• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Francisco Javier Pérez

Limones en almíbar

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Cada nuevo libro de Jacqueline Goldberg supone un paso más en la búsqueda de nuevas formas de entender la poesía. Y, aquí, el asunto no es de si se trata de poesía venezolana o de cualquier otra parte. El asunto es tal porque trata de la poesía como forma universal de asir el mundo en corazón y razón. Poesía que no se encarcela en ninguna entidad nacional, regional o local. Poesía que no es ni provocación ni tópico. Poesía que habla en voz alta y nueva sobre lo que la poesía finalmente quiere y es.

De esta suerte, sus últimos trabajos, esos que comenzaron a aparecer después de Verbos predadores, la poderosa antología de su producción desde 1986 hasta 2006, cuando se creía que después de esa obra culminante ya no tendría nada que decir, fueron apareciendo y asombrando Postales negras, con su lengua que mira, en 2011, y la novela Las horas claras, en 2013; primera incursión en las arenas movedizas de la narración. A esta lista de asombros y apariciones pertenece Limones en almíbar que hoy estamos comentando. Toma, finalmente, su lugar la lengua que degusta, que deglute, que devora.

Representa como novedad incuestionable el maridaje entre verso y alimento, entre carne y verbo, entre palabra y paladeo, entre lengua y voracidad. Sin duda los acercamientos son singulares y producen efecto placentero y de satisfacción, aun en sus momentos más cruentos. En otra lectura, han sido estos, dominios frecuentados por la mejor literatura, en donde la comida que es la vida es vista como deglución del mundo y en la que el mundo se entiende tal como organismo devorador (habría que recordar ese seductor Cocinando con Marcel Proust, que en español publicara la Editorial Alianza décadas atrás).

Libro para gastrónomos y para filósofos, hace de la cocina, de sus materias primas y de sus acciones, necesidad de vida y comprensión, quizá los dos intereses más grandes del hombre.

Libro de referencias, sus versos permitirían, con sobrada facilidad, ejecutar algún platillo seductor o algún aderezo encantador. Es el caso del poema 29, en donde encontramos la lírica receta de la salsa tártara: “a doscientos gramos soltemos/ limón sal ajo perejil queso rallado/ mostaza de Dijon tabasco salsa inglesa/ aceite de oliva y vinagre balsámico”.

Libro de metáforas, sus versos anunciarían, con extrema dificultad, la comprensión dolorosa de una visión del mundo que entre almibarados sabores nos conduce a los más espinosos y desabridos del tiempo y del lugar y, ajeno a todo juego verbal, del ser y la nada. Los verbos predadores se engalanan en este libro: “la carne entre los dientes cierra la tarde/ el llanto debe durar un par de madrugadas// no hay vereda sino secreto/ la culpa será asunto de antropólogos”, en el poema 45; el axioma perturbador: “todo nace del desastre”, en el poema 48; el reclamo de salvación que nunca llega, del numeral 49: “se trata de anhelar un exilio/ sin ambigüedad/ aquí mismo”; el retrato del tiempo: “hay cimas en peligro de deslave”, en el número 52. En los poemas 55 y 56, últimos del libro, las señales aparecen meridianas y paralelas: “nada comprendimos/ salvo la fatiga que nos persigue desde la sal”; “no más artillería en la boca/ hogazas en el dorso de la mano// no más sables envenenados// la voracidad pasa en el claro momento de esta tiniebla”. Un poco antes, en el poema 51, ese que versa sobre el comer ojos, todo queda dicho sobre la experiencia humana: “quien come ojos/ termina entrando a ciegas// son digeribles/ ojos de vaca/ buey/ pescado/ rana/ erizo/ calamar// humanas pupilas han de ser agrias/ han visto demasiado”.

Libro de expiaciones e infortunios, como la cocina misma, teoriza sobre los libros de cocina en el poema 53: “un libro de cocina se lleva a la cama/ se manosea/ abierto sobre el vientre/ se mancha/ se lame/ se le dicen palabras soeces.// sus líneas han de ser mandato/ sus secretos ventana// un recetario escucha lo prohibido/ se abre al azar/ oráculo// hay que dejarse llevar por sus blancos/ saborearlo con una sola mano/ que de sus páginas broten aceitunas/ hagan crema la piel// que la melaza resbale/ en ardidos vocablos/ limpie arrugas/ desdiga inocencia y afanes”. Leyendo este texto, me pregunto, si sus definiciones de los libros de cocina no serán en suma la de todos los libros verdaderos.

Libro de homenajes, dedica el poema 49 a la memoria de la escritora Michaelle Ascencio, tan luminosa, tan jovial, tan recordada, tan querida, tan necesaria.

Todos se preguntarán qué otros libros estarán anidados en este libro de “limones en almíbar”, pues, cómo dudarlo, un libro de “limones en almíbar”, cuyo relato encontramos en el poema 54, brillo del símbolo mayor de esta obra, ese de la acidez y de la dulzura, ese de los equilibrios y las contemplaciones, ese de los placeres y los días. También, el del olvido de la historia y de la labranza del frío. Ese de la mejor existencia que se resuelve como dicen sus versos: “primero dulzor/ primero amargura/ primero ambos”.

Este precioso libro, en preciosa y preciosista edición de Oscar Todtmann, nos recuerda permanentemente que los libros son muchos libros, que las vidas son muchas vidas y que los hombres no son solo placer o desdicha, sino, esperanzadoramente, limón y almíbar.