• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Hume y el ensayo

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Quizá la única excepción entre los grandes filósofos de su tiempo, David Hume no tituló con el sintagma “ensayo” ninguno de sus tratados mayores sobre la naturaleza y el entendimiento humanos. Preferiría hacerlo a partir de los rotundos sustantivos “tratado” e “investigación”, imperturbables en su constitución e incuestionables en sus alcances. En cambio, sí titularía su reunión de textos sobre moral y política, publicada entre 1741 y 1742 y que constituiría en suma varios volúmenes, a partir del celebrado y muy actual concepto estructurador, procediendo como un autor de hoy a reunir con direccionalidad un conjunto de textos misceláneos y multi-temáticos, sólo en apariencia independientes (sería bueno no olvidar que nada de lo escrito por un autor es ajeno al resto del conjunto escriturario).

Breve pero representativa selección de esos textos, transidos por el carácter del solitario de Périgord y padre del género, se ha publicado en español bajo el título De los prejuicios morales y otros ensayos (Editorial Tecnos, 1988, 1ª edición; 2009, 2ª edición), en traducción de Sofía García Martos y José Manuel Panea Márquez, quien también se ha encargado del estudio preliminar del importante volumen. Es precisamente el escrito con el que se da comienzo a la edición, uno dedicado a la reflexión meta filosófica sobre el género en que el conjunto formalmente abunda: “De la escritura de ensayos”, del que quisiera hacer un comentario enfocado en la propuesta inicial del texto.

Ella merodea en clave de clasificación en lo más refinado del hombre cuando no está centrado en su pura vida animal; asunto de rutinaria subsistencia y preservación (siglos más tarde llegarían cuestionamientos esencialistas, casualmente simétricos, por parte de los existencialistas; enredos del hombre moderno que le impiden alcanzar los estadios mayores del ser). Propone dividir a los hombres dedicados al intelecto en cultos y en conversadores: “La parte refinada de la humanidad que no está inmersa en la vida animal, sino que se dedica a las actividades intelectuales, podría dividirse en cultos y conversadores”.

Procede a definir lo que entiende es el hombre en cada uno de estos dos grupos. De los cultos dirá que son “aquellos que han elegido como su parcela las operaciones más elevadas y más difíciles de la mente, las que requieren ocio y soledad, y en las que no se puede llegar a la perfección sin una larga preparación y un serio esfuerzo”. De los conversadores, señalará que “el mundo de la conversación se une a una disposición sociable y a un gusto por el placer, a una inclinación a ejercicios más fáciles y más corteses del entendimiento, a obvias reflexiones sobre los asuntos humanos y los deberes de la vida común, y a la observación de los defectos o perfecciones de los objetos particulares que los rodean”.

Incontestable, el principio clasificatorio y su verdad se enaltece con mucha fuerza alrededor de la insistencia de los hombres cultos, ganados por las necesidades para comprender el conocimiento, actos solitarios que buscan refugio en aquellos que pueden comunicarlos, pues el culto no es ducho para hacerlo. Destaca Hume el acompañamiento entre cultos y conversadores, ya que cada uno cumple un cometido y cada uno no sería sin el otro. Integran una sociedad en la que unos producen el saber y otros los divulgan y los siembran en el paradigma mental del resto de los hombres: “Tales temas de pensamiento no se abastecen lo suficiente de la soledad, sino que requieren la compañía y conversación de nuestros semejantes para interpretarlos como un adecuado ejercicio para la mente: esto mantiene a la humanidad unida en sociedad, en la cual cada uno expone sus pensamientos y observaciones de la mejor manera que es capaz”.

El ensayo, entonces, lo será en la medida en que por partes iguales contribuya a la generación de conocimiento valido de la reflexión y, remarcadamente, cumpla con su propagación gracias a la comunicación. Si se quisiera una reflexión sobre la situación presente de estos señalamientos teóricos, debe decirse que el mundo globalizado presta mucho interés a la divulgación y a la formalización de lo comunicable, casi más que a la materia sapiente que está en la raíz de la comunicación. En otras palabras, grandes medios para comunicar pequeñas ideas. La urgencia en la inversión de los términos, de poderse cumplir, reencaminará la asignatura pensante y le devolverá la fuerza que tuvo cuando eran discursos humanos los que propagaban los logros del conocimiento. El gran Hume parece dictarnos desde su profundo siglo XVIII la lección que debemos cumplir en el que creemos avanzado siglo XXI.