naciones. La verdad de este acierto es indiscutible si lo pensamos en la dimensión de una lengua que, como quería Bello, estuviera solo regida por la verdad que el uso marcaba. El uso como su fuerza motriz en cualquiera de sus situaciones. La gramática y su fidelidad al uso, en suma, como ejercicio de liberación y como relato de  libertades.