• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Francisco Javier Pérez

Elio Gómez Grillo o la gramática de la probidad

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En la muerte del maestro

El país acaba de perder al doctor Elio Gómez Grillo. Su muerte hace una semana enluta a la nación y la carga con nubarrones muy negros. Ello es así, porque el doctor Gómez Grillo significaba en la Venezuela del presente, él que pertenecía a un país ya extinto, una esperanza de entrega a uno de los sectores más olvidados: el de los presos y sus cárceles. Hombre de libertades, dedica su vida en teoría y en acción a tratar de encontrar las claves para entender el terrible fenómeno carcelario venezolano y para actuar benéficamente (y esto lo cumplió en muchas y diversas oportunidades) en favor del vejado colectivo (es la idea de que por caer en prisión el preso pierde todos sus derechos y se hace ahora víctima ajena a toda clemencia) y de algunos nombres propios memorables (es el caso de “Barrabás”, un prisionero que rescata el jurista de la prisión mental y espiritual y lo regenera e inserta en la vida pública como ciudadano de bien; esperanza de la tarea desarrollada gracias a la literatura y al arte).

Aunque nacido en Maracaibo, en 1925, gustaba de afirmar que su gentilicio pertenecía a Maiquetía, donde había crecido desde muy niño, lugar en donde en un tiempo remoto iban a morir algunos de los poetas más grandes que hemos tenido. Sería, así, en el caso de Francisco Lazo Martí, quien dejaría constancia poética en uno de los poemas más perfectos de nuestra lírica: “Has llegado mortal, mira callado/ lo que llaman los hombres maravilla/ adora a este coloso enamorado/ que viene a suspirar sobre la orilla”.  

Sin embargo, será en Caracas en donde logre consolidar su carrera de penitenciarista y de educador, haciendo que una y otra se impliquen de tal manera que no puedan entenderse por separado. De esta suerte, comprende el penitenciarismo como asunto de educación. La actividad docente de Gómez Grillo brillaría en las aulas del Instituto Pedagógico de Caracas, de donde egresa el año 1949 con el título de “Profesor de Castellano, Literatura y Latín” y en las de la Universidad Central de Venezuela, en donde se había doctorado en Derecho en 1954. Estos dos amores académicos vendrían a completarse con la Academia Venezolana de la Lengua, que lo haría numerario, hace hoy poco más de una década, y que sería su último hogar de estudio y de reflexión del país, gracias a la lengua y a la cultura (cumpliría en la corporación tareas muy destacadas como promotor y organizador de eventos de cultura y como gestor de notables efemérides literarias; la más reciente, la relativa al centenario de Guillermo Meneses, un escritor al que conoció y veneró). Fruto concreto de su dedicación a la literatura y de su erudición sobre el tópico carcelario se traducirían en un libro, publicado por Monte Ávila Editores, indiscutiblemente fundamental: Apuntes sobre la delincuencia y la cárcel en la literatura venezolana (2000).

En esta hora de luto, brilla en la figura del desaparecido maestro un rasgo que lo enaltece y lo coloca a la altura de los más grandes hombres del país: su probidad. Su vida larga y comprometida, su obra extensa y profunda, su acción incansable y de bien, estuvo guiada por la rectitud y la justicia. Heredero de la vieja probidad venezolana de las grandes figuras públicas, hoy rara o inexistente, quizá sea la ejecución gramatical de una ética sin mácula y de una entrega sin peculio las lecciones más perdurables del inolvidable don Elio.    

Nota sobre el último libro

Quizá sea el de albacea de los vencidos, una de las situaciones más nobles en el que sería el último libro del doctor Elio Gómez Grillo: Prosa de prisa para presos (Fondo Editorial Ipasme, 2009). Cruentas y maduras reflexiones sobre el penitenciarismo en nuestro país, sus ochos textos conforman un repertorio de informaciones y de reflexiones sobre la historia, la actividad y el estado de las cárceles venezolanas y dan una idea de cuánto se ha avanzado en esta materia y, agónicamente, de cuánto falta lamentablemente aún por hacerse. Digno cultor de causas perdidas, el autor y sus prosas quieren entenderse como un triunfo de constancia y como un gesto de salvación en la ruta vindicadora de la acción y la crítica en y hacia el sistema penitenciario que tenemos: “El penitenciarismo es, sencillamente, una alianza de filosofía y de ciencia y también de humanidad y misericordia. No es un oficio de salón, no disfruta de tribunas ni de escenarios para exhibiciones frívolas, no sirve para cautivar amistades exquisitas ni para obtener riquezas materiales. Se ejerce en rincones oscuros y humildes y se trabaja con hombres oscuros y humildes. Los penitenciaristas somos los albaceas de los vencidos en un mundo de triunfadores”.

Como si se tratara de los extraños engranajes de una maquinaria sabida por desconocida y visible por oculta, el libro nos obliga a comprenderla y a estimarla en lo que tiene de sustantiva para la vida nacional y, más aún, para la comprensión del país, retratado en la naturaleza de sus cárceles y medido por el respeto y dignidad que hacia el hombre anida en ellas (una carencia en todos los casos). El virtuoso escribe sobre la “evolución histórica de la cárcel”, sobre el “estudio histórico del penitenciarismo venezolano”, sobre “la situación penitenciaria en Venezuela y en Latinoamérica”, sobre “la formación del penitenciarista”, sobre “el tratamiento penitenciario en las medidas alternativas a las penas” y sobre “la asistencia penitenciario postinstitucional”.

No estuvo y no está solo en el trajinar de la tarea. Lo acompañan un héroe bicentenario, Francisco de Miranda, que le motiva el perdurable ensayo “Miranda penitenciarista”, una exploración por los avernos en la biografía del prócer y reo caraqueño; y un maestro, Tulio Chiossone, el antecedente más preclaro de la materia, interpretado por Gómez Grillo como “padre y maestro del penitenciarismo venezolano”, en una pieza de gesto honorable.

El impulso humanitario que las codificaciones exige se hace formulación lacerante y retrato fidelísimo de rudas realidades y de padecimientos inclementes para el condenado que, con razón o sin ella, es sentenciado a prisión:

“Nuestras cárceles continúan siendo infectos depósitos, almacenes ruinosos de hombres y mujeres sometidos a un régimen cloacal, sobreviviendo en condiciones infrazoológicas, sin derecho no solo a la libertad, sino también sin derecho a la vida, al trabajo, al estudio, al deporte, a la cultura, a la recreación digital”.

Mientras nos llegan los triunfos por los que el libro aboga, valga el ejemplo de interminable compromiso de su autor, un practicante de todo lo que el libro relata como misión de bien. Frente a las rejas o tras ellas, el aplauso admirativo para este albacea de los vencidos no termina.