• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Saussure 2016 y su arraigo venezolano

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No hay conocimiento, quizá porque nunca existió, sobre el nombre “Venezuela” en la vida y obra del sabio ginebrino. El título solo intenta complacer un anhelo valido de un recuento y de una selección. Se quiere, como seña de satisfacción, construir (inventar) el arraigo de su legado en las ciencias del lenguaje nacionales, bien para cumplir con el mandato de una exégesis que nos es propia en tanto que universal, como para referir la deuda inmensa que el pensamiento estructural tuvo (y tiene) en la base de los estudios literarios y lingüísticos con cuño venezolano. El empeño viene justificado como homenaje al padre de la lingüística moderna en el centenario de la publicación póstuma de su obra maestra en 1916.

La presencia de Ferdinand de Saussure ha querido apreciarse en perspectiva de pasado o en prospección de futuro. En uno u otro caso, se coloreaba con tonos brillantes la interpretación de lo que ya sonaba a saussereano en la lingüística nativa y lo que se auguraba al seguir nuestra ciencia la ruta trazada por la teoría divulgada en el celebérrimo Curso de lingüística general; el tratado apócrifo que ordenaron los discípulos del sabio a tres años de su fallecimiento y cuya publicación inauguró una Era de la ciencia del lenguaje que no sabemos bien si ya ha terminado o no, debido a la nutricia gestación de escuelas hermanas y a la prodigiosa irradiación de aquellos principios que, verano a verano, impartía el viejo maestro neogramático en las aulas de la Universidad de Ginebra.

Como se sabe, en la singular confección de esta obra intervinieron sus discípulos más cercanos (Charles Bally y Albert Sechehaye), quienes dieron forma de libro a los esquemas que el maestro había dejado de sus clases estivales en la universidad y a las anotaciones que los brillantes asistentes a los cursos habían tomado (los anteriores más J. Vendryes, H. Frei y Antoine Meillet). El resultado sería la más influyente obra personal y colectiva de toda la historia de la lingüística, en donde anidan los geniales principios de Saussure interpretados por la no menos genial intervención de sus epígonos.

La primera y más importancia referencia venezolana es la que asienta el origen de ideas saussureanas en la teoría gramatical de Andrés Bello. Una lectura historiográfica potenciaría los acuerdos y las coincidencias como presencia de principios y como continuidad de explicaciones en torno a la consolidación de la lingüística sincrónica. Tanto en Bello como en Saussure la lingüística se sustenta en distinciones. Así, los dobletes ginebrinos sincronía y diacronía, lengua y habla y sintagma y paradigma se rastrearán retrospectivamente, como si de una anticipación se tratara, en la obra del gramático caraqueño.   

Los vínculos más persistentes entre estos autores serían aquellos que se reflejan en tres principios  teóricas cumbre del estructuralismo como son la concepción de la lengua como sistema de signos (Bello: “El habla de un pueblo es un sistema de signos”; Saussure: “La lengua es un sistema de signos que expresan ideas”), las relaciones entre sintagmas (lo que en Bello viene a ser la clasificación de las palabras por el oficio gramatical, es decir, por la función que cada una tiene dentro de la oración. Para Saussure estas relaciones sintagmáticas son las que contraen las palabras dentro del discurso, “en virtud de su encadenamiento, relaciones fundadas en el carácter lineal de la lengua”) y la distinción entre estudio sincrónico y diacrónico (Bello: “Ver en las palabras lo que bien o mal se supone que fueron, y no lo que son, no es hacer la gramática de una lengua, sino su historia”; Saussure: “Es sincrónico todo lo que se refiere al aspecto estático de nuestra ciencia, y diacrónico todo lo que se relaciona con las evoluciones”).

El rasgo de investigación saussureana en nuestra ciencia del lenguaje, toda vez que con Bello queda fundado y que con él también alcanza sus cotas más altas, habría que seguirlo rastreándolo en autores más recientes; sin que por ello se desechen las huellas compartidas de la ciencia alemana decimonónica, que Saussure estudió en Berlín en el marco de los fundamentos de la Escuela Neogramática (por influencia de los indogermanistas se dedicaría durante toda su carrera a la lingüística indoeuropea y al estudio del sánscrito y no a la teoría del lenguaje, como erróneamente se cree). Ofrecerían algunas posibilidades de relación la presencia neogramática en autores como Lisandro Alvarado y, definitivamente, en los estudios muy posteriores de reflexión historiográfica de Iraset Páez Urdaneta, quien dedica al maestro helvético un importante trabajo de interpretación para el Anuario del Instituto Pedagógico de Caracas. Estos vínculos confirman la presencia directa o indirecta del pensamiento saussureano en nuestras aulas universitarias, y la enorme ascendencia que tuvieron sobre nuestros investigadores y divulgadores en la crítica literaria y en el análisis lingüístico (serían, aquí, las obras de Roland Barthes, Roman Jakobson y Jean Cohen, entre tantos otros). Materia pendiente en nuestra reflexión historiográfica es hoy el rastreo pormenorizado de las huellas del estructuralismo saussureano en nuestras disciplinas lingüísticas y en nuestras tareas de divulgación académica, pues considero que la generalidad de los investigadores y profesores venezolanos de las últimas cuatro o cinco décadas han seguido los lineamientos conceptuales de la escuela estructural de Saussure. 

Bello había sentenciado, como el mejor crítico de su legado, que “señalaba rumbos no explorados”. Idénticas palabras las hubiera podido rubricar su hermano científico nacido en Ginebra un siglo y tanto después de él. Uno y otro renovaron movidos por el desgaste de viejos principios. Crearon el futuro de la ciencia del lenguaje ganados por el empeño de lograr métodos mejores para entender los fenómenos y describirlos con justicia. Construyeron con ello legados imperecederos que han tenido magistral descendencia científica. Se quiera o no, se reconozca o no, toda la modernidad lingüística tendrá que entenderse pariente de las doctrinas de estos autores que tanto se parecieron, aunque nunca supieran el uno del otro.

De la misma manera, Saussure nunca tuvo ni por asomo la sospecha sobre la influencia que tendrían sus principios en sitios tan lejanos y en tradiciones de estudio tan diferentes. Su acción teórica siempre ha sido benéfica y por ello es oportuno, en la ocasión de la fecha, recordar nuestra deuda con el sabio de Ginebra y declararnos sus admiradores a la distancia, no siempre tan lejana, que marca el tiempo en la historia de las ideas.