• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

La bondad académica

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En el año 1884, cuando Julio Calcaño redacta, en su calidad de Primer Secretario Perpetuo, el Resumen de las Actas de la Academia Venezolana, aludía a la necesidad de deponer las diferencias políticas en el recinto de la Academia. La sabiduría de su credo académico (que no tanto el de sus ideas lingüísticas) deslumbra por su rotunda actualidad. Son las enseñanzas de un espíritu profundamente decimonónico que, para nuestro asombro, hoy nos siguen ilustrando: 

“Ocasión es ésta en que debemos lamentar esas funestas divisiones de la vida de la política que pretenden introducirse en cuerpos facultativos donde todos somos y debemos considerarnos como hermanos en la comunión del espíritu; porque una Academia es santuario en cuyos umbrales debemos sacudir el polvo de las plazas públicas, y penetrar con veneración para dedicarnos al trabajo incesante y benéfico de que nos dan aprovechado ejemplo la abeja que labra la miel dulcísima y el gusano que teje el hilo delicado. Y luego, de estas recriminaciones, de estos odios, de estas injusticias ¿qué ha de quedar? Bajamos todos a la tumba, los unos detrás de los otros, y sólo queda la posteridad justiciera que castiga con el látigo de la verdad”.

Lo que Calcaño estaba queriendo decir, sin formularlo explícitamente, era que la bondad académica en clave política (pero también desde cualquier otro ámbito), eso que hoy llamaríamos tolerancia, era la principal fuerza animadora de las academias. La bondad, nunca en lectura de ingenua bobería (la literalidad en su comprensión puede ser muy perjudicial), conduciría a la solidaridad; ese ánimo maravilloso que conecta a los hombres y les hace superar sus diferencias menudas y sus desacuerdos de terco egocentrismo. La solidaridad prosperaría en comunidad de intereses de creación y haría que las academias transitaran largos períodos de bienestar y de acuerdos con el saber, ajenos a la contienda minúscula, a la intriga deleitosa de los pequeños, a la mezquina trata de los logros ajenos, a la revancha malsana de los mediocres, a las bajezas de los falsos, a las imposturas de los petulantes y a las procuras sin fruto de esos incordios que molestan por placer.   

La bondad académica hizo que la Academia Venezolana de la Lengua instalara sus campos de batalla más sólidos en un compromiso invisible. Gestión académica ganada por el tiempo social como oportunidad para el estudio apasionado de la lengua descreída de todo rapto de política menor o de patriotismo bullanguero y fachendoso. Gestión académica promovida para el cumplimiento de su responsabilidad principal, no otra que la difícil comprensión de la lengua como la médula más determinante en hombres y sociedades. Este, pues, que ha sido siempre el compromiso que hemos heredado de esta más que centenaria institución; décadas de lección para aprender sobre el cáncer de la política y para afianzarnos en nuestra esencia institucional, esa por la que seremos reconocidos o criticados: descripción de los macro y microcosmos lingüísticos, satisfacción de la lengua general y delicia de la particular, posibilidad de comunicación global y de entendimiento local, hecho de cuantía impredecible en el dominio estético de la lengua y postulado final para edificar y pensar el mundo por y gracias a ella. Complejas y loables tareas que nos fascinan y nos agobian al mismo tiempo, pues las entendemos superiores a nuestras artes y a nuestras ciencias; asuntos mayores que las academias de la lengua deben asumir como reto de inteligencia en un mundo que demanda aportes de amor por el idioma y por la ciencia del lenguaje y que nos exige ponernos a tono con el pulso de la vida contemporánea. Ese compromiso invisible que no todos entendieron o entienden (y qué dolorosas resuenan siempre las incomprensivas palabras de Mariano Picón-Salas, él, que fue nuestro gran comprendedor, cuando sentencia a la Academia Venezolana, en Formación y proceso de la literatura venezolana, el año 1940, como “templo de musas tranquilas, de cortesía intelectual, de castigado idioma. Después de 1900, la literatura venezolana se hará un poco afuera y contra la Academia”); el compromiso invisible –decía–  nos hace sólidos y nos implica más y más con el mundo de hoy. Academias como atalayas y no como torres de marfil.

Se ha creído frecuentemente que los liderazgos en la Academia lo eran en el terreno intelectual y científico, solamente; y está claro que así debe ser en gran medida. Ocurre, sin embargo, que la ciencia no puede fructificar sin la idea del bien y sin los hombres buenos. Si escasean estos o si el principio de bondad se maltrata, la ciencia también quedará maltratada y terminará escaseando. Pedro Grases rotulaba este parecer de poderoso contenido en ese pequeño gran libro que es Cuatro varones venezolanos, publicado en 1953 y escrito para vindicar a Valentín Espinal (el editor sapiente), Arístides Rojas (el sabio memorialista), Manuel Segundo Sánchez (el bibliógrafo erudito) y Vicente Lecuna (el compilador sagrado). El maestro deja allí cincelado el principio: “Antes que la guerra de la Península me obligara a conocer otras tierras, estimaba en más la exactitud científica que la bondad humana. Para mí mismo buscaba el saber, sin reparar en cualidades éticas. Después he comprendido que la vida es más rica y más sabia, si la preside la bondad del trato y la generosidad del alma, puesto que sin la buena gente no habría llegado nunca a rehacerme del estropicio de tantas calamidades”. La bondad académica no desconoce la ciencia, pero sí la moldea y la hace beneficiosa. Gesta a su gemela, la generosidad, y al hacerlo repudia toda forma de maldad: desde esa zancadilla que es la mala fe, hasta la mezquindad que se solaza con escatimar los logros de los otros.

