• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

Cien años de una foto perturbadora (1)

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Desde el 6 de febrero de 1916, la foto no ha dejado de causar angustia. Vemos en ella a Rubén Darío en su lecho de muerte. El intento por alcanzar una posición ritual (casi fetal) permite al poeta rodear su cabeza con sus brazos y sus manos, en un abrazo que es autoprotección ya innecesaria y, sí, postrero saludo, previos el uno y el otro a la despedida de un mundo al que ya no pertenece. De un lado de la cabeza, entre esta y las almohadas, parecen sobresalir con timidez los dedos de una de las manos en un gesto de adiós desanimado (está claro que allí no hay nadie para recibirlo). La boca del poeta permanece abierta como queriendo decir que el que ha muerto era el más grande de los cantores. La boca abierta del poeta acaba de decir: “Ya estoy a bordo, en compañía de ella” y confirma que la muerte es ya su única compañía. Es la muerte solitaria de un astro continental; la palabra muda del que exigió a la lengua para que hablara a todos por igual. Es la muerte pobre para el hispanoamericano más rico.

La foto es anónima y así tenía que ser. Nadie nunca ha reclamado su autoría, pues nadie se atrevería a decir que estuvo presenciando un momento tan sagrado. Pertenece al Archivo Rubén Darío de la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido rescatada espiritualmente para la exposición y libro El rostro de las letras. Escritores y fotógrafos en España, desde el Romanticismo hasta la Generación del 14 (Comunidad de Madrid/ Acción Cultural Española/ Real Academia Española, 2014), por Pablo López Mondéjar, el autor de una obra que confirma que los escritores también son humanos. 

La fotografía mortuoria del poeta americano es acompañada por una cita de su amigo Alejandro Sawa que, por tantos aspectos certera, no hace sin aportar cuotas de dolor a la visión suficientemente dolorosa de la imagen: “¡Qué melancolizante visión la de Darío, este joven pálido, viudo de todos los amores, que hace de su casa una Trapa, permaneciendo en ellas largas horas sin salir, que prefiere la luz del gas a la gloria del sol, y el cinc de los mostradores venenosos al ancho panorama de los campos”.

López Mondéjar, por su parte, ordena la materia y le ofrece cualidad como parte de una investigación que busca propiciar afinidades electivas entre fotógrafos y escritores. La página toda de su libro debe entenderse como agresión al perfilar el gesto macabro dado por el contraste entre las imágenes del Darío esplendente engalanado de embajador de Nicaragua en Madrid y la del bardo en los albores del siglo XX, que ya ha triunfado o está por triunfar en sus torneos con la lengua (autor asido a la trilogía lírica más sagrada jamás conocida: Azul, Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza), a su llegada a Madrid:

“De Rubén Darío sorprende que hayan quedado tan pocas fotografías, ni de joven ni de viejo. En realidad, el poeta no fue nunca joven. Pasó de puntillas desde la cuna a la edad adulta y consumió tiempo y alcoholes en la búsqueda inútil de aquella juventud que se le había ido sin sentir. Ya en sus primeros retratos le encontramos como un anciano prematuro, de ademanes lentos y precavidos. Se observa en su mirada ese gesto pagano, sensual y aindiado con el que le concedió Juan Ramón Jiménez, que tanto le apreciaba. El propio Rubén proclamó siempre su condición indígena, a pesar de «mis manos aristocráticas»”.

El estudioso de los rostros de las letras pasa, solemne y respetuoso, por la imagen mortuoria del poeta, como para no perturbar el sagrado descanso del dios en su ocaso de vida humana; justamente en el momento en que ya empieza a transitar su vida divina. Parece dejar para un después que apenas se desarrolla, la referencia a la foto perturbadora. Prefiere, en cambio, la sentencia crítica, tan cierta como reveladora sobre la leyenda del Darío hombre que aporta poco en vinculación con la del Darío dios: “Aunque le retrataron grandes profesionales, como Káulak, pocas fotografías suyas están  la altura de su talento”.

Quedamos, pues, en la antesala funeraria de su última imagen; mudos y consternados ante ella, para referir los momentos previos a la muerte del poeta, ya de regreso en Nicaragua, en su casa de León, en la calurosa y fresca situación de un adiós que ya llega irrenunciablemente, también, para los hombres inmortales.