• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

El callado adiós de Luis García Morales (1929-2015)

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Quizá sea el adiós de los escritores, la morfología de su despedida, la manera más reveladora de lo que pretendieron con su tránsito. El adiós de los escritores auspicia la espera y anhela la esperanza. La escogencia del morir sereno o violento, la decisión de hacerlo por descargo del tiempo, indica intenciones para la escritura del mundo y determina la calidad en los tratos con la muerte que son tratos con la vida, en realidad. La muerte es la última de las decisiones de una vida. Nada como la muerte de los poetas. Al morir un poeta queda grabado en el tímpano del mundo el sonido de sus signos secretos. Ese sonido será siempre una posibilidad de reproducción y de interpretación; música, en suma.

El reciente fallecimiento de Luis García Morales ha despertado la necesidad de volver a pensar en la verdad de estos enigmas. Oculto de la vida pública, el poeta se despide en silencio. Alejado de los teatrillos de la cultura nacional, pasa las últimas décadas de su vida macerando la exclusividad de su gran poesía. Apartado de la mentirosa oficialidad de los poetas falsarios, construye lentamente el tapiz de su poesía hilando con detalle interminable cada una de sus hebras de oro y plata. Extrañado de la esterilidad del debate contemporáneo, edifica un privado bosque de floraciones inacabables. La permanencia de su hacer en el lenguaje poético está ganada por una recurrencia a base de lejanías. La perpetuidad de su palabra poética ha sido conquistada a merced del repudio de una actualidad vacua y falaz.

Siguiendo el ejemplo de los mejores servidores públicos, hombres dignos como los ha habido y mucho a lo largo de la historia republicana y democrática del país (aunque su legado siempre se vea empañado por la mala prensa de los corruptos, de los ineptos y de los sinvergüenzas), Luis García Morales cumplió con pulcritud las funciones que se le demandaban. Su protagonismo como miembro fundador del grupo Sardio (al lado de los áureos Adriano González León, Salvador Garmendia, Guillermo Sucre, Elisa Lerner y Rodolfo Izaguirre), lo mostraron al país cultural como un hombre de sublime estética, de estilo discreto y de hacer probo. Lo veríamos, entre otras funciones, ejercer los cargos de jefe de redacción de la Revista Nacional de Cultura y de director general de Monte Ávila Editores y, conquistando méritos históricos, como presidente fundador del Consejo Nacional dela Cultura.       

Siguiendo el dictado del príncipe de los poetas latinos, el augusto Horacio, escribe mucho y publica poco. Para más valor, lo hace en un mundo que sigue el camino contrario y aplaude a los poetas que publican mucho y escriben poco; pues el escribir es aquí esa tarea de traducir el mundo a una lengua y de esto, que tantas veces quiso Ramos Sucre, queda nada en el mundo escriturario del presente. Sin protagonismo y sin polémica, Luis García Morales refrendó una didáctica del hacer poético deshojada del volumen en papel y la llevó a destino noble con silente esfuerzo y resultado controlado (apenas tres títulos publicados durante su larga vida y su hacendosa carrera literaria: Lo real y la memoria, 1962; El río, siempre, 1983; De un sol a otro, 1997; además de la compilación de sus Poesías, en 1992; y de una obra reflexiva y crítica dispersa en las principales publicaciones nacionales, especialmente en la Revista Nacional de Cultura  y en Zona Franca, que fundara y dirigiera junto con Juan Liscano y Guillermo Sucre).

Su solo libro El río, siempre le habría valido un lugar en nuestra mejor poesía. Compuesto por versos que hubiera podido haber escrito el mismísimo Heráclito, canta el paso de las cosas como un fluir que todo lo arrastra, como un descreer de todo lo que se afirma y como memoria de lo que se sabe transitorio. Desarrolla la poesía del fluir, como aquel lo hiciera con la filosofía de lo que fluye. El cambio inmóvil, el renacer de la imagen, la historia que siempre comienza, la batalla sin final: “Pasa una mariposa vestida de mi rostro/ Me siento mal frente a este hielo/ Que se desdibuja/ Frente a este humo/ Que se deshace y me transforma/ Escribo la estrella y desaparece/ Escribo el fantasma y es mi olvido/ Escribo mi nombre/ Y el agua pasa por encima/ Lavando su tiniebla/ El río/ El río siempre”. Filosofía del agua en la poesía del agua, gesto presocrático que anunciaba en Éfeso la gesta del cantor guayanés. “El viento es el tiempo/ El tiempo es el río/ El río la oscuridad”, definiciones copulativas de un método que devuelve el símil a la metáfora: “Llega como una gota/ como un hilo/ como una serpiente/ como una turbulencia”. El río –su río– que lo habita (“¿Soy acaso este cuerpo de ahora/ O ese río de ayer que me habita/ El río, el río siempre?”), que lo observa y lo persigue (“Me persigue el río que soy”), que lo confunde y que lo anula (“¿Dónde estaba antes de llegar?”).

Algunos señalamientos sobre el lenguaje y la palabra hacen que este libro, en la tradición de la mejor reflexión lingüística de la poesía, se eleve a un nivel superior. No existe gran poesía que no dé cuenta de su intención lingüística (la biografía verbal de la poesía). Aquí la tenemos en alto grado y en vuelo permanente. Asunto de dioses, los cielos del ángel lo son por sus palabras, tanto como los cielos del hombre lo son por sus acciones. La palabra en su evolución se hace cielo para dar cabida a su ángel (“En el cielo de la palabra hay un ángel”). Perpetuidad de la palabra poética por su naturaleza lingüística. Esta poesía identifica la lengua de los petroglifos del río y los gana para siempre. Arte de la palabra que más que dibujo se hace música. Glosemática de la imagen en su sonido de eternidad: “Si soy el que fui/ Cuando pase su última imagen/ Pasará mi última voz/ Y estas palabras quedarán para siempre/ Entre las piedras”. Primacía del sonido sobre la pintura, triunfo de la palabra dicha, llama de la lengua viva: “La piedra sonará por sí misma hasta el polvo/ y con polvo dibujaremos el sol el agua el tiempo”. La palabra mítica en donde los ídolos sagrados no hablan y callan, en cambio, su palabra prohibida. En esta poesía la palabra es siempre, como el río, un intento por hallar motivos en la realidad, por relacionarse con ella para comprenderla y para cargarla de afectos. “Lo real” será entidad matriz de esta poesía. A este concepto de alta poética metafísica el autor dedica el primero de sus libros e instala con él la filosofía de su palabra.

Sería una osadía pretender que las notas anteriores sobre la poética de Luis García Morales significaran alguna forma de establecimiento para su comprensión. Quieren servir, solamente, como un primer vislumbre para concitar al estudio complejo que estos textos demandan. Quieren ser, en la ocasión luctuosa de su adiós callado, solo manifestación de amistad y admiración por el poeta y su obra.