• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

La esperanza no siempre es tan plácida

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El que escribe estas palabras está a punto de morir. Aunque parezcan resultar como nacidas del descreimiento, no son sino hijas de la fe. Quieren decirnos que por más que el porvenir no luzca luminoso, hay que seguir creyendo en cada amanecer. Está convencido el que las ha escrito –pues lo ha vivido tanto–, que solo en los tiempos críticos el gran arte traza como su mejor aventura de florecimiento. Está seguro de que la historia no puede ser el museo de lo acontecido, ni siquiera para aprender con ello lo que el futuro nos deparará. Combate y polémica son el mejor alimento para la gesta del pensamiento y para el ensayo de la invención. El tiempo inseguro es el tiempo fecundo. La quietud queda encarnada en el torbellino de los combates. La crueldad y la violencia nos enseñan el rostro verdadero de los hombres. La miseria y la peste del presente dibujan el mejor de nuestros retratos; ése en donde la verdad de los sentimientos no requiere impostación, sino solo dejarlos que ellos se encaminen hacia la libertad. La herejía cultiva con ternura la santidad de la que estamos necesitados. El destino más pretendido no es otro que la espera por la extinción de las pasiones coetáneas. Esa tan querida placidez, la de ese tiempo perdido que nos obstinamos en recuperar, no va a llegar. Seremos otros, porque ya lo somos.

“Por eso todo proceso de Cultura para las gentes que participan en él, suele resultar tan dramático, ya que los bienes del Espíritu que deben contribuir a la concordia y armonía humanas, no son frutos que caen del árbol como dádiva gratuita, sino hay que conquistarlos y ganarlos en la envidiosa palestra del mundo”. Esto nos dice el hombre que está a punto de morir y que ha escrito estas palabras. Está diciéndonos, como su mejor legado, que siempre la belleza nace del desamparo y que el desamparo nace para que la belleza nos salve, como insuficiencia y como insatisfacción en la empresa imposible por alcanzar el infinito.

Su lenguaje bíblico no deja de lapidarnos. Versículo 1º: “Quisiera que nuestro trabajo se cumpliese sin hinchazón, vanidad ni pedantería, es decir con los dones más ágiles y sociables del espíritu”. Versículo 2º: “En nombre de la Cultura, quizás no debamos alterarnos por cierta gritería, o impaciencia o simple estallido de malos humores, que a veces se pretende disfrazar de libertad democrática”. Versículo 3º: “Muchas gentes andan atropellándose por las calles, aullando su zozobra y angustia desde las sirenas de sus automóviles, vertiendo sobre los transeúntes granizadas de insolencias y quizás pensando –con algún grupo de fanáticos– que las cosas irán muy bien para ellos cuando puedan cortarle la cabeza a quienes envidian o no veneran los mismos mitos”. Versículo 4º y último: “En este mundo distorsionado en que ahora se vive hay demasiadas abstracciones, demasiadas entidades que respetamos y escribimos con letra mayúscula y hemos perdido el amor y la caridad de lo concreto; del pan y la sopa; del vecino y del pobre; de Pedro, Juan y Diego”.

El texto germina en lo testamentario. Rompe sus sellos y hace las entregas, repartiendo o escatimando los bienes. Escoge y selecciona (los movimientos más justos de la inoportunidad) y, entonces, la felicidad y la amargura llegan imperturbables ya para siempre. Frente a todo, el dadivoso que está a punto de morir enriquece a todos con una doctrina del canto verdadero y sosegado frente al grito histérico del mentiroso que quiere convencer a puntapiés. Antes o después del arte están los valores de la democracia con sus saldos anhelantes de libertad.

También, las palabras escritas por el hombre que está a punto de morir intentan proponer el vocabulario más acorde con el tiempo y el más permanente en promisión. De esta impronta, quedan grabadas algunas de las voces más necesarias y necesitadas de realización: diálogo, respeto a las diferencias, desprecio al fanatismo, descreimiento en lo rudimentario, superación de las mentiras del desconfiado trato terrestre, acercamiento al mundo inteligente, auspicio de la conciliación, fe en la concordia, goce de los bienes del espíritu y repulsión a la sórdida y confinada miseria del alma.

El texto y sus palabras, en su condición de organismos vivos, proponen una asistencia contra la chabacanería y la vulgaridad, contra el bullicio y el hablar sin templanza; una asistencia contra la banalización del bien y del mal, contra la trivialización de lo grande y lo sencillo, contra la insensibilidad del dolor ajeno, contra el aletargado consumir de ideas impropias (las que pertenecen a otros), contra la imposibilidad de creer en el silencio y de saber usarlo para decir (“porque su vida interior se deshizo en el alboroto”); y, en medio de tantas contras, una poderosa razón de cultura para oponerse a “las falsas aventuras a que convidan el odio y la destrucción”.

El que escribe y que está a punto de morir, termina sus días sin aviso un 1º de enero de hace cincuenta años atrás. Había dejado testamento de fe en la estética de la vida y del arte; había compuesto un credo para que lo siguiéramos transcurrida la media centuria desde su muerte, pues su verdad no pasa y sus palabras más que envejecer se remozan con la funesta realidad de todo presente. Tocado por la sibila, el escrito que nunca su autor pudo leer en acto público se hizo oración y, como tal, hoy se lo venera. Su título: “Prólogo al Instituto Nacional de Cultura” (1965). Su autor: Mariano Picón-Salas. Su poder didascálico: ése reconstruir las estaciones para la salvación.

Hijo de la fe, hoy le dejamos votos en el más grande altar de nuestro humanismo y hoy leemos con solemne sacralidad cada una de las palabras que no pudo leer, porque estaba muerto. Sin quererlo, había depositado en su último escrito la sabiduría mejor lograda de su producción. Una sabiduría vindicadora del hombre bueno que fustiga sin clemencia la ruindad de los hombres; ese afán de dominación y destrucción. Fruto artístico, el primero; hecho de miserias, los segundos. Promueve la idea de una cultura del bien (la que es lucha contra el tiempo inseguro e invitación para la concordia) y así concibe el mejor destino para su mensaje. Finalmente, una esperanza ganada en las tormentas de la razón que ya anuncia la placidez.