• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

La cuarta muerte de Rómulo Gallegos

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Tenía diez años cuando supe de la muerte física del escritor, ocurrida el 5 de abril de 1969. Todos los canales de televisión, todas las emisoras de radio y todos los periódicos cubrieron y reseñaron su multitudinario y verdaderamente popular adiós y eso dibujó en mí una imagen que todavía vive fresca en mi memoria. La grandeza de un hombre que hizo llorar a todo un país, como pocas veces antes y muy raras veces después, no se borraría nunca más. Sin entender en ese momento de quién se trataba, supe al rato que su excepcionalidad provenía de haber escrito un conjunto de obras que buscaban comprender a Venezuela desde el sentimiento más profundo y desde la auscultación más perturbadora. Quedaba claro que la literatura no era un pasatiempo para desocupados, sino un compromiso cargado de responsabilidad. Nunca en desmedro de otros muchos autores, Gallegos venía a entenderse como el más agudo, el más acertado, el más constante y el más sacrificado de nuestros hombres de palabra y pensamiento. Haría del amar, del sufrir y del esperar los tres mejores verbos para comprender la angustia de Venezuela y para sellar con ellos su propia angustia de venezolano.

Sus otras muertes fueron anteriores a su propia muerte física. La segunda lo lleva en 1948 a la magistratura más alta del país, para luego desplomarlo, a escasos nueve meses de su investidura, víctima de la más cruel de las traiciones. Era el escritor que se había hecho hombre de acción al posponer su arte en favor de la política, en la que entiende una posibilidad contra el atraso y contra la barbarie. Su péndulo espiritual es afirmación del escritor masivo frente al trágico final del presidente solitario. Cumplido el proceso de esta muerte, será la tragedia del creador confrontado con la bajeza de la política. Ilusionado e iluso por la libertad de un país que no ha conocido hasta ese momento la libertad (qué larga resulta la parábola de más de sesenta años trazada entre Guzmán Blanco y Gómez), el escritor asume el riesgo y salta a la arena, estanca su literatura y se asume servidor de una nación necesitada de democracia, en un tiempo en donde no se la entendía porque nunca se la había practicado. Olfateando su propia caída, no teme correr el albur y, menos, asumir el sacrificio que el país le estaba demandando. Sabrá tardíamente que su lucha estaba destinada a prosperar en los espacios tranquilos y duraderos de la lengua y no en la combustible y pasajera vida pública. Su más grande pecado fue su mayor virtud. 

A su muerte política, y antes de su muerte física, le sigue la muerte tercera del escritor en manos de sus congéneres críticos. Esta vez, ella ocurre en las aulas literarias y en la mezquindad de los malos lectores (los lectores malos) que anudan al escritor permanente con el político circunstancial, que no ven al héroe literario sino a la víctima partidista (o de un partido mal recepcionado), que no estiman la nobleza de su acción estética ni aprecian la entrega de su pasión pública. Interpretación oscura y ajena a toda evaluación honesta y cobro de una factura política de la que el escritor fue la más triste pieza en un tiempo de infieles y traidores. Volverá a la literatura como el desterrado que busca salvación en los territorios de la palabra; su tierra prometida. Refugiado en el lenguaje, entenderá para siempre la tragedia del artista cuando abandona sus playas de permanente brillantez.

Y, hoy, cuando creíamos que ya descansaba para siempre, habiendo superado sus muertes política y crítica y hasta su muerte física, y olvidado de toda retaliación y de tanta tacañería hacia uno de los más robustos servidores culturales del país (premoniciones estas del actual saqueo espiritual que sufre en un país criminalmente saqueado), vuelve a morir Gallegos en su propia tumba profanada. Es la cruel barbarie que toma venganza de nuevo frente al civilizador inerme, arrancándolo de la tierra misma a la que había pertenecido. Gesto detestable de un país en ruinas que ya no se conforma con agredir a los vivos, sino que necesita destruir a los muertos, sean ilustres o no. El derrotado que se desquita del presente en su pasado.

Desasido de la tierra, el hombre asume ahora su muerte funeraria y cede sus espacios, agraciado por el gesto de los sicarios necrófilos, a la criatura inmortal del escritor. Nunca una vil profanación significó tanto para la eternidad literaria. Esta cuarta muerte de Rómulo Gallegos le ha dado vida, ahora sí, para siempre.