• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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El deterioro de la lengua (1)

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Organismos dinámicos y cambiantes, las lenguas desarrollan sus fuerzas auspiciando procesos de transformación que no siempre son cónsonos con las formas y estructuras canónicas que vienen funcionando desde tiempo atrás. Los usos que se consideran violaciones a la norma terminarán irremisiblemente, si son privilegiados por los hablantes, haciéndose norma corriente y extendida. El estudio de los deterioros resulta por ello en la moderna ciencia del lenguaje uno de los mayores tópicos de investigación en la comprensión de los cambios lingüísticos y una interesante evaluación de la actividad purista y conservadora, fuerzas también inherentes a la lengua. En otras palabras, la lengua al unísono gesta desviaciones a la norma e interpone mecanismos de corrección para frenar todo tipo de cambios drásticos en el paradigma. Si no se enfrentaran estas posiciones, la novedad permanente o la sujeción forzada a la tradición se entenderían como polaridades asistemáticas. Al contrario, son parte del sistema de la lengua y actúan armónicamente en todo tiempo y circunstancia.     

Los deterioros existen tanto en el habla coloquial como en la escritura. La naturaleza de la oralidad (lo hablado) ofrece realizaciones licenciosas que la ortografía (lo escrito) no puede avalar. La ortografía es por esencia normativa. La oralidad es, si no del todo contraria a la norma, sí más proclive a transgredir modos y a abrir espacios para usos más relajados de producción lingüística. Se puede ser moderadamente permisivo en la oralidad y tajantemente restrictivo en la ortografía.

Los deterioros son elementos constitutivos en la evolución de las lenguas. Forman desde siempre parte del sistema, aunque solo los podamos percibir en nuestro propio tiempo y espacio. Un ejemplo virtuoso podría ser la situación de deterioro que supuso el latín vulgar frente al latín clásico. Un texto, conocido como el Appendix Probi, redactado por el maestro Valerio Probo, cuyo nombre quedó perpetuado en la lengua en forma de adjetivo, marcaba los errores de sus estudiantes de lengua, practicantes de un latín coloquial anormativo, y manifestaba su preocupación por la pérdida de pureza del latín de la Edad Clásica.

En el presente, la responsabilidad de los medios es muy grande en relación con el deterioro de la lengua. La facilidad de aplicación del recurso comunicacional, la rapidez en la reflexión sobre la programación y la poca preparación de los actantes en materia de lenguaje, en líneas generales, hacen que sean los medios un vehículo voraz para la depresión lingüística. Los medios propagan, queriéndolo o no, modos inexactos de hablar, construcciones impropias, creaciones léxicas no avaladas por el uso, pronunciaciones afectadas o anómalas y, en general, un desconocimiento profundo de la lengua. Sin aprovechar, en gran medida, las posibilidades educativas que tienen los medios de comunicación para el beneficio de mejores formas de expresión y para el auspicio de capacidades para un mejor hablar, se desvían en propagar creaciones léxicas y fraseológicas pasajeras y todas las formas de inoperancia expresiva camufladas tras un vértigo verbal atropellado y un horror al vacío y al silencio lingüísticos, como si el decir mucho fuera la realización sublime de un correcto ejercicio de la lengua.

Nada peor en materia lingüística que la banalización de la palabra. Trivializar la lengua y hablarla sin reflexión es un mal muy extendido y repudiable. Se puede estar hablando sobre asuntos corrientes y ello no obliga a hacer uso impropio de la lengua. Para las distintas situaciones la lengua provee al hablante de “cambios de registro”, es decir, de modificaciones de las formas en función de las situaciones comunicativas concretas. No se hablará igual en situaciones formalizadas o graves que en otras distendidas y recreativas. Cruzar o confundir unas con otras resultaría ridículo. Los distintos protocolos discursivos exigen que seamos capaces de amoldarnos a las situaciones y que no insistamos en usar una forma en una situación inadecuada y, menos, en que pretendamos hablar siempre igual en distintas situaciones.

La presencia del tópico lingüístico en los medios viene a significar una respuesta positiva a los usos y abusos del lenguaje en Venezuela. Cuando esa presencia se desvincula de la polémica circunstancial o de la réplica ante algún disparate lingüístico cometido por algún hombre público, el comunicar gana en entidad y en dignidad y se hace enseñanza y divulgación de las noblezas de la lengua.