• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

Re-nota sobre un libro de Beatriz Mendoza

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Esta nota, segunda vuelta de otra ya aparecida en estas páginas, quiere ser homenaje por el llorado fallecimiento de Beatriz Mendoza Sagarzazu, dama de nuestra literatura infantil y de nuestra literatura, la semana pasada. Sus muchos libros requieren nuevas oportunidades y, entre otros, este que reseñamos, a una distancia de treinta años de su primera edición. La frescura de sus tratos lo mantiene en su servicio divulgador tan activo como el primer día en que lo conocimos. La elegancia de sus maneras lo hacen superar el tiempo corto con el que muchas veces viven nuestros esfuerzos poéticos. La amabilidad de su aproximación crea una nueva estética en el arte de compilar. He aquí la nota, pues.

La mayor satisfacción de una obra pionera es saber que su motivo ha sido cumplido. El tiempo y solo el tiempo resulta ser el crítico más justo; nunca tan inclemente ni tan benevolente como las evaluaciones contemporáneas. Toda obra precursora entiende los peligros del halago fácil y de la rígida catalogación. Los términos medios no siempre son fáciles, quizá, porque finalmente no existen. Nos gustan o no nos gustan los libros que leemos y eso es todo en el largo proceso de ejercer la actividad crítica. Dicho de otra manera, ciertos libros solamente requieren que se los guste y no que se los explique o juzgue (una situación exclusivamente aposentada en el necesario y afectivo “impresionismo” del que hablaba Alfonso Reyes; distante de exégesis y juicios, escaños de ciencia y filosofía literarias). Así como sin intención estética no hay literatura, sin impresión no existe la crítica.

Así las cosas, estamos en presencia de un libro que desborda el gusto (los gustos) y que preciosamente se demora en la impresión de los lectores (los críticos) y que no permite que sobre él se ensaye ningún andamiaje de virtud analítica que no sea el perdurable encanto que propicia. Cumplida una primera madurez, sus treinta años de publicado no le restan en absoluto el mérito sobre su deleitable orfandad o la frescura que se respira en sus páginas de gran estética (el libro material es una joya editorial de ese tiempo). La referencia no es otra que La infancia en la poesía venezolana (Presidencia de la República, 1983), una singular compilación y selección, con prólogo y notas, de Beatriz Mendoza Sagarzazu (ilustró Feliciano Carvallo e imprimió Editorial Arte).

Recorrer las páginas de este libro es todo deleite. Un conjunto de nuestros grandes autores son observados por la mirada amorosa de la poeta y estudiosa compiladora para hacerlos decir de la infancia y para saber qué dicen de la infancia sus obras. La selección explora no solo lo abiertamente escrito para niños, sino cómo los niños son vistos por la literatura venezolana; haciendo que la antología sea, además, un documentario de socioliteratura. Recupera, ubica, vindica lo que significa esta parcela de la literatura venezolana. La explora con veneración y la enuncia con aguda reflexión sobre la paradoja de su postergación y sobre la urgencia de su visualización.

Siete muestras. Interrogativa: “Me asomo y no veo/ los árboles/ La rosa no está en su sitio/ corrieron a esconder/ su hilo de música/ los pájaros.// ¿Dónde está el patio, madre?”, de Beatriz Mendoza. Conceptual: “La chicharra/ es una hoja seca/ que canta”, de Luis Barrios Cruz. Lingüística: “A, a,/ el cariño de papá./ E, e,/ las uñitas del bebé./ I, i,/ el copete del paují./ O, o,/ la cadena del reloj./ U, u,/ el arrullo del bambú”, de Morita Carrillo. Farol: “Lo he venido diciendo:/ un solo vigilante sobre el agua nocturna/ y fugitiva/ y ciega”, de Víctor Salazar. Frustrante: “Esta brisa viene de la infancia/ pero no me ha traído/ aquellas mariposas”, de Carlos Augusto León.  Sabia: “La parsimonia del elefante/ apaga la amenaza de los tigres”, de Benito Raúl Losada. Tierna: “Zapatitos de lluvia/ calza/ la pordiosera”, de Jacinto Fombona Pachano.

Aplauso para este libro duradero y anhelo de permanencia para su autora.