Cuando Rafael Caldera, en 1935, quiere dibujar a Andrés Bello como el sabio feliz, lo hace valido de los testimonios de Mariano Egaña y de Antonio José de Irisarri, a partir de la biografía de Amunátegui, quienes no olvidan refrendar la nobleza y bondad en el carácter del mayor humanista americano.

Alfonso Reyes, esa suerte de Andrés Bello mexicano, en el discurso que pronuncia al momento de tomar posesión como director de la Academia Mexicana de la Lengua, en 1957, destacaba las bondades de su predecesor, el escritor Alejandro Quijano, calificándolo con preciosa paráfrasis quijotesca como “Quijano el Bueno”. Ejemplos como este podrían multiplicarse en el seno de cualquiera de las academias de la lengua, y también en la Academia Venezolana, pues, ha sido siempre, y muy subrayadamente en el pasado, un rasgo inherente a la condición de académico, formulada de muchas maneras, pero reunida en plétora verbal en la palabra “honorabilidad”; resultado y condición de la bondad académica.

Bondad y odio parecen corresponderse en posiciones encontradas. Señalar la bondad es, irrenunciablemente, una manera de referirse a su contraparte. Uno de los más brillantes numerarios de la Academia Venezolana de la Lengua, Eduardo Arroyo Lameda, aportaba a la discusión el principio de crítica contra las instituciones que deviene en crítica contra las personas. Capítulo pocas veces escrito pero que resulta tan dañino pues hace que leyes, disposiciones, escogencias y reconocimientos se hagan casi siempre para perjudicar a personas y no para el beneficio de la institución. Lo formula en un libro, publicado el año 1930, y que titula, a lo Rodó, como Motivos hispanoamericanos, ensayo de garra donde los haya en nuestra literatura: “Es curioso que muy a menudo el odio, si va dirigido contra entidades morales es fecundo y estimulante, así como es depresivo y estéril cuando va contra las personas. Pero hay que reconocer cuán difícil es lograr que el uno no se convierta en el otro”.

Luis Beltrán Guerrero, sabio de los múltiples nombres y maestro refinado en el arte de la crítica, figura por tantas razones esencial en nuestra Academia de la Lengua, entre otras por haber regido desde la secretaría los destinos nobles de la institución en un tiempo de nobles destinos, aporta a la reflexión la obligatoriedad de una triple consideración. Cincela el principio cuando busca recabar los méritos mayúsculos del filósofo y académico argentino Francisco Romero, en su libro Páginas australes (1979), quizá uno de los grandes libros venezolanos del siglo XX: “escribió con dignidad mental, humana e idiomática”.

La mala ciencia resulta de las interpretaciones fallidas sobre el rigor y la rigidez. En un ensayo que Jacques Derrida escribiera a raíz de la muerte de Roland Barthes, una de las caracterizaciones más penetrantes sobre el autor de El grado cero de la escritura, queda consignado el principio como dorada solución frente a la mala ciencia. Contraparte virtuosa de esta última, postulará una solvente categoría sobre el rigor flexible. Sus palabras son lapidarias para los rigurosos y lápidas para los rígidos: “El rigor nunca es rígido. Lo flexible, una categoría que yo creo indispensable para describir de todas maneras todas las maneras de Barthes” (Cada vez única, el fin del mundo. Pre-Textos, 2005). 

La institución literaria gesta formas distorsionadas y herrumbres en el espejo. Fallos en el modo de reflejar a los mejores. La “vía fácil” y la “farsa académica” devienen en algunas de esas formas –en realidad las de mayor entidad–, intentos por empacar el ejercicio cuando se comienza a escribir y de enmascararlo cuando se termina de hacerlo. Una y otra se apoyan y se determinan; son cómplices que se satisfacen permanentemente y que producen estados contrarios al bien académico.

En suma, la bondad académica se desarrolla en una forma de amistad por la vía del amor al conocimiento. Intereses comunes, trayectos simétricos, búsquedas parientes, logros sincronizados en torno a un único objeto de trabajo: la lengua como paraíso superador de las miserias por las que los hombres se desgastan; la lengua como territorio de encuentros para las mejores sensibilidades; la lengua como patria de pasiones siempre correspondidas; la lengua como sueño de glorias a punto siempre de alcanzarse; la lengua como espejo de signos y símbolos de iluminación; la lengua como vehículo de oportunidad y crecimiento; la lengua como zona de tolerancia entre fuerzas en conflicto; la lengua como nación de la concordia y como narración de la solidaridad; la lengua, pues, como fuente de bondad y esperanza.

Los ascensos en la lengua siempre nos harán mejores. Los descensos, en consecuencia, ya se sabe. En un ensayo de 1955, que titula “La lengua sucia”, Arturo Uslar Pietri ofrece, en clave inversa, resumen perfecto del fenómeno bondadoso del lenguaje: “Esa lengua sucia es la primera y más importante señal por donde los que vienen a conocernos van a juzgar nuestro espíritu, nuestra cultura, nuestra calidad humana”. El tema no queda agotado y hay que seguirlo “alrededorizando”, verbo muy elocuente que inventa, a tenor de su poderoso lirismo, nuestro gran poeta, el autor de los Poemas sonámbulos, Pablo Rojas Guardia.