• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Al momento de su fallecimiento, Mark Strand tenía 80 años. Su longevidad, truncada ese octubre de 2014, revela la calidad de su saber y la complejidad de su sabiduría. Poeta en la dimensión de la poesía, tanto como en la del ensayo. Ensayista en la dimensión del ensayo, tanto como en la de la poesía. Una y otra situación de escritura fueron concebidas como modos de hacer filosofía o, mejor, como una filosofía para asimilar lo que las artes de la escritura significaban en su acercamiento a una revelación del mundo gracias al lenguaje. Todo en su quehacer fue siempre eso, mundo y lenguaje; y ello no es poca cosa.

Una compilación de sus ensayos sobre poética, escritores, crítica literaria, fotografía y arte se publica con el título de uno de ellos, Sobre nada y otros escritos (Turner, 2015), y en compañía de otro conjunto de piezas magistrales que permiten apreciar la enorme estatura de este gran autor. Dieciocho entradas en total que harán que sepamos más sobre su manera de ver el arte (nunca pasará el deslumbramiento ante su libro sobre Hopper), más, sobre su sentido de la palabra poética y más, primordialmente, sobre lo que la vida (la real y de verdad, tanto la de él como la de los otros) determinó en su tránsito por la literatura.

Amigo de España y de Hispanoamérica, territorios a los que adoraba por la dorada contribución a su literatura (sus pasiones), a sus viajes (sus pinturas) y a su vida (sus amores), tuve el privilegio de conocerlo en Caracas, en 2011, en la Universidad Católica Andrés Bello. Se presentaba una selección de sus poemas bajo el signo siempre activo de la nada (de algo). El título Nada ocurra, con traducciones de Beverly Pérez Rego y anotaciones de Adalber Salas Hernández, aparecería con el sello de Bid & co, editor. Actué como presentador y como conductor de una velada en donde Adalber tradujo con simultaneidad y mucho tino la disertación libre y generosa del poeta; y esa libertad llena de bondad nos permitió apreciarlo auténtico y verdadero, dos adjetivos que muchas veces echamos en falta en algunos de nuestros creadores verbales. Las arrugas profundas en su rostro no podían impedir que la belleza de su imagen nos acompañara. Su personalidad nacía de la parquedad de su hablar multilingüe, de la pulcritud de su silencio retumbante y de la elocuencia de su serena y madura inteligencia.

El primer escrito del libro recién editado en España es uno de los más celebrados en la producción de Strand: “Abecedario de un poeta”, tomado de su libro The Weather of Words (2000). Ilustra, en seguimiento alfabético, el ABC de su credo de hombre y creador. Dentro del conjunto, dos letras parecen representarlo con más determinación: la M y la S; las mismas que son sus iniciales y las iniciales de su acción filosófica y estética.

La M, de música, trae revelaciones sobre sus hábitos de escritura. Escribe con música, como aliciente y no obstáculo a su trabajo prosístico (“cuando escribo prosa, pero no cuando escribo poesía”). Algunos ídolos hacen su aparición: “Lo que escucho una y otra vez son las denostadas composiciones de Delius, Wagner o Chaikovski”. Cree en el “exceso afortunado de la música” y en la seducción de la confusa certeza rítmica que promueve. Todo conduce a un devenir conjunto entre música y poesía: “Escribo como si me encontrara en un mar infinito de cadencias y placeres”.

La S, de algo (“something”), asienta su existencia literal en la plenitud de la materia filosófica del poeta. Es la apertura de los contrarios verbales como origen de la verdad: “Empiezo con algo como si se tratara de nada (o con nada como si se tratara de algo)”. Aquello que no tiene sentido para otros, Strand lo carga y auspicia de significación propia en esta letra: “Tiene una presencia verbal que mi apremiante apetito, o mi ambición, subvierte, malinterpreta o transforma en un atractivo vacío, en un espacio en el que solo yo puedo profundizar”. Es la S de Wallace Stevens, ídolo poético personal. Es la S de Strand, decimos, también como ídolo poético personal. Su declaratoria a favor de Stevens calza con perfección como declaratoria para su propia concepción de la poesía. Como él mismo, Stevens influye en él, como Strand influye en nosotros (nada puede quedar igual después de haberlo leído): “El argumento tiende a ser discontinuo, a estar oculto, a ser misterioso o sencillamente a no existir. Con mayor frecuencia, lo que experimentamos es el poder cautivador de la palabra o la frase. El diseño retórico de sus poemas apunta a la explicación o la anunciación”.

La muerte de un poeta es siempre un recordatorio sobre el abismo de los hombres. La muerte de un gran poeta es la entrada funesta a ese abismo en que los hombres se encuentran. Queda su poesía, es cierto, como una invitación a imaginar, como una elección, como una posibilidad.