• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

Una curiosidad lexicográfica de 1890

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Movido por el espíritu purista, un muy fuerte rebrote de esta tendencia será motivo central en la descripción propuesta por Juan Seijas para su Diccionario de barbarismos cotidianos (1890). Concibiéndolo con una estructura explicativa que trabaja las voces desde una consideración sancionadora o elogiosa de los usos, ambiciosamente pretende alertar sobre “todas las impropiedades del lenguaje hablado ó escrito, que se escapan diariamente a cierta clase de gentes”. Su proceder explicativo contrapone con las voces “correctas” frente a las “populares”, objetivo último de la descripción purista.

Considerado como un autor fundamental para el conocimiento de español americano, Seijas, para ese momento residenciado en la Argentina, elaborará este texto con intenciones sancionadoras motivadas por el insumo poderoso que suponía tener a la vista uno de los dialectos hispanoamericanos más renuentes a las normativas y más zafado de los cánones restrictivos de naturaleza académica. Ciertamente, y hasta el presente, será un tópico de estudio la liberalidad (su riqueza) en el empleo del español rioplatense (allí tenemos la ruda polémica entre el escritor Jorge Luis Borges y el filólogo español Américo Castro). Demostraciones elocuentes de esta situación serían la inexistencia en la Argentina de una Academia correspondiente de la española y, en su lugar, la presencia de una Academia Argentina de Letras que se consideraba “Asociada” y no “Correspondiente” de la Real Academia Española y que se establece muy tardíamente, en 1931. En el mismo sentido, la clásica polémica que sostienen el filólogo Américo Castro y el escritor Jorge Luis Borges en torno a la existencia de una lengua argentina, que produjo el magistral trabajo de este último: La lengua de los argentinos, viene a hacer entender que se trataba, especialmente en el momento en que trabaja Seijas, de una de las variedades hispanoamericanas más ricas y productivas de restricciones. Casi como frente a un manjar, elaborará con deleite purista su diccionario para cuestionar los usos “bárbaros” y para ofrecer las formas legalizadas de la lengua. En otro orden de consideración, Seijas será un adelantado de la descripción de la variedad del español argentino, ya que, Daniel Granada, la indiscutible autoridad, había publicado su Vocabulario rioplatense razonado, en Montevideo, apenas un año antes, en 1889.

En Seijas ya se vislumbran algunos quiebres al dogmatismo purista en tratamientos encontrados y en actitudes dubitativas sobre la aplicación irracional del purismo que, sin duda, impulsarán y justificarán la arremetida posterior, como veremos, de Julio Calcaño. El señalamiento de lo que evita resulta también documento significativo de las prácticas habituales: “He tratado de evitar en cuanto me ha sido posible dar á mi estilo ese tono magistral que predomina siempre en obras de esta naturaleza; ese ceño severo y esa voz levantada del viejo escritor que enseña regañando y gruñendo, como si tratara de extirpar errores sociales de trascendencia perniciosa: no tanto por considerar todo esto cosas de una vanidad indigna, cuanto por ser incompatible con mi edad y poca ciencia”. Muy respetuoso de la lengua y de sus procesos productivos, aunque sin dejar de sostener sus criterios purificadores, hace uno de los tratamientos más dignos de esta materia, tan delicada. Se trata de un raro pensamiento purista que repudia el criterio de autoridad: “Si acaso alguna vez pretendo que prevalezca alguna apreciación mía, es por encontrarla apoyada por buenos escritores y hablistas, cuyos principios, sugeridos por el uso y por no escasa ciencia, son por más de un motivo dignos de observarse. He procurado del mismo modo en mi propósito de ser tenido antes por sensato que por erudito, de tratar errores con sumo laconismo”.

