• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

Cien años de una foto perturbadora (2)

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Estamos en la antesala funeraria de la última imagen de Rubén Darío; mudos y consternados ante ella, para referir los momentos previos a la muerte del poeta, ya de regreso en Nicaragua, en su casa de León, en la calurosa y fresca situación de un adiós que llega irrenunciablemente, también para él, que ya era un inmortal.

Su vuelta a la Patria ha comenzado con la triunfal gira norteamericana de 1914. Esta le permite salir de una Europa en guerra y escapar hacia tierras más sosegadas en el espíritu y más fértiles en su cosecha intelectual. En Estados Unidos le están esperando reconocimientos y agasajos de singular aprecio. También le espera el pensamiento religioso (la idea de Dios) y el pensamiento de la paz (la idea de la fraternidad). Firma en Nueva York, al año siguiente, su poema “¡Pax...!”, entre admiraciones. Lo precede un texto en prosa de aliento terminal que parece rezumar el cruel pesimismo que alimenta su final: “Voy a dar lectura a un poema Paz, en medio de tantos ecos de guerra”.

Se produce un cambio de escenario y lo vemos en Guatemala, a finales del año 1915, festejando el protectorado personal de un dictador; funesto mecenazgo al que el poeta glorioso tiene que postrarse para equilibrar su bienestar final ya desvencijado. Menciona al abominable verdugo de su pueblo en el poema “Palas Athenea”, uno de sus escritos finales, que conserva algún eco de otros tiempos y alguna manera de pasados brillos: “Un día, inmemorial en olímpicos días,/ cuando Zeus regía el universo,/ y hacía reventar en truenos o armonías/ el visible horizonte”.

Un poco después, pleitos no resueltos de sus desordenados matrimonios lo conducen a Nicaragua, cuando ya está enfermo y tocado de muerte. La alegría por el regreso a la Patria durará, apenas, un mes. Arriba a Managua el 7 de enero de 1916 y León lo está viendo morir el 6 de febrero, a las diez y media de la noche. Y como dirá en “Divagaciones”, su alma estará triste hasta la muerte. Al bajar del tren que lo había llevado a la ciudad de su infancia (había nacido en la enigmática Metapa), le habla a la muchedumbre entusiasta que se agolpa para recibirlo y, allí, sentencia: “Queridos leoneses: Si la vez pasada os dije hasta luego, ahora os digo para siempre”. Esta vez sí sería cierto.

En la fotografía perturbadora vemos solo al poeta muerto. Sin embargo, tuvo que haber alguien más allí con él, pues ya la desgracia de la enfermedad era carga pesada, como para asumir la muerte en aterradora soledad corporal (está claro, que la soledad del alma ya era total). El corresponsal de El Comercio nos ha dejado una pintura del cuadro oculto de ese momento, intuido en la foto o querido por los espectadores imaginativos. Con el título de “Ante el lecho del bardo”, da fe emotiva y cierta de la escena mientras construye el relato del cuadro. Nadie que vea la foto podría imaginar la presencia en número de tantos y el volumen en nombres de los allí congregados fúnebremente para ver morir al genio o para sentir la exhalación de su última respiración. La composición de la situación hubieran podido inducir al mexicano Salvador Díaz Mirón, referenciado por Darío en el quinto medallón de Azul, a ganar para el arte el verso más potente de su poesía: “Como un rey oriental, el sol expira”; tanto y tan bien citado por su compatriota Alfonso Reyes.

Es este el texto publicado en El Comercio:

“La agonía franca de Darío empezó en las primeras horas de la noche, y á las 2 un ronquido seco y persistente fue el síntoma de que la vida del poeta iba a concluir. Su esposa doña Rosario, sentada en la orilla del catre del enfermo, los ojos anegados en llanto y con la oración en los labios, ayudaba a bien morir a aquella alma luminosa, y de vez en cuando, dejaba caer gotas de agua en los labios sitibundos del agonizante. Los instantes eran supremos y angustiosos. Allá en un ángulo del salón, dos o tres amigos íntimos presenciaban adoloridos el espectáculo. El presbítero Félix Pereira, sentado sobre un canapé a la orilla del lecho del enfermo, prodigaba a este los postreros auxilios de la religión. Entre los que se hallaron presentes en aquellos instantes, anotamos los nombres de los doctores Santiago Argüello, don Alfonso Valle, don Andrés Murillo, don Arturo Alvarado y señorita María Alvarado, deudos los dos últimos del eximio poeta. El joven Alejandro Torrealba, reloj en mano, estaba atento para indicar la hora en que Darío muriese. Por fin, a las 10 y media exhaló el último aliento. Inmediatamente el joven Torrealba levantó la tapa del reloj y rompió la cuerda”.

La escena oculta no hace sino agregar cuotas más perturbadoras aun. Se intuye la situación sagrada ante el final irremediable del astro. También, la pauta de una expectación que es teatro de prolongada veneración. Nacimiento del mito o respeto irrestricto por una verdad que acongoja. El ocaso del dios se entona aquí con un silencio cronométrico. El calor que transmite la imagen conservada enuncia con trazos claros el episodio de muerte como el mejor final para tanta sed de vida que ya escasea. Ha sido triste la muerte del poeta y la foto perturba con un poder que pocas veces se había manifestado en nuestra poesía.

Desde el 6 de febrero de 1916, la foto no ha dejado de causar angustia. Darío ya está a bordo de la barcaza mortuoria y en compañía de la muerte misma, su compañera más fiel y la única posible. Es la muerte solitaria de un astro continental; la palabra muda del que exigió a la lengua para que hablara a todos por igual. Es la muerte pobre para el hispanoamericano más rico.