• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

Para una historia lingüística del panhispanismo (1)

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Cuando en 1847 Andrés Bello publicaba su Gramática de la lengua castellana, no imaginaba que su impronta estaría anticipando las bases de la futura lingüística panhispánica. Al subtitular esta obra, al decir de muchos, el cuerpo sistemático más notable con el que aun contamos para entender el funcionamiento de nuestra lengua, con el sintagma “destinada al uso de los americanos”, pensaba Bello en una comunidad lingüística que debía asumirse general y que debía, también, dejar atrás las falsas diferenciaciones producto de pequeños localismos frente a la lengua general producto de fuerzas comunes de crecimiento y expansión. En su idea, además, quedaba claro que este carácter de comunidad lingüística con la que entendía el valor del idioma, no exigía los gestos antiespañol y pro americano que muchos intencionadamente quisieron ver, respectivamente, como rasgos de irreverencia y liberalidad del sabio más prodigioso que jamás naciera en este lado del Atlántico. Ganado por el principio del orden, será su obra completa la mejor realización de una pasión de equilibrio como contraparte de la inestabilidad social que se había asentado en las naciones americanas después de la independencia. Para Bello, la ordenación del cuerpo social o general que dibujaban las constituciones y las leyes y la ordenación del cuerpo privado o particular que retrataban los manuales de urbanidad venían a confluir radiantemente en la gramática como cuerpo codificador de los modos de hablar; usos que reflejaban las fuerzas interiores que regían la espiritualidad de los hombres. Quedaba, de esta suerte, inaugurada en su filosofía de la lingüística del español la impronta de una comunidad de intereses por la lengua común, el vínculo más poderoso de unión entre los hombres, las sociedades y las naciones.

Este brillante momento inaugural que Bello anticipa, sería continuado con no pocos obstáculos y con un muy numeroso conjunto de dificultades que esa comunidad lingüística tendría que afrontar y superar. La referencia recae en el momento fundador de las primeras academias correspondientes a finales del siglo XIX. Con el apelativo de “correspondientes” irían sucediéndose, a partir del año 1871, en que se funda la Academia Colombiana de la Lengua, y hasta el final del siglo, cuando le suceden las academias de Ecuador (1874), México (1875), El Salvador (1875), Venezuela (1883), Chile (1885), Perú (1887) y Guatemala (1887), el conjunto de las corporaciones decimonónicas que bajo la clara impronta del pensamiento bellista, tácito o expreso, gestarían el primer ramillete de esa comunidad de intereses gestados por una lengua común que crecía rastrillando las preciosas diferencias de un mar lingüístico que sí admitía ser virtuosamente arado. La situación de correspondencia de estas corporaciones estaba latentemente fomentando la gestación de una institución que las congregara bajo la impronta común de afectos por la lengua española y por la creciente presencia que ya comenzaba a tener nuestra lengua en el concierto mundial de cultura y comunicación. La literatura aquí vino a jugar un papel más que determinante en la fragua de una identidad hispánica, entendido este concepto como aquello que nos identifica en lo diferente y aquello que nos distingue en lo similar; haberes indiscutibles de la lengua española de antes y de hoy. Resulta el momento de las primeras formulaciones del nutricio principio teórico de la “unidad en la diversidad”, al que tantas páginas legas y especializadas se le dedicaría durante todo el siglo XX.

