• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Francisco Javier Pérez

Vacío e inconsciencia lingüística 1

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Podría conceptualizarse como inconsciencia lingüística a aquello que gesta su devenir en un conjunto de situaciones problemáticas sobre las relaciones entre lenguaje y comunicación, lenguaje y pensamiento y lenguaje y realidad, traducidas en función del desconocimiento hacia las capacidades y valores del lenguaje y en displicencia hacia el instrumento que posibilita esas relaciones; conexión del lenguaje con la vida de los hombres. Socialmente, sólo es entendida la cuestión como asunto educativo y de escolarización de los intereses lingüísticos. Todo parece conducir hacia la idea de que el estudio práctico de la lengua es sólo una necesidad del aparataje escolar al que debe someterse el individuo en nuestras sociedades para la obtención de un diploma. En ningún caso, se sustenta en la idea de que el lenguaje es pieza clave en la sustantivación humana, posibilidad de influencia sobre los otros hombres y sobre el mundo mismo, universo medido por simples palabras para conocerlo, comunicarlo y fundarlo. Límites de mi lenguaje que, en la formulación de Wittgenstein, significan los límites de mi mundo (tantas veces recordadas entre nosotros por Arturo Uslar Pietri).

El concepto de vacío lingüístico ofrece el cuadro de evidencias: carencia de recursos expresivos, pobreza léxica, desconocimiento de los mecanismos de manejo del instrumento lingüístico, solvencia mediana de la verbalización, insolvencia de la expresión escrita, ligereza comunicativa, manejo de una discursividad convencional y muletillada, uso privilegiado del estatus lingüístico foráneo en reemplazo de las formas naturales de la lengua de nacimiento, recurrencia de formas des-semantizadas, burocratización de la expresión.

A la vista queda, sin necesidad de demostración alguna, que las herramientas e instrumentos actuales para el crecimiento lingüístico ya no sirven. La enseñanza de la lengua no es apropiada. La concepción de la gramática que se enseña adolece de vínculos con la realidad del conocimiento, por no decir que carece de sentido. El apoyo en una ciencia lingüística, método de describir y entender los fenómenos, resulta inexistente; tal vez porque esa ciencia en suelo criollo esté, también, ya gastada en su esencia o que los instrumentos ofrecidos por ella ya no tengan validez, aunque alguna vez la hayan tenido.

El diagnóstico, a falta de una palabra menos repulsiva por gastada e inoperante, sería que fallan la educación lingüística, el espíritu de la gramática practicado y la propia ciencia del lenguaje a la que se recurre como sustento teórico-metodológico y como pensamiento sobre la naturaleza del lenguaje.

Podría hablarse de sectores concretos de responsabilidad. Pero, por curioso que parezca, la principal causa en esta crisis se debe a los desamores hacia la lengua, al fraude de enseñantes ocasionales, a los malos destinos humanos que se toparon con la lengua como imposición de vida y a los encuentros desafortunados en el camino de la administración educativa. Convertidos los actores centrales en repetidores de cartillas inoperantes, en torturadores de corazones frescos en los que asentar el amor hacia la lengua, en gramatiqueros de ínfimo escalafón, tristes aniquiladores de la lengua. Carencia, aquí, de la razón de amor.

El último escaño de responsabilidad concierne directamente al sentido de la lingüística o al sentido que los lingüistas dan a su profesión. Herederos, en su mayoría, del método estructural (y esto por darles una dignidad teórica que muchas veces no tienen), aquél que hacía descansar fielmente toda investigación en los problemas de la forma lingüística y en el dato positivista, siguen concibiendo el trabajo lingüístico como labor de codificación y cuantificación. Desoyendo la raigambre de significaciones y de posibilidades de interpretación que ofrece el lenguaje, persisten en cuantificar los fenómenos, sin entender los aspectos de cualificación que aportan al lenguaje su calidad y sentido. Descuidaron las preguntas por el más allá de la descripción, por el más allá de los diseños visuales (hoy tan triviales cuando no los acompañan principios firmes), por el más allá de la forma, por el más allá de las estadísticas; en suma, por el verdadero sentido del lenguaje que no es más que un más allá.

Problema de significado y no de forma, el lenguaje tiene que ser visto, primero, en esta dimensión, y la ciencia que lo estudia tiene que privilegiarlo, también, de esa forma. Los problemas del significante son sustantivos, pero nunca deben sobrepasar en interés a los que están poniendo en discusión los valores del instrumento como posibilidad de construcción del mundo, de interpretación de la realidad, de organización de la racionalidad y el pensamiento y de comunicación y expresión (el significante, por otra parte, es también una sustancia). La inversión en la concepción de muchos profesionales de la lingüística en Venezuela hace que se desvirtúe el sentido primigenio de la especialidad y que pierda arraigo dentro del ámbito de las demás ciencias del espíritu.

La incomprensión del objeto de la especialidad hizo que muchos lingüistas creyeran que su trabajo consistía en construir un aparato explicativo críptico e inextricable, labor de iniciados pura y ajena, hermetismo y soledad de una ciencia arcana desvinculada de la vida y de los problemas sobre la enseñanza de la lengua. Causa, aunque no la única, de nuestro deterioro lingüístico.