• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Francisco Javier Pérez

El té en Venezuela

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En el recuento de viaje, titulado Venezuela, que escribe el geólogo Leonard V. Dalton, en 1912, anotaciones críticas y descriptivas sobre la travesía que el científico había hecho por el país dos años atrás, podemos leer: “El té, o por lo menos el afternoon tea, es todavía poco usual en Caracas, aunque es posible que el creciente auge de la colonia británica llegue a influir decisivamente a este respecto”.

Un poco antes, en 1905, también en clave viajera, Elías Toro refería, en su singular análisis de la expedición para la delimitación de límites de Venezuela con la Guayana Británica, que titula Por las selvas de Guayana, un dato más que pertinente sobre la presencia y consumo del té. Cuando anota la lista de provisiones que tuvieron en cuenta en su exploración limítrofe y etnográfica, señala la cantidad de 12 libras de té para el consumo exclusivo de los expedicionarios; seña surreal si consideramos que se trataba de una provisión para ser degustada en la intrincada e inhóspita selva guayanesa.

Aunque valdría hacer el estudio de lo que el consumo del té ha significado en el país, desde la perspectiva histórica, tal como nos sugieren las muestras invocadas, no es esta la motivación de hoy. Una investigación tal permitiría concretar la data de introducción de la Camellia Sinensis (té negro) y, además, determinaría la calidad del debate de rivalidades tranquilas que comienzan a gestarse frente al café. Más de un siglo distancian, en lectura cualitativa, la presencia de una y otra bebida (Arístides Rojas nos ha dejado constancia del momento en que se tomó “La primera taza de café en el Valle de Caracas”, durante las décadas finales del siglo XVIII).

Durante todo el siglo XX venezolano, el té ocupó un sitio de importancia entre las personas más distinguidas, pues siempre la bebida contó con un halo de exclusividad y buen gusto (al menos en cuanto al ritual vespertino que lo acompaña y al renglón social del que forma parte). Su popularización motivó, también, que la presencia del producto fuera constante en comercios y expendios, no ya en su forma granulada, sino en la presentación en cómodas bolsitas individuales.

La compañía Lipton, nacida a finales del siglo XIX, fue la encargada de popularizar el té en nuestro trato cultural con las marcas del producto (más adelante, la generosa importación de otro tiempo hizo posible que se conocieran otras casas y que los consumidores pudieran ampliar sus refinamientos hacia el deleitoso producto). Las incursiones del té dejan su huella profunda en la lengua del país, al punto de denominarse con su nombre, de manera genérica, cualquier infusión de naturaleza medicinal, sea té o no lo sea. Es el caso de la manzanilla, el tilo y etc., que algunos hablantes las llaman coloquialmente té, aunque no se trate de la hoja de té, en alguna de sus muchas variedades.

La situación actual de la importación en el país ha hecho que el honorable y saludable producto desapareciera de todos los ámbitos comerciales de víveres. El país se ha quedado privado de la posibilidad de degustar la deleitosa infusión de té y, por más esfuerzos que hagan algunas compañías nacionales, ni en sueños se acercan a ofrecer un producto de calidad comparable al celebrado Lipton. Venezuela es hoy un país sin té.

Si para los amantes del té en nuestro país la situación referida es bochornosa y frustrante, lo es más el enigma que supone que la misma empresa que importaba y comercializaba el té en el país y que lo sigue haciendo para el resto del mundo, importa y distribuye a Venezuela lotes enormes de manzanilla y otras similares dentro de este rubro, llenando los anaqueles de los mercados con las también buscadas bolsitas para esas otras infusiones. Una suerte de guerra contra el té parece estar planteada, por decirlo así, o razones ajenas al consumidor pudieran ser las causantes para que haya dolorosamente desaparecido esta bebida afamada y querida en el mundo entero y una de las más consumidas en todo el planeta.

Solo espero que, así como don Arístides escribió gustoso sobre la primera taza de café entre nosotros, no estemos nosotros, sin desearlo, escribiendo sobre la última taza de té.