Como se sabe, la Real Academia Española había propuesto en 1870 una comisión para la creación de las academias americanas, cuyo secretario fue el numerario mejicano-español Fermín de la Puente y Apezechea, discípulo del gran Alberto Lista, quien redactó un Reglamento para la fundación de las Academias Americanas correspondientes de la Española. El precioso documento traza la ruta que siguieron tanto las primeras corporaciones para su nacimiento en calidad de correspondientes y, lo más sustantivo, sueña con una institución que congregue y represente a cada una de las instituciones que irían fundándose. La entiende como una federación natural nacida al amparo de la fraternidad propiciada por la lengua. Al preguntarse “Qué falta?”, responde con una clarividencia y claridad que hoy causa asombro: “Que sin perjuicio de que continúe tan benéfica corriente, se alimente y enriquezca con veneros propios concentrándose en las respectivas Academias, cada una de las cuales represente en su país dignamente a la Academia Española, todas tan españolas como ella, formando entre todas una federación natural que no reconozca límites ni barreras dondequiera que sea lengua patria la lengua de Cervantes, cuyos pueblos (ya lo dice la Academia Española) podrán formar diversas naciones, pero nunca perderán esta robusta y poderosa unidad, nunca dejarán de ser hermanos”. Federación, unidad y fraternidad serían los más claros indicadores con los que la futura asociación tendría que edificarse. Aquí, los epígonos de Bello cumplirán un papel estelar, siendo el más brillante de todos el colombiano Rufino José Cuervo, un estudioso que inaugura su andadura con una obra que hará historia en la lingüística, las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, que centrará sus intereses en la constitución de una visión diatópica del español. Estaba el español regional americano buscando hacerse un sitio para fertilizar y desarrollarse.

Una reafirmación del singular logro de esta comisión panhispánica sería modernamente señalada por Alonso Zamora Vicente al momento de redactar la historia de la Real Academia Española (1999): “Es la primera comisión de Academias Correspondientes Americanas que, con alguna variación, ha venido ya figurando en las actividades académicas hasta la creación de la Asociación de Academias”. Apuntaría Zamora Vicente que estos empeños buscaban, también, restituir los vínculos rotos por el proceso independentista y frenar, además, la instalación del espíritu anglosajón.

En seguidilla se sucederían nuevas fundaciones académicas a partir de las primeras décadas del siglo XX y todas estas empresas traerían cada vez con más insistencia la necesidad de una institución macro que tendría que agruparlas para su promoción como conjunto cohesionado de vocaciones por la lengua: la Academia Costarricense, en 1923; la Academia Filipina, en 1924; la Academia Panameña, en 1926; la Academia Cubana, en 1926; la Academia Paraguaya, en 1927; la Academia Boliviana, en 1927; la Academia Dominicana, 1927; la Academia Nicaragüense, en 1928; la Academia Argentina de Letras, en 1931; la Academia Nacional de Letras de Uruguay, 1943; la Academia Hondureña, 1948; la Academia Puertorriqueña, en 1955; la Academia Norteamericana, en 1973. Una realidad del inmediato futuro será el de la integración de la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española y de la Academia del Judeo Español, como las corporaciones número 23 y 24 de la Asociación de Academias de la lengua Española.

Sin embargo, antes de que todo este recorrido se concretara, aparecerían algunos nubarrones en cuanto al destino de la lengua y al papel que deberán jugar las academias. Es el tiempo en que se entiende como problema la presencia del elemento foráneo; en realidad, una traslación del gusto decimonónico por el purismo y la sanción, visto ahora no ya a lo interno de la lengua, sino a lo que proviene del que se cree dañino ente exterior del organismo. La referencia no será otra que la presencia del elemento foráneo en el español americano, específicamente el de aquellas voces de origen inglés que quedaban instaladas en el español americano y que servían de doloroso correlato de los ánimos neo-coloniales de explotación material y de siembra cultural de lo ajeno.

Habría que remontarse a los años finales del siglo XIX, cuando, al auspicio de voces tan sonoras como la del grande Rubén Darío, cuyo centenario hemos festejado en este congreso, o como la del no menos grande pensador uruguayo José Enrique Rodó, colosos ambos de la gesta anti norteamericana que se desarrollaba como contención frente al auge cada vez más irrefrenable (y lo sería, a la larga) de lo anglosajón en nuestro mundo de dorado abolengo hispánico. Desde Venezuela, el filósofo César Zumeta, tan modernista y tan siglo XIX como sus antecesores, hijo de Darío y de Rodó, haría resonar nuevas alarmas en un tratado de combate que titula El continente enfermo. Perdiendo todos ellos la batalla, harían su repudiable aparición, ya en pleno siglo XX, el pitiyanquismo de muchos americanos y la impronta bananera de muchos estadounidenses. Una suerte de fifty-fifty que nacía en nuestros campos agrícolas y petroleros y se domiciliaba como herida siempre abierta en las mentes y corazones de muchos de los nuestros. La lengua española ya estaba lacerada o al menos así se creía.