• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

Al instante

150 años de la Biografía de José Félix Ribas (Parte 1)

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La obra que Juan Vicente González escribe en torno al héroe de La Victoria cumple este año los ciento cincuenta de haber sido publicada. Ocurría en 1865, a escasos doce meses del fallecimiento de su autor y a cincuenta de la terrible muerte del prócer (delatado por un esclavo, ajusticiado, decapitado, frita su cabeza en aceite, llevada a Caracas y expuesta en una jaula para consternación aleccionadora ante cualquier intento de insurgencia o desacato). Quizá sabiéndolo, aunque no pretendiéndolo, pues nunca escribió en busca de honores sino en pos de vicios a los que criticar y castigar, este libro se encuentra entre los diez mejores de los escritos por algún venezolano, de todo tiempo y de cualquier estilo. Obra difícil de escribir, lo sigue siendo como obra compleja de leer y de estudiar. Citada hasta el cansancio, listada como de las más importantes de las escritas por nuestro polemista mayor, cuestionada por hacer lucir sus opiniones con valentía, hija de una corriente de penetrante antiheroísmo, tildada de contrario bolivarianismo para su desmerecimiento, su aniversario bibliográfico no es sino una nueva ocasión para acercarnos a ella y para beber de ese noble estilo de pensar la historia y el país desde la dignidad. Asimismo, alcanza un relato de figuras y contrafiguras que dibuja el claroscuro de nuestra vida republicana en el momento de su nacimiento y de cómo ese dibujo funciona hoy como una suerte de oráculo de lo que vino luego a ser la tormentosa vida del país en su política de servicio público pequeño y de ambición personal grande.

Libro feroz, hace la crítica de los egoísmos de su tiempo y de todo tiempo. Libro perturbador, crea un estilo de hacer literatura de temas históricos en donde la subjetividad del autor queda asida a cada página y en donde escuchamos el corazón doliente del autor derramando lágrimas por la patria lacerada. Libro denuncia, deja al descubierto a los traidores y a los seres minúsculos en un tiempo de hombres gigantes (un sino encubierto y recurrente en la historia del país). Libro agónico, leerlo fue ayer y hoy también una exquisita forma de sufrimiento, pues aterra y conmueve por partes iguales.

Otra interpretación lleva a pensar esta obra como prodigio de la mejor literatura nacional, en la idea de que ya desde el siglo XIX la escritura de la historia constituyó una poderosa y palpitante forma de hacer literatura (hoy gustaría de calificarse como “literatura de no ficción”, aunque esta designación muchas veces también entra en quiebre, pues nada en la escritura de la historia es tan veraz como se cree o tan cierto como se le publicita). Juan Vicente González fue al unísono un escritor y un historiador. La historia, pretérita o presente, era una materia que le permitía ordenar el cuadro de su visión de la realidad, de su comprensión del hombre en sus actuaciones y afectos y de su asimilación a principios de un conservadurismo que a él mismo no siempre cuadraban. Más liberal de lo que pregonaba, atacó con furia a los liberales de su tiempo, llevado por fueros más subjetivos que ideológicos. Personalidad de principios imperturbables, tuvo muchas veces que cambiar o suavizar sus opiniones al vaivén de los oleajes de la mutable vida política de un país del que él es constructor y censor. Así como la pugna de ideas y personas ocupan buena parte de su tiempo público, se impone educar a las élites caraqueñas como ocupación benéfica de su tiempo más privado. Su tiempo íntimo seguirá siendo un enigma y, por ello, continuará alimentando una de las más fascinantes facetas de su figura (su detractor mayor, Antonio Leocadio Guzmán, al que González llamaba “Guzmanillo de Alfarache”, lo tilda de “tragafote”, lo describe con desaliño insoportable en donde destaca su “olor Saturno” y lo bautiza, con hiriente denigración moral como “Juan Bisonte Sodoma y Gomorra”; hijo y padre de pecados que su mundo nunca perdonaría).  

Las empresas intelectuales que desarrolla y culmina nunca depondrán nuestra admiración y jamás serán vistas menos que geniales. Su bibliografía registra algunas de las joyas más altas de nuestra creación verbal y de las más perdurables de nuestra hechura mental. Sus ídolos de pensamiento serán ya nuestros ídolos. Sus señalamientos críticos serán para nosotros señas críticas. Sus afectos y desafectos quedarán en nosotros como estigmas de nuestro cuerpo republicano que siempre está muriendo. Sus concepciones de pensamientos constituirán nuestros pensamientos mejor concebidos. Sus modos de expresión crearán los modos de expresión más venerables. Cuando quiere construir monumentos morales escribe sus Epístolas catilinarias; cuando quiere llorar sobre las ruinas de sus héroes espirituales escribe sus Mesenianas; cuando quiere hacer la crítica de su tiempo estético escribe la Revista literaria; cuando quiere educar la lengua escribe su Compendio de gramática castellana (tratado que seguirá la doctrina de Bello a partir de su cuarta edición). Escribe, pues la escritura será para él, como en la tragedia ateniense, su fatum, su harmatia, su peripecia, su anagnórisis, su catástrofe y su catarsis. 

Es posible que la lectura fragmentaria de la Biografía de José Félix Ribas permita alcanzar un cierto dominio sobre una obra de estructura mental y de fraseo espiritual tan complejos. El repertorio no deja de cautivar por la nobleza de los movimientos afectivos hacia la gesta y por la rudeza de los ataques inclementes hacia los gestores.