• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

El deterioro de la lengua (2)

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La evaluación sobre la problemática de la lengua (la lengua como problema) fija su atención en la presencia del insulto, ya no el que es producto de una espontánea necesidad personal, sino el que resulta forma de descalificación pública. Su importancia es tal, que se erige como indicador de abismos morales y sociales por donde transita una comunidad que está enferma.

La situación del insulto criollo tradicional parece tener origen firme en las arenas políticas del siglo XIX, o al menos es ese el tiempo en que los documentos nos lo afirman con certeza incuestionable. El tiempo colonial no deja huellas claras sobre afanes denigratorios que nacerán, a falta de otras confirmaciones, a consecuencia del proyecto independentista.

Una tradición denigratoria emerge en Venezuela en este momento y su impronta sigue desarrollo creciente hasta el hoy más abismado. Todo indica que nos es propio el raro gusto de recurrir al insulto cuando no se puede refutar argumentativamente al contrincante verbal. Se asume toda situación lingüística pública como campo de batalla. Convivimos con regusto malsano en estas “hogueras verbales”, de las que hablaba Ramón Díaz Sánchez para referirse a las contiendas decimonónicas, tan dañinas para una sociedad. El respeto y la consideración hacia el otro parecen ser extrañas criaturas en el tiempo que vivimos.  

Todo insulto insulta y esta perogrullada nadie puede ponerla en discusión (se ha querido en ocasiones ultra corregir la motivación de algunas saetas difamatorias señalando falazmente que la intención del insulto no era insultar). Por otra parte, el insulto siempre es un arma de doble filo, pues termina recayendo en el insultante más que en el insultado (efecto bumerán), cuando la realidad no constata lo que el insulto metafóricamente señala (y es siempre este su funcionamiento) o cuando los razonamientos han cedido su espacio a la invectiva soez y al calificativo deshonroso. Quizá el insulto y las formas gruesas de hablar sean los más claros reflejos de los males que se anidan desapercibidos en la constitución de las sociedades.

Hermano gemelo del insulto, la vulgaridad en los modos de hablar pasa a ser el más claro indicador de lo mal que se encuentra una sociedad cuando procede sin afecto alguno a maltratar la lengua y a desinteresarse por lo que ella tiene de privilegio personal, nacional y cultural. Ninguna institución humana exige tanto del cariño como la lengua. Su saber y su uso sabio son hijos de un gran amor. El amor a la lengua, además de sentimiento, es el mayor alimento para su inteligencia (la ciencia) y el más grande motivo de actuación racional. Todo en la lengua es una razón de amor (el amor a la razón). Mente y corazón la gestan, la determinan, la desarrollan, la activan, la promueven y la hacen cambiar hacia formas cada vez más nobles de hablar y cada vez más cercanas a quien la habla. De esta suerte, todo en la lengua es proceso dual por pensar y comunicar lo que queremos (el amor) y lo que necesitamos (la razón). Estas notas teóricas nos indican que si el desprecio a la lengua toma el lugar del amor, la razón abandona sus empeños y esta nueva lengua producto del desamor y del maltrato se transforma para mal y se hace producto desconocido del uso e instrumento inservible para todos.

La praxis degenerada de esta instancia del desamor a la lengua es manifestación más que clara de los daños que la lengua recibe y de los virajes innecesarios a los que se la somete: pronunciaciones caprichosas o inexactas (v.g. la falsa distinción entre los fonemas /b/ y /v/, insistida por locutores y comunicadores en su ejercicio diario tras el micrófono o delante de las cámaras), usos agramaticales y contrarios a la morfología (v.g. la cada vez más agresivamente boba duplicidad de géneros en sustantivos y adjetivos, que ha producido aberraciones y dislates de toda laya), la mermada capacidad para construir discursos solventes, el auspicio de los dejos malandros de hablar, la equivocada gestión de los aportes criollos en la lengua general (algunos hablantes piensan que la frecuencia de uso de venezolanismos anula los valores del español general), la influencia negativa de usos impropios en el lenguaje publicitario al amparo de una creatividad y una estética que no son tales (grave cuando se trata no solo de invenciones neológicas, sino de ortografías anómalas de palabras comunes: “kakao” en vez de “cacao”, por ejemplo), la irresponsabilidad de algunos escritores que irrespetan, movidos por razones económicas o por banalidad, la dignidad de la creación verbal escrita (se producen libros que no son tales, poemas que no son poemas, novelas que no son novelas, estudios y ensayos que ni ensayan ni estudian, manifestaciones todas del libro falso y ejecutorias del escritor falsario; no todo lo publicado en forma de libro lo es y no todo el que escribe un libro es un escritor), la vía fácil de la última hora literaria o las golondrinas sin verano de autores incipientes ganados al soborno de una fama editorial que es puro humo, la inexistencia de una crítica literaria que estime la lengua en la conceptualización de la creación, el descreimiento de muchos maestros de la lengua sobre la arista social de su tarea de ciencia y erudición, el convencimiento personal-institucional-gubernamental sobre la importancia del hablar y escribir con dignidad y, entre otros males, la caída de la educación lingüística y literaria.

La complejidad de la problemática y la incidencia que reporta en la hechura de la fragua social nos permite enunciar la rotundidad de la ecuación demostrativa (indicativa): deterioro lingüístico es igual a decadencia de una sociedad. Nos permite, también, anunciar que cuando la lengua ha asentado los deterioros con tintes tan agudos y cruentos, la caída social es ya irremisible, pues gesta y concibe nuevos comportamientos que harán germinar nuevas maneras de hablar y estas serán, fatalmente, más pobres que las anteriores.