Punto de honor en el trabajo de Seijas lo constituye el repudio de los extranjerismos, en el fondo, los más auténticos barbarismos en la lengua. Haciendo expresa mención del aporte de Baralt a este ámbito de estudio, asentará su criterio sobre este particular. En su crítica hay un dejo muy fuerte de cuestionamiento social a través de los usos lingüísticos, aspecto de implicaciones sociolingüísticas y de refuerzo a planteamientos que propician la idea de que el análisis del discurso lingüístico puede hacer significativos aportes para el conocimiento social, cultural e histórico. Estaba repudiando un hábito social que se traducía en problema lingüístico. Ironiza sobre las personas que viajan y que con vanagloria traen a su discurso palabras y locuciones ajenas a la lengua española con chocante echonería.

Corrupción y casticismo parecían ser los extremos en debate en la consideración de la descripción purista de los diccionarios. Esta contraposición conceptual implicaba una lectura de sus profundas raíces políticas para las sociedades en proceso de formación durante el siglo XIX. El purismo lingüístico venía a contribuir a la idea de que los individuos en su desempeño ciudadano debían estar protegidos y disciplinados por un lenguaje limpio y carente de las máculas que sólo podían provenir del uso degenerado que sociedades, también degeneradas, hacían de él. Por una parte, los disciplinamientos sociales exigían también disciplinamientos en diversos ámbitos y manifestaciones del trabajo cultural. Catecismos, manuales, constituciones y códigos civiles constituyeron algunas de las modalidades genéricas capaces de ordenar las conductas públicas y privadas. Estas exigían controlar el aparato fundamental de subversión del orden social a través de los desarrollos del pensamiento. El disciplinamiento en el nacimiento y fundación de las nacionalidades recién creadas estaba requiriendo un imperativo más: la regulación de las indisciplinas lingüísticas. A una lengua ordenada correspondería un pensamiento ordenado y una comunicación ordenada de las ideas y modos de expresión de conductas públicas y privadas ya expurgadas de toda mancha envilecedora. Las metas del purismo no serían otras que las de vigilar por el buen uso de la lengua y por la asignación de los castigos necesarios para encauzar cualquier rebelión o subversión de las normas.

Hasta aquí, el purismo había actuado como regulador de las transgresiones a la lengua imperial. Su propuesta más enfática no era otra que la de eliminar los vicios que la desvirtuaran o desviaran de su pureza primigenia.

Un segundo proceso estaba generando otro tipo de reacción contra la lengua imperial; español canónico, paradigma de corrección, única expresión posible en una lengua que se entendía como la autoridad suprema y legitimadora. Se plantearía, ahora, el debate como lucha de poder entre el español general, santificado por una Academia de cuño Real y por una tradición de innegables autoridades literarias, y el español americano, recién nacido y de estirpe dudosa. La lucha quedaría asentada, no ya entre un casticismo y su contraparte, sino entre la forma española general y la forma americana de decir. El concepto de americanismo fecundaría para cada una de las hablas hispanoamericanas en extensa descendencia: colombianismo, mexicanismo, argentinismo, cubanismo, peruanismo, venezolanismo, etc.

El purismo venía a generar una respuesta que se afiliaba a la dominación política en su materialización discursiva en todas y cada una de las disciplinas escriturarias, inclusive las de naturaleza lingüística. Sería en éstas, por razones evidentes, en donde se afincarían más los excesos ya que debían ser ellas las creadoras de los instrumentos y las difusoras de los alcances de las políticas tanto de restricción como de liberación del canon. En este concierto de voces discordantes y de permanente rivalidad, unas a favor de los purismos y otras en pro de la liberalización y apertura lingüísticas, los diccionarios, así como también las gramáticas, vinieron a propiciar descripciones desde la restricción y desde la apertura.

El discurso del diccionario no fue más que un discurso de poder; vehículo de dominación, regulación interesada e ideológica, disciplinamiento manipulatorio de la lengua como portadora de las filosofías grupales movidos por intereses de poder. Purismo y antipurismo actuaron como posibilidades abiertas en la dinámica de las relaciones de dominación a través de la lengua en un tiempo histórico caracterizado por el debate entre los imperialismos y sus contrarios. El curioso texto del lexicógrafo venezolano así nos lo evidenciaría.