• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Francisco Javier Pérez

Pequeña nota sobre Chesterton

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Me pareció una impudencia titular este texto con el mismo que utilizara Borges para uno de los suyos, sobre el autor de El hombre que fue jueves: “Sobre Chesterton”. Ya es de mi parte una incorregible imprudencia escribir sobre el rey de la paradoja, después de Borges. Pero, como de imprudentes está lleno el mundo de la literatura, voy a intentar una aproximación a uno de los textos del más reciente compendio de sus ensayos que ha sido publicado en España, el año 2009, por las Ediciones Espuela de Plata; empresa que se ha abocado a la necesaria tarea de divulgar en nuestra lengua la integral del prolífico autor (que sepamos, han aparecido ya: Enormes minucias, Ortodoxia, Tipos diversos, Pequeña historia de Inglaterra, Robert Browning, Chaucer, La cosa y otros artículos de fe, El hombre que fue jueves y William Blake). Su título, el del ensayo y el del libro, traducido por Victoria León y publicado por primera vez en lengua española, es, con perturbación y seducción: “Lectura y locura”.

El libro ha reunido pequeñas piezas ensayísticas, hijas de un periodismo de razón literaria, que despliegan y dispersan el pensamiento agudo y la forma poderosa y simple del escritor inglés. Se ocupan algunos de estos escritos de los historiadores, creando o enriqueciendo un género de crítica sobre la disciplina de historiar y sobre la filosofía del quehacer de los historiadores (una brecha hace ver que en estas lides abundan más los que creen serlo que los que son de verdad). Absolutamente sapientes y deliciosos, castos y muriáticos, los pensamientos desplegados en los ensayos titulados “Defensa de los historiadores parciales” y “La historia frente a los historiadores”. Una mínima crestomatía aforística resulta iluminadora: “No hay historia; sólo historiadores”, “He llegado a pensar que si la gente sólo aprendiera historia, aprendería a aprender todo lo demás”, “Ningún buen historiador moderno es imparcial”, “Dejemos enteramente, por un tiempo, de leer a los hombres vivos que tratan temas muertos, y leamos sólo a los muertos que hablan de temas vivos”, “La mayoría de las ideas modernas sobre la primera y mejor Edad Media han sido tomadas de los historiadores o de las novelas”, etc., etc.

El libro trata, además, sobre la poesía de las ciudades, sobre la biblioteca del cuarto de los niños, sobre el significado de los sueños, sobre el aburrimiento, sobre el ingenio heroico, sobre tener un perro, sobre las paradojas de la humanidad, la irreverencia, el sepulturero, el castigo eterno, el miedo, el fanático, la caricatura en Inglaterra, las raíces del mundo y, entre otros asuntos, sobre las buenas historias que los grandes autores estropean (recriminaciones a Goethe y a Wagner y al mismísimo Wilde, nombre grande en el panteón de la paradoja como el propio Chesterton).

El ensayo que da título al volumen, y que al hacerlo lo libera y lo recluye, es una advertencia sobre la cordura maltrecha de la literatura y sobre la locura inadvertida en el universo de la no ficción. El locus será indiscutiblemente acertado, la celebérrima Biblioteca del Museo Británico, la misma que vio desgastar los desvelos de tantos grandes estudiosos, entre los que el orgullo criollo nos obliga a destacar al grande Andrés Bello, el más sabio de los venezolanos: “Son numerosos los indicios que nos llevan a la conclusión, verdaderamente asombrosa, de que la Biblioteca del Museo Británico, además de sus múltiples servicios, desempeña muchas de las funciones de un sanatorio mental. Vagan silenciosamente por aquel vasto palacio del conocimiento, saqueando el saber de los siglos con ayuda de funcionarios del Estado, hombres y mujeres que en una época menos humanitaria que la nuestra habrían estado aullando en Bedlam sobre un montón de paja” (alude al sanatorio mental de Bedlam Heights, fundado en el remoto y embrujado siglo XIII).  

El discurso va a desplegar una gran sabiduría literaria y una sapiencia profunda de la acción de escribir conducidas ambas por la seña de la sanidad mental o de la enfermedad; adelantándose con ello unas cuantas décadas a temas que hoy a nadie sorprenderían, pero que en su tiempo resultaban nuevos y ajenos. Acuñando el neologismo letraheridos construye una escueta teoría de la cordura literaria. La doctrina, anclada en el principio de que sería exagerado decir que exista la absoluta locura como la absoluta cordura (“Si alguna vez viniera al mundo un hombre del todo cuerdo, sin lugar a dudas acabaríamos encerrándolo”), querrá dar un paso en la comprensión de cuánto debe la literatura y cuánto los estudios a partir del libro al delirio de tantos y tantos hombres (muchos, por raros que los entendamos frecuentemente frente al mortal antilibros):

“Los libros, al igual que todas las cosas amigas de los hombres, son también susceptibles de transformarse en sus enemigos, de declararse en rebeldía y dar muerte a su creador. El espectáculo de un hombre delirante y febril que indaga los misterios de un intrincado opúsculo en papel ajado que pueda llevar en su bolsillo posee la misma irónica majestad que el de un hombre atropellado por una locomotora. Incluso en su muerte el hombre es un ser extraordinariamente digno de admiración; en cierto modo, siempre muere por su propia mano. También  existe una cualidad diabólica en los libros. La locura acecha en las silenciosas bibliotecas; pero no es posible definir sino muy vagamente la esencia y naturaleza de esa locura”.     

Anima, así, con perfecto fraseado, el carácter destructivo de la demencial hermenéutica bibliográfica. Fe o demonismo, la locura causada por los libros es, según esto, incomprensible en su materia e inefable en su forma. Abismo, en uno y otro caso.